Coco y la vuelta de los universales

Existe una lectura ligera, pero muy extendida, de lo que ha significado para la filosofía contemporánea los pensadores franceses de la segunda mitad del siglo XX. Son a los que se ha insistido en clasificar, generalmente sin mucho fundamento, como autores posmodernos, a los que se reconocería como principal contribución una crítica a los universales. El hecho de que en el punto de mira de estos autores y movimientos estén los grandes significantes del siglo XX, Estado, Nación, Familia, Sujeto, Economía, Pueblo, Poder, etc. llevó a pensar que tomaban partido por el extremo opuesto: los particulares, la subjetividad, lo pequeño. La trama de la nueva película de Pixar en un comienzo parece tener que ver con esto: una familia tradicional que quiere poner a su hijo a trabajar en el pequeño negocio familiar e impedir su sueño de ser músico. La crítica a las estructuras a favor de la libertad está servida.

Pero podemos fijamos con un poco más de calma en estos autores continentales. En la microfísica de Foucault o en la mirada molecular de Deleuze. Con ellos observamos que se trata, en realidad, de pensar la manera en la que se fabrican estos universales. Desmitificar su existencia esencial, recuperar lo concreto y volver a considerar todo aquello que invisibilizan, pero sin lo que no podían haberse construido. ¿No es el desarrollo de Coco un encuentro con un montón de elementos singulares que construyen, no solo la identidad familiar, sino muchos de los valores que conforman la identidad mexicana? El neoliberalismo, encarnado en la historia del presunto progenitor de Coco, es una lógica que seduce desde la competitividad, fama, éxito, riqueza y acumulación. Coco asiste, sin apenas darse cuenta al inicio y luego más conscientemente, a la capacidad de esa lógica de romper vidas y territorios.

Las metáforas remiten entonces, casi como homenaje, a desaparecidos y migraciones forzosas. Las más de treinta mil personas desaparecedas no son mencionadas pero acuden sigilosamente a la sala de cine. Coco descubre, como quien toca algo de la sensibilidad compartida de nuestra dura actualidad, que la realidad se construye no desde los actos heroicos (masculinizados también), sino desde la interdependencia, siempre heterogénea y plagada de contradicciones (como su familia, al mismo tiempo fuente de cuidado y opresión). Este es el desvelamiento que hace la película de la historia del cantante: el mito de superación individual contra una familia que le impide avanzar, aplaudido por la sociedad del espectáculo, se descubre finalmente sostenido por un acto violento, el asesinato del verdadero padre de Miguel.

Si en décadas pasadas asistimos a la desestructuración y deconstrucción de los principios clásicos que organizaban la realidad, ahora parecería que necesitamos algo de lo que prometían: un territorio compartido. En Coco asistimos a la escenificación perfecta de cómo la familia, gran institución de la modernidad –junto al mercado y el Estado–, subvierte los valores del individualismo y del emprendedor de sí. La familia como el gran sostén cotidiano. Puede parecer conservador desde cierta mirada europea, pero vale pensarla como engranaje y no como forma preestablecida. La fuerza de la comunidad no es cualquier cosa en lugares desolados por la violencia, la precariedad y la pobreza. No se trata solo de cuestionar el orden preexistente del Uno-Universal, sino de recomponer algún tipo de territorio en medio de la catástrofe. Coco nos presenta el potencial emancipador de la vuelta de los universales. El asunto es si incorporaremos las lecciones de aquella crítica para no regresar al mismo lugar que rechazamos –el rol de las mujeres en la familia, por ejemplo–, debido a tantos motivos.

La lógica de oposición entre universalidad y particular ha estado en el punto de mira de la filosofía crítica. El feminismo, el pensamiento decolonial, la descentralización de las prácticas políticas de sus lugares tradicionales, del sujeto y de la economía, han tratado de manera sistemática de romper esta oposición entre la parte y el todo. En lugar de situarse en el extremo de lo particular –como a Žižek y otros críticos del «espontaneísmo» y de la autonomía les gusta caricaturizar, presuponiendo una posición inmovilista y autocomplaciente–, se busca repensar el proceso en el que se generan. Universales no predefinidos, sino más bien realidades amplificadas, expandidas por contagio o identificaciones no definitivas a partir de una multiplicidad (como en las consignas «Ayotzinapa somos todxs» en México o «NiUnaMenos», lanzada desde Argentina y apropiada por millones de mujeres diferentes). Universales llenos de luchas y deseos concretos. De experiencias diversificadas que son más que un asunto particular porque portan en sí algo de lo común.

Pensemos en un debate hoy sonado en las humanidades. Tras la crítica a las raíces, eurocéntricas e ilustradas, racionales y sesgadas por género, del universal «humano», ¿se trata de deshacernos de esta categoría impregnada de poder, cargada de violencia, o de repensar su sentido? La virtud de esta segunda opción está en desvelar su carácter contingente, resignificarlo y usarlo políticamente para cuestionar un orden de legitimidades y derechos legales. La dificultad de la primera es olvidar que la misma regulación de las categorías es una operación política que produce exclusiones y debe ser desafiada. Decir que una persona considerada no humana es humana –pensemos en el enorme contingente de trabajadoras ilegales desplazadas, absolutamente invisibles– supone redefinir lo humano y poner énfasis en que puede funcionar y debe hacerlo, de hecho, de otra forma.  

Estos matices son clave. La crisis en la que nos encontramos, en todas sus dimensiones, implica un despliegue violento hacia todas las vidas consideradas desechables, no propiamente humanas. Crisis que impone la separación, la distinción y el ataque a las condiciones de reproducción de la existencia. No es casualidad que el verdadero padre de Coco, que rechazó la vida del empresario de sí, acabe en la indigencia más absoluta, también en el mundo de los muertos.

Sin embargo, la película animada nos vuelve a sorprender. No triunfan quienes buscan el éxito por encima de los vínculos de interdependencia. Si al principio parece que se impondrán los valores masculinizados, es finalmente quien procuró lo mejor para todos (y que guarda silencio sobre la verdad de lo ocurrido) quien es recompensado. Nadie cumple el papel esperado. En un país donde la mayoría de los hogares esconden las heridas producidas por el terrible peso del patriarcado, no es algo menor. ¿Resulta tradicional ubicar en la familia estos valores anti-neoliberales? Sí. Pero si al incumplimiento de papeles asignados sumamos los vínculos familiares con los ancestros, tan hermosamente explicados, y su capacidad de retejer lazos, su significado se amplía. La familia como bastión, sí, pero en tanto comunidad ampliada, expandida, retorcida. Un universal hecho de luchas, violencias, memorias y ausencias. Coco nos deja ante una tarea. Si la salida individualizada en los términos impuestos por las narrativas neoliberales no es válida, ¿qué comunidades entonces podemos y debemos seguir inventando?


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