El último concierto de Chris Cornell

El Fox Theatre ardía. Los fanáticos que agotaron las entradas de ese miércoles 17 de mayo gozaban la última canción de un concierto dramático. La voz del que quizá era el último sobreviviente del grunge rugía con la emoción de un fósforo. Aquella voz áspera, se frotaba contra lo más hondo del alma de las casi 5,000 personas ahí reunidas, y encendía la densa atmósfera cargada de rock.

Chris Cornell tomó el micrófono y agradeció a sus seguidores por acompañarlo en su regreso a la ciudad del rock, Detroit, en referencia a una canción de Kiss. También agradeció a su banda, Soundgarden, con un emotivo mensaje que, tras el fatal accidente que sucedería horas más tarde, resulta sobrecogedor. Esas palabras estaban cargadas con el veneno de la muerte, y el destino se había manifestado como un agujero negro en la luz que iluminaba el rostro del artista de 52 años.

Una de sus últimas entrevista, para Rolling Stone, estuvo cargada de una conciencia trágica, como si se tratara de las declaraciones de un hombre perseguido por amistosos fantasmas: “He perdido a un montón de jóvenes y brillantes amigos. Andy Wood, Laney Stanley y Jeff Buckley. Y Kurt Cobain y Shannon Hoon, otro gran amigo, igual que Mike Starr”. A través de sus ojos, se podía evidenciar la plegaria que muchas veces ha cantado: rezo para conservar mi juventud. Pero esa aparente juventud ya no era el antídoto de nada, mucho menos de la tragedia.

La gente pidió el encore, y Cornell se entregó a su público con la autenticidad que siempre se evidenció en su garganta, su sello era su inconfundible voz que parecía un piedra golpeando el piso de habitación solitaria. 

El grunge había nacido como una respuesta honesta, cargada de nihilismo, ante los excesos del rock de los ochentas. Cornell formó la banda Soundgarden en 1986, y poco tiempo después firmó con el sello alternativo Sub Pop y le dio a la ciudad de Seattle, junto con otros legendarios músicos,  el emblema de una era.

A diferencia del espíritu autodestructivo de Kurt Cobain, Cornell manifestó siempre una voluntad de sobrevivencia aun en contra de sus propias virtudes y, por supuesto, de sus propias adicciones. El alcohol y la depresiones siempre fueron esa lluvia que caía sobre sus incontables encuentros con el éxito y la derrota. La manera en que gestionó su carrera lo convirtieron en la más longeva leyenda del grunge, y pese a todo, su vida siempre se condujo por el salvaje mundo de la música.

El día de su muerte, en aquella habitación húmeda, se dedicó a leer un libro con las páginas llenas de muerte. Era el eco de una de sus canciones, en el fondo sabía que moriría solo y eso era lo que más lo atormentaba. Esa inevitable certeza de aquellos acostumbrados a la fama. Abrió el libro, lo leyó hasta el final, y en el momento preciso se convirtió en la roca que anheló ser: Sabes que en mi lecho de muerte, rogaré a los dioses y a los ángeles o a cualquier persona que me lleven al paraíso. Como una roca esperaré por ti, allí solo.

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