La lucha por la liberación del conocimiento científico

Una de las consecuencias más importantes del Internet, ha sido la de liberar el conocimiento. Esto ha conducido a una revisión cada vez más detallada del sistema de publicaciones que ha construido la comunidad científica (¿O cabría decir que es dicho sistema el que condiciona significativamente la estructura de la propia comunidad científica?). Miguel García Marín, geógrafo y profesor del departamento de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla, es uno de los investigadores que ha trazado con mayor claridad los problemas asociados al sistema de publicaciones científicas; uno de los pocos que han reivindicado, desde una posición encumbrada en la academia, el valor de las revistas “Open Access”.

“Las revistas científicas siguen siendo el principal altavoz para hacer llegar los avances de investigación al resto de nuestra comunidad y a la sociedad en general. Han alcanzado tanto poder de comunicación que en ocasiones es más importante dónde publicas que lo que publicas”, comenta García Marín, que además de este atinado juicio recalca sobre los conflictos de interés que surgen entre redes que se forman entre autores, compañías editoriales y poderosas industrias. “El ejemplo al que comúnmente se alude ilustra el interés de los laboratorios farmacéuticos por favorecer aquellas investigaciones en biomedicina que repercuten de manera positiva en la venta de sus productos”

Pero más allá de esto, que es un tema controvertido per se, en menos ocasiones se pone el acento en la excesiva concentración de las distintas publicaciones en un grupo reducido de firmas editoriales (lo que constituye un lobby empresarial según el investigador). Tan sólo como ejemplo, en cuanto a la investigación en temas relacionados con la Geografía (ciencia en la cuál se desarrolla Marín) “se observa que la mayoría de estas revistas pertenecen al sector editorial privado —con base en Reino Unido y Estados Unidos— hasta el punto de que más de la mitad de todos estos títulos están publicados tan solo por dos editoriales (Taylor & Francis y Wiley-Blackwell)”.



“Es si cabe más llamativo que la minoría de revistas que no pertenecen a firmas comerciales (las sacan adelante grupos de investigación, departamentos universitarios, sociedades científicas…) proceden de ámbitos no angloamericanos, permiten la publicación en otros idiomas distintos del inglés y, lo que es más significativo, publican en acceso abierto, sin costes para el lector ni para el autor. El acceso abierto viene siendo así una seña de identidad y una declaración de intenciones de las editoriales con vocación de servicio público, que ponen a disposición de todo el mundo los resultados científicos de sus autores sin pretender un lucro económico a cambio“.

El movimiento Open Access.

Actualmente se pueden encontrar muchas publicaciones de acceso libre en revistas científicas de alto impacto. Esto porque los costos asociados a su publicación han sido cubiertos por los propios investigadores (aunque por supuesto lo hacen las instituciones y no los científicos personalmente). Al respecto García Marín señala con ironía “Imaginemos a un músico que tiene que pagar por dar un concierto, a una arquitecta que tiene que pagar por diseñar un edificio o a un dentista que tiene que pagar por operar la boca de un paciente. Resultaría sorprendente que estas personas deban desembolsar en lugar de cobrar por ofrecer un servicio profesional. Sin embargo, en el mundo de las publicaciones científicas esto se ha convertido en norma”.

El movimiento Open Access, como se conoce en inglés, surge a principios de la década de 2000 para plantear que, con la universalización de los medios digitales, las contribuciones científicas sean más accesibles, es decir, estén libres de barreras económicas, técnicas o administrativas. Un movimiento que se ha expandido no solo a la liberación del conocimiento, sino también al de la tecnología (algo que hemos revisado en varias ocasiones en Tercera Vía).

Sin embargo, hay que distinguir entre dos formas de entender el acceso abierto, dos perspectivas para un mismo hecho dependiendo de en qué contexto académico nos encontremos. Ya que como bien apunta Marín “en el mundo científico angloamericano, el Open Access a menudo da por hecho (no siempre) que es el autor el que asume los costos. A estas fórmulas se las conoce como article processing charge, pay-per-publish, fee-based open-access journals y para darnos una idea el promedio (para dos de cada tres revistas que usan este esquema) de las tarifas que aplican al autor es de 30000-37500 pesos si quieren que su artículo esté en abierto.

