Malayerba nunca muere

«Este es uno de esos días en los que te maldigo y te odio, México».

– Sandra Rodríguez

«Me siento como en mi casa… nadie me hace caso», decía Javier Valdez en sus charlas con estudiantes y periodistas. Hablaba —y escribía— sobre los demonios que tienen tomadas las calles de este país desde hace ya muchos años: la violencia, el narco, los políticos y los narco políticos. Tenía un tono serio, a veces duro, a veces de papá dando un consejo. Por eso la gente que lo escuchaba se reía cuando de pronto decía cosas como «es preferible contar historias que no hacer nada, que hacerse pendejos, otra vez hablando en términos científicos». Javier sabía cómo hablar de las cosas que importan, pero sin perder la alegría. Así es como lograba que también nos importara.

Era de pocas palabras cuando había mucha gente, abierto y alegre estando entre amigos. Recuerdo una fiesta en casa de Alonso, tras la clausura de un encuentro de periodistas: él estaba sentado, solo, con un güisqui en la mano; lo vi triste, me acerqué y se lo dije. Respondió: «Mira bato, es que a mí mucha gente no me gusta, prefiero estar entre poco amigos, más íntimo».  

Javier siempre tenía historias que dolían del estómago pa’rriba, palabras de consuelo y ocurrencias que arrancaban sonrisas. Mucho tiempo repitió en sus charlas la historia de una paramédico, que también era estudiante, y que fue asesinada cuando fue a recoger a un herido justo antes de que sicarios regresaran a rematarlo. «También la mataron a ella, bato. No se vale». Cuando Javier contaba la historia, se le notaba el pesar en los ojos y las grietas en la voz.

El 15 de mayo te asesinaron, Javier. No habrá más Malayerba. No leeremos ese libro de ficción que prometiste. No te podré cobrar esa multa por el sobrecupo que causaste en la FIL, ¿te acuerdas? Fue en otro encuentro de periodistas, en la feria del libro en Guadalajara: presentaste tu libro en un salón de 120 personas, aunque dentro había cerca de 150, y afuera del salón otro tanto. Los que han ido a esa FIL sabrán que los elementos de seguridad que cuidan los salones son necios y sin criterio, así que podrán imaginarlos vueltos locos con la multitud. Al final, terminaron colocando pantallas en los pasillos para la gente que se quedó afuera. Cuando saliste, te dije que habían llegado inspectores del Ayuntamiento y que nos habían multado por sobrecupo. Me creíste por un momento, y después reíste como sabías hacerlo, pa’dentro y haciendo la cabeza pa’trás. Después de eso, nuestras charlas iniciaban con un «Cabrón, me multaron».

Nadie espera la muerte, menos de la gente que quieres. Ya sé que es un lugar común, pero es condenadamente cierto. El día que te asesinaron estaba con Sergio, aquel camarada mazatleco que alguna vez fue por ti al aeropuerto del DF, para llevarte a la feria del libro en Cholula; el cabrón me enseñó unos mensajes que intercambió con un amigo tuyo:

13:38: Tu amigo: Nos avisan que mataron a nuestro corresponsal en Sinaloa.

13:41: Sergio: No manches, ¿a Javier Valdez? Dime que no por favor.

13:41:40: Tu amigo: Así es

Así me enteré de tu muerte. Chingadísima madre, Javier. Mi primer impulso fue buscar tu número y llamarte para que me dijeras que no era verdad —si echas un ojo a las redes, verás que no fui el único pendejo que reaccionó así—; pensándolo con calma, abrí la computadora, puse tu nombre en Google, dudé cinco segundos, y agregué la palabra asesinado. Entonces apareció la foto de un cuerpo cubierto con una sábana y tu sombrero a un lado, tirados en medio de la calle. Decían que te habían matado. Se me hizo un nudo en la boca del estómago, bato. Llame a Tania, lloró. Le escribí a Diego, a Sánchez y Wilbert. Me llamó Carlos. Las redes se volvieron locas de a madre. Nadie creía, nadie sabía.

Marcela escribió en feisbuk: «Estado: Despalabrada. Sigo sin poder decir. No hay palabras».

