Temblar por dentro

Me debo estas letras. Soy de aquellas personas que se escondieron en labores frenéticas para evadir por un momento la violenta lección del 19 de Septiembre del Siglo XXI. Según mi psicóloga una buena forma de resolver un trauma que escribirlo, por eso cabría rememorar nuestro temblor. El mío inició quizá desde aquel momento en que desestimé el simulacro programado a las once, pensando que esos ejercicios sólo sirven para fortalecer una suerte de condicionamiento social.

La inutilidad de esas prácticas, para un pueblo que tiende a olvidarlo todo y que se acostumbró a ser dirigido por simuladores, se mostró apenas unas horas después; tal vez por esto, en lo profundo, ya estaba alerta y apenas en las primeras vibraciones comencé a correr. La costumbre de vivir en un tercer piso de un viejo edificio que se mueve ante el vaivén de los camiones doble carga que atraviesan permanentemente el Eje 7 Sur, me facilitan la comprensión inmediata de un fenómeno geológico… correr, correr mientras las ventanas se rompen, mientras las paredes se quiebran, mientras los gritos desesperados de tus vecinas te advierten del probable desplome de la casa materna, correr porque la Tierra retiembla como la furiosa batería de Max Roach…


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No es hasta que miras a tu amiga salir del edificio con los ojos perdidos y le dices calma, que regresas aparentemente al sitio donde estás. Digo aparentemente porque ahora hay que buscar a la tía que salió desde temprano sin dar señales claras de su ubicación y no es hasta el abrazo con ella que entiendes la magnitud de la tragedia a tu alrededor. Soy de aquellas personas que se quedaron en una especie de limbo en medio de la crisis, mi casa parecía lo suficientemente dañada como para pensar que no podíamos habitarla pero sin pruebas concluyentes mantenernos ahí esperando el fantasma de la réplica se convirtió en el martirio que dio forma al trauma colectivo.

Así funciona la mente, en momentos críticos activa una asombrosa capacidad para estar alerta, de pronto no puedes olvidar ni el más mínimo detalle que enciende las señales de alarma, el registro previo de las fisuras se entremezclan en los escenarios potenciales e imaginarios del desastre final; imaginas el desplome en todas sus formas, desde el cuarto del fondo, el baño, la cocina, la sala… conduces tu cuerpo hacia el futuro para por lo menos atraparlo en los escombros con arbitrarios cálculos para asegurar la supervivencia.

El derrumbe ficticio de pronto es algo más tangible, la exigencia del mito me aplasta. Las horas dramáticas del terremoto se volvieron un peso insoportable para quienes encontramos los límites de lo heroico. No poder salir a la calle buscando nuestro lugar en la historia futura fue el encuentro más brutal con la insignificancia. Yo no estaré en los relatos futuros, no moví ni una piedra, no salvé un sólo cuerpo.

Apenas salí a las calles pude confirmar mi pequeñez, una lección que aún le negaba a la Tierra. Pero ahí encontré otro tipo de grandeza, la del pueblo. Por un momento, seguramente breve para el tamaño de la crisis que hemos creado como especie, el desastre nos recobró la mirada compasiva y nos empujó a la urgencia de lo colectivo.

Para mí, la energía contenida y abruptamente liberada por la Gaia, se convirtió en un impulso eléctrico que ha recorrido mi cuerpo desde entonces pero de manera descontrolada, no he podido (y quizá es el sentido final de estas líneas) conducir el cauce de esa fuerza que me supera. Debo hacerlo antes de olvidar, antes de que mi cuerpo se acostumbre otra vez a la normalidad ilusoria del periodo que se extenderá hasta la próxima catástrofe. La Tierra nos habla…

Tengo como punto de partida un par de días después del terremoto, en el momento en que la luz cruzaba por mis manos e iluminaba la belleza escondida en los pliegues que culminan de manera precisa la extensa piel que me cubre. Esos diminutos círculos en el centro de los dedos que nos vuelven únicos de repente se me revelaban junto a la esplendorosa maquinaria que les da sentido. Me fue permitida una sensación única, por lo menos única en mi pequeña existencia, la de mirar la infinita red que nos entreteje.

Una mirada que se extiende hacia el pasado, que se clava por un momento en lo que has negado. De pronto “la suma de los miedos” tiene sentido, pero no como un abismo sino como una brújula. Hay una espiritualidad posible dentro de la fragilidad, un encuentro con lo que está y lo que estuvo, una suerte de abrazo con la muerte.

Nos han negado ese abrazo y por tanto también nos han negado el abrazo de la vida. Lo importante para algunos, los miserables, los culpables, los asesinos, es impedir ese momento clave en el que reflexionas y observas con toda claridad la derrota. Las pasiones perdidas, la rutina insoportable, el viaje interminable hacia el sueño implantado, el Ser encerrado en el crédito, quién te explota y a quién explotas… lo importante es que pases otra vez ante la miseria sin mirarla, ante las niñas y los niños del semáforo, ante la señora que duerme en la esquina de tu cuadra… lo importante es que vivas otra vez la miseria sin sentirla.

Después de una breve tregua, la histeria había regresado con una fuerza imparable, los rostros de miradas perdidas, las manos rígidas al volante, el grito grisáceo de esta Ciudad que se chupa lo periférico hasta en la tragedia. Unas horas después, la maquinaria obligaba a los cuerpos en shock a encerrarse en sus prisiones metálicas. El brutal cotidiano de la metrópoli no puede parar, es una trampa que se traga todo. Debes ser digerido para digerir y continuar, ese es el axioma del progreso.

Para mí, para millones, lo de ahora es sólo un llamado más. Un grito desesperado de lo que nos sostiene. Ahora sabemos que la Tierra vive y que nos espera un palpitar perpetuo. No hay fuerzas sobrenaturales pero la Naturaleza despliega fuerzas que nos revelan nuestros patéticos montajes. Esto se derrumba y debemos seguir corriendo para renunciar; situar en cuántas y cuáles dimensiones se nos ha insertado para formar parte de la destrucción; de qué formas nos hicieron responsables de la tragedia; cuántos ladrillos pusimos en esta violenta torre.

Los cuerpos y los sueños caen y callamos esperando nuestro turno. Nadie podría señalar a quien no pertenece al mito solidario de los temblores, pero quién nos condenará cuando miren que cruzamos los brazos frente a la hidra que nos devora todos los días. Me queda claro, poco podíamos hacer en aquellos días y poco hicimos… Ahora sólo nos queda la búsqueda frenética de una reivindicación que trascienda aquel instante.

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