Trópico: Rafael Bernal inédito

Sobre la novela negra se ciernen prejuicios atávicos. Una porción de la crítica la tiene por literatura menor. Poco más que un divertimento ligero. Como si la muerte y su ejecutor, su telaraña de intenciones y resquebrajamientos, fueran un tema exclusivo del solaz. Sin embargo, a despecho del dogma extendido, el género policial tiene una venturosa acogida, un prolongado segundo aire que ha permitido la reivindicación de su influencia y calidad.

Así ocurrió con El Complot Mongol, de Rafael Bernal (1915-1972). Homenajeada y reeditada, la obra inaugural de la literatura policial mexicana cuenta con una extendida legión de lectores y cultores. Paradójicamente, el éxito de El Complot, en lugar de fungir como una invitación al resto del catálogo literario, difuminó la tumultuosa narrativa de su autor.

En el desconocimiento de su obra, pues,  no debería soslayarse el menosprecio de la crítica por la novela negra y, por extensión, de uno de sus autores referenciales. Tampoco la nociva influencia que sus opiniones políticas acarrearon para la difusión de su creación literaria.

Bernal militó en organizaciones cuyo ideario no empataba con la hegemonía ideológica del nacionalismo revolucionario. Circunstancia que, quizá, también lo apartó de los círculos intelectuales cuyas obras gravitaron en las coordenadas doctrinales del régimen político de mediados del siglo XX mexicano.

El escritor, oriundo de la Ciudad de México, tiene tras sí una biografía rocambolesca. Diplomático y poeta, guionista de cine y empresario, historiador de los océanos y sinarquista; Bernal da cuenta de una curiosidad universal, y una vocación literaria ecléctica. Lo mismo escribió poesía que ensayos de corte antropológico; además hizo teatro y, desde luego, novela.

Bernal da cuenta de una curiosidad universal, y una vocación literaria ecléctica.

También, a sus 18 años, fue agricultor. A esa corta edad, Bernal acudió a la espesura selvática de Chiapas. Entre manglares, mosquitos y malaria, el joven y acendrado católico se dispuso a cultivar plátanos. La empresa tenía, se percibe a la distancia, una equívoca intención de éxito civilizatorio, nimbado por un ánimo de misionero, propio de su sólida, según veremos, vida espiritual.

De su experiencia entre la fronda y el calor apabullante de la selva chiapaneca, Bernal extrajo un puñado de relatos que conforman Trópico, uno de sus primeros libros.  Publicado originalmente  en 1946 por la editorial Jus, cuya nueva edición circula ya en librerías –con prólogo de Juan Pablo Villalobos e ilustraciones de Raquel Cané-, el libro es un acercamiento, con notas ciertas de moralidad cristiana,  de la vida áspera y violenta a la que Bernal tuvo acceso durante su aventura.

En el “Preámbulo” del libro, Bernal anticipa la pauta sobre la que columbró su interpretación de la realidad selvática: “(…) en la selva húmeda no ha entrado la palabra de Dios ni el nombre de Cristo; y en los esteros y las pampas los hombres han arrojado a Dios de sus corazones para entregarse a la codicia, engendradora de males”.

Luego, en un arranque de celo evangelizador, concluye con la siguiente sentencia: “¡Costa de Chiapas! ¡Costa sin Dios y sin Cristo! Fértil esperanza de un mejor mañana”.

No obstante el hálito religioso del “Preambulo”, a lo largo de los seis cuentos reunidos en Trópico – “La media hora de Sebastián Constantino”, “El compadre Santiago”, “Lupe”, “El secretario José López”, “Tata Cheto” y “La Niña Licha”- no se percibe ningún ánimo prescriptivo o condenatorio. Por el contrario, se detallan descarnadas monografías tropicales.

Los cuentos mantienen una coherencia temática que permite perfilar con mayor precisión el universo imaginario que Bernal desentrañó. Entre asesinatos, resentimientos añejos, persecuciones injustas, alcoholismo y adulterios, más que relatos desperdigados, unidos casuísticamente por caprichos editoriales, los seis textos procuran, respectivamente, un abordaje específico sobre una misma condición: la inclinación humana hacia la violencia y el envilecimiento, fatalmente vinculado a la circunstancia geográfica donde las historias se desarrollan. Finalmente, no hay fatalidad tan inconmovible como el lugar donde nacimos o echamos raíces.

Así, Bernal ofrece una explicación del mal, hallando su origen en la inexorable influencia del espacio lujurioso y fértil de la selva, como detonante de la vocación depredadora del ser humano. Hay en ello claras resonancias bíblicas, sobre todo en lo que al mito del “paraíso perdido” se refiere, un espacio simbólico, generoso de placeres y, por ello mismo, vulnerable a la maldad.

Con la reedición de Trópico se procura resarcir el injustificado abandono sobre un autor de ricos matices. La lectura de este libro abona en el redescubrimiento de un escritor con visión, proyecto e ideas literarias propias. Y ello, en cualquier contexto, siempre será valioso ante la dictadura de los gustos homogéneos.

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