Lolita: «Noooooooooooooooooooooooooooo. Mataron a balazos a mi amigo, compañero, colega y maestro de todos nosotros: al periodista Javier Valdez. Todas, todos lo querían mucho. Yo mucho, muchísimo. Colaborador fiel y desde el inicio de Nuestra Aparente Rendición, fundador de Ríodoce, consejero y hombro de todos nuestros dolores y corajes… no tengo palabras. No.
 NOOOO, CARAJO, NOOOOO».

Sánchez: No mames. No mames. No mames, ¿cómo?, ¿confirmadísimo? No mames. Se me bajó la puta sangre. Está de la chingada. Estoy sin poder moverme, carnal. Duele».

Wendy: «La recontra pero la recontra pero la recontra chingada. Me lleva la recontra chingada. Javier Valdez Cárdenas. Maldito país. Javier no es otro, es Javier, no es y no lo tratemos como una estadística, por favor. Pinche Mala yerba en este país».

Cristian, desde Perú, mandó un inbox: «La conchasumadre. Ganas de matar, loco. Ganas de torturar a los que permiten que pasen estas cosas. Te juro. Ganas de cargarse de explosivos y matar a esa gente de mierda, políticos de mierda, que dejan que pasen cosas así, o que ellos mismos hacen».

Wilbert: «Estoy aturdido. Ha sido un día muy largo. No sé que decir, qué podemos hacer para evitar que en verdad, sin dramatismos ni exageraciones, este país se nos vaya entre las manos. Hoy se trata de nuestro admirado y amadísimo Javier Valdez, pero mañana lloraremos a más personas que, parafraseando a Javier, serán devoradas por esta plaga que es el narco entreverado con lo peor de la política, la corrupción, la impunidad».

Incredulidad, dolor y rabia.

Nos tronaron el corazón y no sabíamos cómo reaccionar. La horas se empezaron a amontonar y se acababa el día. Entonces todos decidimos recordar, recodarte. ¿Sabes que escribió Sergio de ti? Mira: «El asesinato de Javier Valdez no quedará impune, no en los corazones que fueron tocados con su sensibilidad y con su profesionalismo. Cuando lo conocí, me senté a su lado en el módulo de los ex trabajadores de Mexicana en el Aeropuerto de la CDMX, portaba ese sombrero tan característico y una sonrisa perrona. Le pregunté: ¿Qué tal, eres Javier Valdez? Soy Sergio, quién te acompañará a Cholula… me miró a los ojos y me respondió: Ahuevo bato, el mismo, siéntate a chingarte un café antes de irnos. Javier representaba el espíritu crítico del sinaloense, el que se han encargado de exterminar nuestras mediocres autoridades coludidas con las cloacas del Gobierno Federal y cómplice de sus torpes acuerdos. Me siento orgulloso de ser sinaloense, muy a pesar de la camarilla de familias enquistadas en el poder desde siempre, de los putos narco corridos y de los descorazonados, me siento orgulloso porque es la tierra que vio nacer a personas como Javier Valdez Cárdenas, cabrones que tuvieron los huevos de sobrevivir en un estado que me expulsó desde hace 12 años, un estado que mata a sus hijos pródigos».

Marcela despertó y escribió: «Tomo prestadas las palabras del maestro Galeano, que son las únicas que me vienen a la mente para ti, Malayerba, y a cada uno de los que se han jugado la ropa y la vida con la dignidad: No, no, no; tu no moriste contigo. No, tu no moriste contigo».

Meneses, de sangre andina y corazón errante, escribió: «Cada vez que asesinan a un periodista en México, vivo el dolor de manera torpe: viendo si la víctima es uno de los amigos. Que ridícula y cotidiana forma de acostumbrarnos al horror. Hoy, que han asesinado de varios tiros a Javier Valdez, encuentro lo que estaba buscando después de cada muerte: el nombre de un compa. Y se siente terrible. No sólo por Javier, que fue un tipo tan generoso, sino por las veces que me dormí aliviado por no conocer a los otros —tantos, demasiados— periodistas que se asesinan tan impunemente en México. 
Javier fue jurado del 3er Premio Nuevas Plumas. Recuerdo sus opiniones, siempre a favor de una buena historia. Y sus emotivas palabras cuando entregamos el premio en la FIL de Guadalajara. La pasión con que nos hablaba de lo que es ser reportero del narco en México. Y que, en otras palabras, significa que un día vas caminando por las calles de Culiacán y un par de tipos te disparan y disparan, queriendo terminar una historia. Pero esto parece una historia sin fin».

