Emergencia no-nacional: los terremotos como interrupción del nomos

Escribo ahora y no antes porque las manos y los ojos estaban en otro lugar. Me detengo en aquello que ya no es noticia porque sigue sucediendo; porque hay que hacer frente al “y ahora” con que la vorágine de los medios nos satura de noticias y convierte en viejo lo que sucedió la semana anterior. Porque el ahora es mucho más que la novedad: es el espacio donde conviven lo que no se ha ido y lo que apenas llega. En medio de los torrentes de información, hemos de curarnos memorias que, como un fuego, mantengamos encendidas a pesar de la tormenta.

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Los terremotos de septiembre nos sometieron a una emergencia más. Pero no hemos de ser enterradas por la acumulación de calamidades, sino de afrontar cada una, a la vista de que nos encaran todas a la vez. La emergencia “nacional” nos ha aplastado con sus piedras y ha eclipsado, aun más, aquello emergente que no aparece como tal. Pero también con el derrumbe se ha agrietado más eso que obtura la posibilidad, siempre ahí, de construir vidas distintas.

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Querida gente: la tragedia te llevó a tomar las calles, ya no las sueltes. Porque en este país, la tragedia es diario.”

Antonia Gallardo

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Y, sin embargo, la caída del muro de Berlín también fue acompañada: se desplomó la creencia colectiva en la posibilidad de construir otro mundo. Por supuesto, hay quienes la sostienen y quienes la reformulamos: “no hay otros mundos, hay simplemente otras maneras de vivir”. Quizá no otro mundo posible, sino otro mundo de posibles, diría Félix Guattari. Sí: una lección común después de cualquier derrumbe es la dificultad de construir. Pero también su posibilidad.

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Las fabulosas condiciones de la reconstrucción en 1985 se lograron gracias a que nació una enorme y poderosa organización de damnificados, que para el día 27 ya había realizado una gran manifestación, en solo unos días se gestó la organización en cada colonia y luego la unión de colonias en la Coordinadora Única de Damnificados (CUD). Nadie negoció por su cuenta. La negociación fue colectiva durante tres años. Y cayeron secretarios, y el regente y los delegados; y se firmó un Convenio de Concertación que establecía las reglas de la reconstrucción. Y la CUD logró 80 mil viviendas nuevas o reconstruidas, siempre actuando en colectivo.”

Leslie Serna, del movimiento urbano popular surgido por el terremoto del 85.

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En el 85 los damnificados eran inquilinos y pobres; en 2017 muchos de los afectados en la Ciudad de México son propietarios en zonas de clase media o alta. Con  procesos como la gentrificación, hemos de preguntarnos cuál es el papel de la especulación inmobiliaria como causa y como consecuencia de los daños ahora, en la colonia Roma, en la Condesa, por ejemplo, pero también en la Benito Juárez. Más allá de la conspiranoia, ¿qué tanto el desastre es consecuencia de la configuración capitalista del mundo? Más que preguntarnos si el terremoto fue provocado por el fracking, ¿cuáles daños pudieron prevenirse en las construcciones después del 85? Sobre todo si consideramos que este 19S fue diez veces más débil que el anterior.

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Mientras algunos acumulan capital sin cesar, nosotras acumulamos las calamidades que sus lógicas producen. La gentrificación, por ejemplo, acosa a los barrios y los convierte en colonias (en varios sentidos). Una vez que el capitalismo imperial ha alcanzado los límites geométricos del planeta, el monstruo funciona desplazando: desplazando a los habitantes de un espacio para que otros con mayor capital lleguen a él, o desplazando los costos de producción a países donde se construyan fábricas con estructuras precarias: donde el Estado permita que las obreras indocumentadas de otro país “periférico” queden bajo los escombros. El capitalismo desplaza y despoja el valor de las vidas: lo destierra, lo deja enterrado sin mayor consecuencia.

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Más allá, la lógica capitalista no sólo desplaza: aísla. En una ciudad donde no existe transporte nocturno suficiente y accesible aparece Uber o Cabify para suplirlo. Pero más que lo público, lo común es desechado para dar lugar a lo privado, y en el vacío de la calle nocturna aparece con más descaro el peligro. Para los pobres, moverse en la noche es un calvario; para otros sectores es un servicio que no se cobra barato: a Mara Castilla le costó la vida.

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El Estado tiene daño estructural: ¡urge demolerlo!”

(Mensaje difundido en redes sociales.)

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Tal como el capitalismo nos desplaza, un terremoto saca los sitios de su sitio. No sólo cambia las posiciones, sino también las disposiciones: suspende por un momento la distribución de los cuerpos que habitan una ciudad, un pueblo, un lugar. Por otro lado, aquello común que es desplazado, despedazado, comienza por la dificultad para compartir el espacio, que entonces queda segmentado. De ahí nos viene la palabra política, de la polis: de una ciudad en construcción, o todo lo contrario.

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Así, con perdón del urbanocentrismo, hemos de demoler la polis. Cuando una ciudad se derrumba, se abre la posibilidad de organizar el territorio de una forma distinta, un nomos otro; cuando se derrumba el país se abre la posibilidad de construir algo distinto a una nación. Por eso la reconstrucción nos puede devolver al sitio donde la normalidad se nos vino encima: los feminicidios, los asesinatos, las desapariciones… Por eso lo que hay que construir es esta interrupción del nomos: nuevas organizaciones no del mundo en abstracto, pero sí del espacio en concreto: formas de habitar y de vivir distintas.

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