Después de Cana

Conocí a Natacha hace casi tres años. Yo había sido invitada para apoyar a un trabajador del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México en la realización de una pastorela para el concurso nacional interreclusorios. Ahí escuché un inconfundible acento francés, acompañado de una mirada curiosa; con su cigarro en la mano, con su bolsa con libros y libretas, Natacha adquiría un aire bohemio y desenfadado que contrastaba con el ambiente de una prisión femenil.

Su historia es una doble paradoja: su deseo de ser libre la llevó en barco por el mundo, pero también a la cárcel. Ahí tuvo que compurgar una condena de diez años en el Centro de Reinserción Social Femenil “Santa Martha Acatitla”, donde, curiosamente, descubrió el amor y el arte.

Teniendo muy claro que “la cárcel sólo sirve para romper vidas” -como lo expresa en su texto dramático Un bastón tras las rejas- nunca permitió que el encierro la quebrara. Al contrario: hizo todo lo posible para que su experiencia fuera un collage de vivencias, buenas y malas, que la ayudaron a crecer, pero sobre todo, que la mantuvieron entera.

Un par de semanas después de su salida, nos vemos en Coyoacán. Es uno de los pocos lugares que conoce en la ciudad que le han gustado -supongo que por sus colores y olores, algo a lo que siempre está atenta, pues para ella son una fuente de inspiración-. Para las dos es extraño vernos en un ambiento sin tantas restricciones, sin memos de ingreso, sin pases de lista, sin rancho (la comida de la cárcel) y sin el azul reglamentario. Es extraño vernos en la calle y en libertad.

La veo más guapa. Me encanta su flequillo, sus gafas de sol y su modo de andar. No ha perdido su estilo. Es toda una personaje. Como viejas amigas, nos ponemos al corriente_ me habla con todo el cuerpo, salta de su silla a cada rato para darle un toque histriónico a sus relatos.

Por momentos mi mente vuelve a Santa Martha, hace exactamente un año, cuando una tarde de ensayo frustrado -como muchos que suelen darse en ese lugar por diversas circunstancias relacionadas con las dinámicas carcelarias- Natacha nos contó unos chistes de Coluche -el cómico francés que casi fue presidente en el 81 y que después murió en un misterioso accidente automovilístico- que nos hizo llorar de la risa.

Esa era Natacha, incluso en la cárcel: una cómica, una estrella. “Cuando era niña, me subía a una silla para que todos me vieran y me escucharan”, confiesa, con el aire de quien lo vuelve a vivir. Su impulso estelar la llevó a participar en muchos montajes teatrales, en los que actuaba, pero también dirigía y escribía. El amor por el teatro lo comparte, además, con su pareja, Maye -multi galardonada dramaturga- a quien conoció en Santa Martha y con quien está casada desde hace tres años.

Mientras toma un café rebajado -después de diez años de tomar sólo soluble el normal le parece demasiado fuerte- me habla más de su relación. “Éramos novias, pero entró una ley en la que todas las extranjeras debíamos ir a Tepepan, y fue horrible, porque Tepepan es horrible, no hay nada, sólo locas y enfermas. Estuve sólo seis meses, porque me moví para que me regresaran. Cuando volví, decidimos casarnos. Para nuestra boda no queríamos adornar con globos, ni rosa; queríamos una playa”. Y así fue: una de sus compañeras convirtió un espacio de la Sala Grande en una palapa a la orilla del mar.

A pesar de su conducta ejemplar -ni un solo módulo de castigo, cumplimiento al 100% en todas las áreas, en general una mujer “aplicada” dentro de las exigencias institucionales- Natacha siempre se manifestó cuando sus derechos fundamentales y los de sus compañeras estaban siendo violados. La movilización más emblemática que organizó fue para que hubiera agua en el que era su dormitorio, el Bronx, como ella le llama, por ser el destinado a las drogadictas. Llamó a derechos humanos, se plantó delante de la Ingeniera y le dijo: “El dormitorio E huele a heces fecales, si no quiere una epidemia traiga agua”. Eso bastó para que tres horas después volviera el agua al penal.

Natacha también ha encontrado otros medios para ser escuchada. Su colaboración con instituciones universitarias le permitió intervenir las paredes la cárcel, hacer documentales, cortometrajes, programas radiofónicos y fanzines que dan cuenta de las desigualdades y atropellos que las mujeres viven todos los días en los centros penitenciarios del país, debido a la carencia de una perspectiva de género en sus procesos legales.

Su obra personal me parece más contundente, la que ha realizado por puro gusto o que en algún momento le permitió sobrevivir en prisión. En una ocasión, por ejemplo, durante la presentación de su monólogo satírico en la que el Subsecretario del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México asistió, Natacha mencionó firmemente estas palabras: “A los seres humanos que se esconden detrás de las profesiones que rigen el Estado: vergüenza”, dejando a todas las autoridades con la boca abierta. Con una temática más variada, su trabajo de collage ha sido expuesto dentro y fuera del espacio carcelario. También ha decorado espejos, cuadernos y hasta la portada de un disco de punk.

Natacha me cuenta, a sorbos, lo horrible que fue su experiencia en la cárcel de migración –una clase de centro clandestino de detención ubicado en Tláhuac-, sus deseos de seguir escribiendo y de que la gente escuche lo que tiene que decir sobre el mundo, no sólo sobre la cárcel. Después de acompañarla a buscar un puesto de barbacoa para llevar a Maye a la sala de visita -que ahora le parece súper pequeña- despido a Natacha como a una niña que sube por primera vez sola a un autobús, y me doy cuenta que a sus cuarenta y siete años la vida apenas comienza para ella, y que puede hacer tantas cosas.

Estas son unas palabras que Natasha escribe a unas semanas de obtener su libertad:

¡Vives o vives!

Unas semanas durante las cuales, feliz des salir de la cárcel, cárcel que encierra movimientos y deseos, que priva de sabores y placeres, que restringe, que instaura rigidez y viejez, voy intentando redescubrir el mundo de los sentidos, exacerbados, empujados hacia sus extremos, provocando un va y viene de emociones y sentimientos, olas de felicidad, contemplación y éxtasis; hundiéndome, ahogándome en el cafarneo de los transportes públicos, atrás de los escapes de coches y camiones o saltando de sorpresa, de admiración frente a la grandeza de los árboles, a la belleza de todos los colores, a la abundancia de los platillos y jugos, objetos y vestidos, a la diversidad humana y cultural. Ese permanente deseo de ver todo, ir allá, hacer esto o encontrar al otro, y a la vez de no hacer nada abruma mi mente, tensa mi cuerpo, perturba mi espíritu. La densidad de mis emociones es más potente que la búsqueda de paz que requiere mi ser para evolucionar en este nuevo ámbito, nueva configuración. Un estado de ser que experimenté cuando entré en prisión hace diez años. La tarea, hoy, en libertad es la misma: aceptar lo que es, respirar, transformarse, aportar, no tomar la vida tan en serio y: ¡¡¡gozar!!! Todo sin miedo. Tendré el gusto de compartir mis métodos de supervivencia frente a las adversidades, y a la mediocridad de los pensamientos que entretenemos hacia nosotros mismos y del mundo, durante mis próximas conferencias a lo largo y ancho de la ciudad.

Natacha Lopvet

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