Todos creíamos que eras Superman, que eras invencible, intocable. Te veíamos ir y venir con tu sombrero y tus botas industriales, con el rostro adusto y destanteando a la raza con sonrisas esporádicas. Alguna vez me dijiste que tu familia ya estaba preparada para reaccionar en caso de que algo pasara, pero fue hace tanto tiempo y tu seguías escribiendo y viajando y riendo. Neta pensamos que eras invencible. Silber dijo con Aristegui —porque debes saber que Carmen Aristegui hizo un programa especial sólo para hablar de ti— que: «Si algún periodista sinaloense estaba blindado, protegido, era, por su imagen publica, su repercusión nacional e internacional, era Javier Valdez… si a Javier le hicieron lo que le hicieron, no hay absolutamente ninguna periodista que pueda estar protegido».

Diego, ese sabio con corazón de niño, ese gigante que nunca pierde la esperanza, dijo: «Como están las cosas hoy en este país, es garantía que el crimen de Javier Valdez va a permanecer en la impunidad. En México no hay justicia, la justicia no puede con todo lo que está pasando. Tiene que ser ya el momento en que se consolide la creación de un mecanismo internacional que investigue todos estos crímenes atroces, para poder avanzar y salir de este abismo en el que hemos estado en los últimos años. Si no hay una supervisión internacional de la investigación de Javier y otros crímenes atroces, la impunidad va a ser la garantía en este y los demás casos que vengan».

Todos lo sabíamos. Aquí, en este país, matan y desaparecen con total impunidad. Justicia es algo que no podremos darte, bato. Por eso, hoy quisiera que existiera un Dios y un cielo desde donde puedas ver lo que nos duele lo que te hicieron, lo que te hicimos, lo que te queremos. Hoy quisiera que existiera un Dios y un infierno, para que los que te llevaron ardan por siempre, para que la justicia que aquí no hay, los alcance en algún lugar, pa’ que se los cargue la chingada. Me duele mucho, harto. Tengo una granada en la garganta. En cuanto truene voy a llorar y maldecir por igual.

Abigail —ella canta, te habría gustado escucharla— me escribió y me dio el pésame por tu partida. A ella fue la primera que le dije que eras mi primer muerto. No es que no haya visto la muerte de cerca, ha muerto gente cercana y me ha dolido porque le dolió a gente que quiero. Pero nunca me había golpeado como lo hizo tu muerte. El tiro fue directo. Ese día, Javier, yo que no habló de lo que siento, hablé de ti; yo que no lloro, lloré, solo, en el auto, camino a casa. Nadie se me había muerto, Javier, por qué carajos tenías que ser el primero. Me desquintaste, cabrón. Tres días después aún me duele la boca del estómago, lo siento duro, como piedra, muerde. Tu sabes que soy un tipo que se traga los sentimientos, pero lo tuyo está difícil de digerir.

La gente que te quiere siguió escribiendo bonito para ti. Alonso también lloró y tecleó: «No me cabe el dolor en las palabras. Te arrancaron la vida a ti que eras todo generosidad y cariño entre whiskys y albures y carrilla y regaños paternales. Tenías el don para pendejearme con gracia y sabiduría y orientarme cuando el corazón se me arrugaba».

Froylan, desde Horizontal: «Tenías un miedo travieso y eras avorazado con las palabras y te enamoraste de sus propios juegos más de una vez. Por lo mismo, por goloso, también se te magullaba fácil ese corazón de niño grande, aunque dijeras que los sinaloenses copulamos con la muerte. Y nomás de acordarme se me cae el cielo por los ojos y quiero decirle a quien hizo esto que la está cagando, porque en un rato vamos a dejar de llorar y nos van a tener que matar a todos, porque la plaza de los que queremos vivir en paz no puede tener dueño».

