Incitación a las alianzas

De las palabras del deseo al deseo de las palabras


Enfurecemos en tanto existimos. Tomamos las palabras que nos hacen falta y nos curamos con ellas. Por eso las compartimos: las palabras son para los otros. Para leernos, para explicarnos a nosotras mismas. En tanto, construimos nuestra narrativa y hacemos de la política una apuesta por la vida.

Nuestro horizonte precario persiste escrito a través de hacerle frente a la historia. Revindicamos nuestro relato, el derecho a construir desde los detalles. Rastreamos las huellas y exploramos minuciosamente las producciones del cuerpo que nos significan, para devenir corporalidades diversas, que en espacios del margen, sean bordes que se encuentran.

Tiene lugar el acontecimiento cuando enfrentamos las contingencias abiertas, el reconocernos incompletas, carentes de justicia; ese momento en que las otredades impredecibles, inesperadas, se encuentran. Su irrupción cotidiana se realiza mediante una provocación, el abordar el territorio, un campo de fuerza que se disputa para una transformación en la realidad otra, de estabilidad provisoria.

Necesitamos volver a la raíz de lo vivido, parar un poco, anarcorporalizar el pensamiento. ¿Qué vivimos? ¿Qué pensamos? ¿Qué decimos?

Nos necesitamos con la sensibilidad que provoca la imagen violenta que atraviesa el cuerpo. Nos necesitamos con la solidaridad orgánica, natural, sin pesticidas y con el compromiso ético para constituir la confianza –de seguridad habla la policía-.

Esta reciprocidad, esta alianza, es un compromiso con la historia. El diálogo de los cuerpos que miramos, su rostro lleno de sentidos, sus gestos con significados, con tiempos y ritmos diversos y tan múltiples como el pensamiento. El diálogo es el compromiso ético de la palabra, una apuesta estética que da luz. Nos enseña. Nos exige comprensión y acuerdo con el otro, desde el dolor, desde la rabia, desde la furia.

Conversar con el otro. Mirar su rostro sin intermediarios. Saber qué quiere decir. Exigirnos a nosotras mismas experimentar su realidad. Reconocerla con su voz, textura infinita. Sentir cada paso que damos para aproximarnos al otro. Abrazar sus luchas, asumiendo nuestra responsabilidad. Acompañar desde la desnudez de nuestros pensamientos. Contar con la palabra, que es acción de aliento, abierta y mordaz.

Necesitamos parar, sentir la inestabilidad de los deseos y la insaciabilidad de las necesidades. ¿Cuáles son las practicas corporales que pensamos en un marco de la mutación del capital? Si cada cuerpo manifiesta vida y hace de ella un soporte, ¿Cuándo la violencia como acontecimiento determina nuestras condiciones de existencia?

De la violencia también brotan las alianzas que nos provocan y nos cautivan. Las vemos merodear en la multiplicidad de lo cotidiano. Una mujer transexual toma y estomada de la mano. La madre de una mujer víctima de feminicidio exige justicia. Trabajadoras sexuales y anarquistas custodian marchas por la diversidad. Mujeres kurdas alientan a mujeres indígenas. Clowns ambulantes piden justicia por las niñas. Un grupo de mujeres –sí, de nuevo- expulsan un autobús transfóbico en una de las ciudades más conservadoras del país.

Los agenciamientos están ahí, en los cuerpos monstruos, para sobreponernos a lo real, asignando palabras, enunciando lo que deseamos. Esta sucediendo un pensar corpóreo que posibilita la experiencia de libertad.

Si lo real es múltiple, hagamos de lo real un modo de vida.

Mi cuerpo, que fluye y se desplaza, es una condensación de imágenes que asume afectividades. Se enfrenta a la palabra del otro. Apuesta para que lo único liquido sea consecuencia del placer y no de la nula capacidad de relacionarnos afectivamente.

La resistencia es sólida, obsoleta, paria. Necesitamos parar, situarnos, saber dónde estamos, trazar las coordenadas, reconfigurar las redes que nos estructuran. Decidir, en el punto en que la situación nos rebasa, que no hay inutilidad en cualquier acción que contribuya a revolotear alrededor del abismo.

Atrincherar nuestros cuerpos como archivos, testimonios para rastrear nuestro pasado, epistemologías, saberes que articulan palabras. No hay alianza sin diálogo y no hay diálogo sin reconocimiento.

¿Qué sentido tiene seguir sosteniendo con remendos la estructura que nosotras no soñamos?

Hay que develar la lógica de la pesadilla. Construirnos como los residuos fundamentales que escapan a mera la funcionalidad en un contexto que se des(arma). Restituir, como fuerza política invencible, la única fuerza posible para enfrentar lo real. Comprender la necesidad de agradecernos existir. Aunque nos parezca imposible, no deja de ser indispensable.

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