Erótica del diferir

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Derrida tacha una marca en las polaridades. Habla de la escritura, que no es tal cual una presencia ni una ausencia: es una presencia diferida, en différance. Como cuando vemos los rayos de una estrella muerta: no podemos decir que la estrella está ni que no está. En la escritura no aparece el autor sino las huellas de su paso por el texto.

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Cuando uno decide terminar una relación es porque prefiere cuidarse del otro antes que cuidar al otro: porque prefiere cuidarse a sí en vez de cuidarse de sí. Una ruptura tiene como causa el cese de la violencia, porque “cuando uno ama uno no hiere a su querer”. Pero una ruptura puede tener como consecuencia la continuación de la violencia, su perpetuación por otras vías. ¿Qué es lo que se rompe cuando una pareja rompe?

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Michel Onfray escribe La fuerza de existir como un manifiesto hedonista. En él, da la vuelta a los planteamientos contemporáneos que pretenden eliminar la primera persona del singular. “Contra la religión egótica, el culto del yo, el narcisismo autista, e igualmente contra el aborrecimiento a todo lo que manifiesta la primera persona, se trata de encontrar la buena medida del Yo, su necesaria restauración y restitución.” Parece que lo que propone Onfray es un yo diferido: ni la cerrazón al otro ni el sacrificio cristiano por él. Una dosis prudente de egoísmo.

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Gilles Deleuze y Félix Guattari se conocen en 1969. Durante los primeros tres años, su relación es sobre todo un intercambio de cartas. Pero no sólo cada uno le escribe al otro,  sino que juntos escriben: juntos se escriben. Guattari deviene Deleuze y Deleuze deviene Guattari: los ya varios se convierten en más muchos. Gilles y Félix son como arroyos: una corriente de aire, un viento, un día…

El pensamiento necesita de un amigo, de un intercesor: no se puede hacer filosofía en el aislamiento. “Incluso cuando uno cree que escribe solo, lo hace siempre con otro, que no siempre puede identificarse.”

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Una ruptura no tiene sentido si no rompe con la normalidad de la violencia que la antecede. Si eso sucede, la relación persiste aunque diferida. Ahí, es tan inútil empecinarse en continuar con algo que está roto como en hacer cesar algo que no cede. Cuando las presencias son insoportables y las ausencias también, es preferible diferir de otra manera. Como los rayos de una estrella, la escritura de una carta. Como la amistad epistolar, la dosis prudente de egoísmo. Dejar que los tiempos sean otros: abrir la erótica a su diferir.

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