Rossana, para Sudamérica, en Anfibia: «Y sí querido amigo, hemos mirado tu buen periodismo. Tu palabra nos ha devuelto un poco de esa humanización que necesitamos para mirar la luz en medio de tanta desesperanza. Hoy contigo, Javier, nos comprometemos y vaya que sentimos, en lo profundo, tu ausencia que ya pesa».

Almazán le escribió a la vieja España, desde El País: «en vez de todo eso, carnal, estamos llorándote en la San Martín para que te lleves algo de nosotros. Yo apenas regrese a casa voy a releerte. Seguirás doliendo, lo sé, pero qué le hago: los recuerdos y tus textos son lo que me queda de ti».

Alán, de allá del norte: «Pinche Javier, ni los balazos te quitaron el sombrero. Así te recuerdo, con tu sombrero, tu libreta y garabateando apuntes. Sé que te despertabas muy temprano a escribir, que querías un libro de ficción y que escuchabas jazz y Sabina para inspirarte».

Carlitos: «Está muy gacho, bato. Con toda la enseñanza que podamos tener a partir del profesionalismo de tu nombre, con todas las veces que nos abrazaste de ternura, está cabrón, bato, despertar y no tener allí frente a nuestros ojos el recado siempre puntual para advertirnos en sinopsis el contenido de tu recién desempacada bomba que intitulabas Malayerba».

Sandra, dura y ruda como es: «este es uno de esos días en los que te maldigo y te odio, México. Gracias por tus lecciones y por tu valentía, compa Javier Valdez Cárdenas, descansa en paz».

Pinche Javier, te va a dar risa, pero hasta el presidente de Bolivia tuiteó sobre ti: «Condenamos el asesinato de Javier Valdez, y nos solidarizamos con su familia, el periódico La Jornada, y todo el pueblo mexicano», escribió el loquito de Evo.

Quizá no podamos prometerte justicia —de esa hay poca en este país—, pero sí memoria, pero sí cariño, pero sí denuncia.
No sólo volviste locas las redes sociales, también le diste cuerda a un chingo de corazones. Periodistas y no periodistas empezaron a moverse. Algunos medios dejaron de publicar en protesta por tu asesinato. Otros salieron con sus portadas en negro. Reporteros hicieron su trabajo vestidos de luto o con un moño colgado en el brazo. Te hicieron carteles y cartones. Hubo marchas y protestas en México, Guadalajara, Guerrero, Veracruz y en otro montón de lados. Proyectaron rollos tuyos en la fachada de la Secretaria de Gobernación. En las redes hay una foto de la mesa del café donde todos los días te sentabas, un periódico con tu imagen, dos flores y tu taza de café, que se quedaron como homenaje. Unos hablan de que los columnistas famosos dejarán su espacio para publicar una columna tuya; otros, que se debe seguir escribiendo la Malayerba, con un periodista diferente cada semana. Se habla de libros sobre ti, documentales. Todos quieren hacer algo. Todos queremos no dejarte ir.

El Meño, que es un sabio muy norteño, fue el primero que me dijo: «Hoy más que nunca hay que seguir compartiendo los textos y el trabajo de este señor del periodismo». Y tiene razón.

Quizá no podamos prometerte justicia —de esa hay poca en este país—, pero sí memoria, pero sí cariño, pero sí denuncia. Te mataron por lo que escribes. Te mataron para callarte. Te mataron porque te plantaste de frente y los retaste: «A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio». Y eso es lo que vamos a hacer: no guardar silencio. Ora vamos a hacer que te lean, que te escuchen. Ora vamos a repetir tu nombre y les vamos a recordar que tu no fuiste uno más, tú eres Javier. A la chingada las estadísticas, las fiscalías, los discursos. Ni te vamos a olvidar ni vamos a dejar que te olviden.

«Chingadísima madre», Javier —así, en términos científicos, como te gustaba hablar—, te vamos a extrañar harto. La noche va a ser larga. Nos vemos a la vuelta, bato.


Postdata. #MalayerbaNuncaMuere. Rólenla.

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