América Femat #VocesVioletas

#VocesVioletas es un espacio semanal dedicado a compartir poesía escrita por mujeres de México y Latinoamérica.

América Femat Viveros (Hidalgo, México, 1984) Licenciada en Medios de Información y Periodismo por el ITESM. Participó en la Antologías: XIX Encuentro Internacional de Poetas, Zamora Michoacán; Tributo a Sabines. He aquí que estamos todos reunidos; Tenho tanta palavra meiga, alguns poetas mexicanos. Ha participado en recitales poéticos en espacios como: Museo de la Ciudad de México, Centro Cultural España, El Museo del Ferrocarril y La Feria Infantil y Juvenil de Hidalgo. Presentó su primera obra poética Inexorable en la XXXVII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.


Fulgores


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(…)los amorosos son insaciables,

los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos(…)

Jaime Sabines

 

Nunca lo fui

–¿Por qué habría de serlo ahora?–

(Descontrolada algarabía,

eróticas sacudidas,

◊◊◊◊◊            instantes de fulgor).

Abierta flor fetichista.

◊◊◊◊◊           –¡Déjate arder!–,

rasparse el sexo aromático y encendido,

arañarse de raíz los caminos surcados,

mancillar con besos los cuerpos

 ◊◊◊◊◊◊◊◊                                   amantísimos,

gozarse el fruto,

saberse hambrienta,

◊◊◊◊◊◊                                    necesitada,

sedienta hasta la exageración.

◊◊◊◊            –¡Déjate arder!–.

No esperes que pronto

un remordimiento estalle,

volcada polvareda hacia un desierto.

 


Maga

Abriría la piel del agua

hasta brotar monzón;

parirla en dos ríos conjugados de una misma alma:

ríos estrellados, ciegos,

separados en cada acto de piel.

Desbordaría el poema en el precipicio oceánico de los ojos,

fijo en el juego equilibrista y azaroso del límite;

–vacío cartográfico entre mis manos

desnudas ante el agua del origen,

se distienden–.

Podrían; –los ríos–,  su onda y la memoria, levantarse,

por los surcos de mi lengua,

◊◊◊◊◊◊◊                                              levantarse,

–vetas inundadas de caricias–.

Incendiaría sus nombres ante el asombro del espejo,

para atar la bandera de su frente:

ríos que se comunican y se descomponen;

consumidos,

◊◊◊             revueltos,

devorados

◊◊◊            l e n t a m e n t e

en la duda.

Así en esa búsqueda del uno al otro;

navegantes de la bruma,

en la orilla –siempre– en la orilla

a punto de coincidir,  –sin saberlo–,

casi,

◊◊◊             en la eternidad.


 

Corazonada

Un faro encendido aguarda,

tiene el brillo a destierro.

Pólvora cargada de astucia incandescente.

En mi tierra, desnuda, llegan sus albores.

Hay un estandarte en su voz de conquista,

en su placer que dirige el caudal de mis soles.

En estas calles huecas,

pavimentadas con gotas de resurrección,

–me digo– no importaría morir.

Pero el capricho tiene un rincón oscuro

y los campos de sus ojos se vistieron

de atardecer; desde entonces,

los siguientes meses fueron; extrañamente,

de pájaros silentes.

Para ahuyentarlos,

quise ser jardín en su reposo.

En la corazonada cruzo los dedos –pienso–

ojalá, no se desplome la noche,

ni nos aprisione,

pues nunca sentí esta soledad

como un vacío tan hueco.

 


Mujer de oficio

 

(…) es así como mi madre amó a mi padre y mi abuela a mi abuelo,

con llanto y tragándose las lágrimas(…)

Lilitt Tagle

 

Tengo el ansia sabia de mi madre,

prisionera jaula en el avispero

de su corazón,

trino mudo de reclamos hacia mi padre.

–Mi madre, ojos de anochecidos pájaros–.

Tengo el ansia sabia

de alimentar desde su raíz

el fruto que mece entre sus ramas,

cortar del jarrón de flores, sus marchitas manos

otoños de recrear bajo el arco cielo de la espera,

un hogar suspendido.

Mi madre, en la brevedad de su risa,

volátil serpentina,

peces revueltos desde la guerra de su sangre.

Soy la imagen, su única voz,

golpe de cuartel

donde diseño la estrategia.

jugadas

sobre el tablero,

aprendió.

Yo, el certero movimiento

que debiera terminar con la partida.

Mi madre, en su oficio de madre,

en su voz única con que vistió cada rincón,

cada esquina del refugio,

fiel a las llaves de ajenas cerraduras.

Tengo el ansia de su ser, de su pensamiento,

bemoles de secretos que jamás contará a sus hijos,

de sus deseos arrancados en recetarios de cocina.

Mi madre, retrato sin ventanas,

metáfora del refugio,

mujer amada al vuelo.

Entro descalza en sus zapatos,

camino certezas,

conjuro bajo el agua de su imagen

el sumergido barco de un hogar.

Habito su naufragada piel de llanto;

blanco pedestal donde la nombro.

Comprendo, –mujer de oficio–

que respirar tu humo es alimentarse,

es hallarse perdida, silenciada

en el cauce de la sangre.

Existimos,

en la compartida voz de soledad

en la congregación de fantasmas,

plegarias de estrellas;

habitamos en los espejos despostillados

de la infancia,

se van tiñendo de incertidumbre

cuando la niña se abandona.

Desprendo de su hondo espejo las palabras.

Como un maduro racimo de uvas

cae de su alma mi huerto,

igual que en el jardín de la abuela,

esa flor granada que florece:

alfabeto de certidumbre,

sembradío de mí corazón.

Ahora tendida en batallas,

–mujer armada–

con deliberada libertad,

atada y confundida a un hombre

en delicada entrega que no florece.

Miradas que en vilo del agua nos sumergen,

murmuran nostalgias

en la cama de ausencias,

sin resoluciones,

trenza de pensamiento.

–Algo que no puede existir

aislado en el silencio,

existe

en el fondo de nuestras manos–.

La copa vencida de ciertas orillas amadas,

la espera que ignoro y me desgaja de claridad.

Voy hacia ella

◊◊◊            voy hacia ti, mamá;

desde mi mundo izquierdo, incomprendido,

desde las ventanas de tu devenir

◊◊◊◊◊                        asida a mi existencia,

desde el laberinto de mis contradicciones.

Me dirijo en ti, como una predicción de olas,

encuentra el imán sobre la arena.

Desde mis lindes escucho tu respuesta,

–tercamente–

cordel de pasos me atan, voy hacia ti

–tercamente–

donde sentí del nudo,

–el germen–

◊◊            la entrega.

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