Jackie Mitchell: la fama como maldición.

Se trata de un juego de caballeros, soldados que lucharon por dividir o unir su patria bajo el dilema de que los hombres (los varones) habían sido o no, creados iguales. Virne Beatrice Mitchell Gilbert nació en 1913 y fue conocida como Jackie Mitchell. Pitcher de ligas menores del equipo Chattanooga Lookouts en Tennessee. Fue entrenada por su vecino Dazzy Vance, quien jugó con los Yankees, Piratas, Cardenales, Rojos y Dodgers cuando estaban en Nueva York.

A los 16 años inició en un equipo de liga femenil, Las Engelettes, el dueño vio su potencial y el atractivo comercial de incluir a una mujer en un equipo masculino. Firmó con los Lookouts el 25 de marzo de 1931 y debutó el 2 de abril. Su primer juego fue histórico. Se trató de uno de exhibición contra los Yankees, el abridor permitió un doble y un sencillo y fue reemplazado por Jackie, que enfrentó a Babe Ruth: bola, tres strikes, fuera. La leyenda, fiel a su fatalismo, hizo lo suyo, reclamó al umpire y vociferó al público, tuvieron que sacarlo a rastras, alguien dijo que dijo: “Las mujeres nunca jugarán bien. Son demasiado delicadas. Jugar todos los días acabaría con ellas”.

Le siguió en el orden al bate el hombre más feliz del mundo, Lou Gehrig que fue despachado por tres strikes seguidos. Fue sustituida por otro lanzador, los Yankees ganaron 14-4. Pero eso no importó.

La reacción fue inmediata y la duda de que un juego de caballeros podría incluir a mujeres se hizo más grandes. El comisionado de las Grandes Ligas no lo toleró, obligó al dueño del equipo a terminar con el contrato apenas unos días de haberlo firmado. Jackie Mitchell salió de la historia del béisbol profesional y se refugió en un equipo llamado House of David, hasta 1937 y los 23 años en que se retiró, resentida con el juego, incluso lo rechazó cuando se creó la liga femenil en 1943, en medio del caos de la guerra.

Gehrig murió por su nombre en 1941 y Ruth de cáncer en 1948, Mitchell se alejó del juego que hasta este momento tiene las puertas cerradas a las mujeres. Sólo cuatro años antes de morir, en 1982, regresó al diamante: su efímero equipo le rindió un homenaje a su carrera y legado, lanzó la primera bola en el juego inaugural, el estadio volvió a rendirse ante ella, la gloria había regresado; pero de nuevo, para nada sirvió, también se trató de un lanzamiento simbólico, una bisutería, algo anecdótico para una mujer en un juego de cablleros, como aquella tarde de abril en que derrotó a sus dos más grandes leyendas.

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