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En México el pueblo paga la investigación y sus publicaciones

Por lo general el autor que se acoge a esta solución no lo paga de su bolsillo, sino que son sus instituciones (universidades, centros de investigación, etc.) las que corren con estos costos. En México, esto significa que mayoritariamente las publicaciones que se publican bajo esta lógica son financiadas con recursos públicos. Recursos que también sostienen las suscripciones anuales a otras revistas que mantienen sus publicaciones cerradas y por cobrar. “Por lo tanto, lo que se ahorran estos organismos públicos en las suscripciones anuales de sus bibliotecas repercute por el otro lado en los presupuestos destinados a sufragar gastos de investigación para publicar en abierto. En consecuencia, el posible ahorro queda en entredicho”.

“Pero en el ámbito no angloamericano (países latinos y centroeuropeos, principalmente) el acceso abierto sin costes para lector ni autor viene siendo una práctica común y generalizada, al menos en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, desde que muchas editoriales institucionales empezaron a editar sus publicaciones de forma electrónica”. A esto se refiere Marín cuando habla de la vocación de servicio público de las editoriales, algo que democratiza sin duda no solo la información, sino también a la propia investigación, sobre todo a aquella que no depende del contubernio antes mencionado entre investigadores e industrias.

Aún así, es importante no menospreciar el rol de las editoriales comerciales ya que hasta el momento son ellas las que sostienen en mayor medida la red global de transferencia e intercambio de conocimientos científicos. Aunque Miguel García deja en claro el valor de sostener proyectos de divulgación sin los grandes recursos que sostienen a las grandes editoriales “son estas revistas las que han recibido tradicionalmente el mayor foco de atención y prestigio, cuando creo que el verdadero mérito está en ese grupo de revistas de primera magnitud pero colocadas una fila por detrás, que consigue similares índices de impacto para la comunidad científica sin perder de vista la vocación pública”.

“Desde el sector comercial siempre se ha defendido que mantener todo el mecanismo que mueve una revista cuesta mucho: revisión, edición, publicación, distribución, comunicación, marketing, etc. Pero también es cierto que hoy en día existen revistas institucionales, sustentadas con muy pocos fondos, indexadas en las principales bases de datos, a las que acude la comunidad científica por la calidad de su contenido y por ser referentes en sus respectivas disciplinas”. Apunta Miguel García, para el que la institucionalidad sigue siendo fundamental para sostener la investigación científica; a pesar de que los movimientos de Ciencia Libre están demostrando que para investigar, innovar y publicar, no es absolutamente necesario el cobijo de las estructuras tradicionales.

Aun así, la visión crítica de García Marín es valiosa y se suma a la ola que cambiará definitivamente la forma de hacer investigación en nuestras sociedades actuales, ya que como él mismo predice “en un escenario futuro deseable, no habrá que esperar mucho para conocer a premios Nobel que hagan de las publicaciones en acceso abierto —entendido libre y universal para todos los usuarios, también autores— la plataforma con que proyectar al mundo sus conocimientos, sus avances y sus experiencias científicas”.

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Incluso, en este contexto de acceso libre al conocimiento, cabe señalar plataformas como Sci-Hub que permiten acceder libremente a millones de artículos científicos que originalmente están cerrados al público en general y que para leerse se deben pagar cuotas de suscripción o tener matricula en alguna Universidad o Instituto de Investigación.

Por supuesto hay una discusión amplia sobre los efectos legales y económicos de la iniciativa, al grado de que la plataforma ha sido demandada por las grandes editoriales y obligada a pagar millones de dólares. Pero lo innegable es que se trata de una declaración prometedora frente a las grandes estructuras que controlan la investigación científica a nivel global: El movimiento Open Access es muestra clara de que una nueva ciencia está emergiendo y, hoy como nunca, será nuestra.

Con información de Agencia SINC | Selección, edición y notas del Colectivo Alterius

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