Los herederos de Juan Rulfo, el escándalo y el silencio de una estirpe

¿Quiénes son los herederos de Juan Rulfo? El autor de ‘Pedro Páramo’, que este año celebra el centenario de su natalicio,  es el gran patriarca de una vasta estirpe de artistas, escritores, y lectores. Raros o consagrados, secretos o famosos, su linaje fantasmal es evidente. No basta con reconocer el llamado de la sangre, la lectura de la obra rulfiana es un ritual que comparten miles de personas.

No se trata de despotricar contra una institución que pretende decomisar el legado de uno de los más grandes escritores mexicanos. Se trata de reconocer la obra de Rulfo a través de sus múltiples y secretos homenajes, esas mínimas muestras de amor por una vida literaria que tiene sus más hondas raíces en el barro de México. Se trata, en todo caso, de hacer evidente que la “oficialización”  y la “institucionalización” de un escritor sólo tiene fines burocráticos, que nada tienen que ver con la literatura.

En un país derrotado por una burocracia infame, lo mejor es oponerse a ella. Apreciar la obra de Rulfo lleva implícita una consigna moral.

Sin embargo, leer a Rulfo tampoco implica nada, porque es un placer misterioso, y al mismo tiempo, es la fundación de un nuevo territorio emocional, un campo minado de fantasmas que nos pervierten y nos orillan a repensar nuestra relación con la muerte.

Hay quienes aseguran que ni ‘Pedro Páramo’ ni el ‘Llano en llamas’ son suficientes para darnos un carácter nacional, en el sentido en que sí lo hacen las pinturas de Diego Rivera por ejemplo. Esta aseveración parte de un problema fundamental, si estos dos libros no otorgan ese carácter es porque el índice de lectura en México es ridículamente bajo.

Dos libros bastaron para que la historia de la literatura —no sólo nacional sino universal— consagrara a un poeta entregado al silencio. Rulfo se convirtió, sin lugar a dudas, en un mito que celebra nuestra propia violencia. México, se ha advertido innumerables veces, es la infernal Comala, hundida en una violencia profética.

Apreciar la obra de Rulfo lleva implícita una consigna moral.

Fotógrafo, viajero, traductor misterioso y poeta mediúmnico, Juan Rulfo es una entidad que no puede ser apresada, es una conciencia que habla a través de su propio lenguaje, una lengua compuesta por el hablar de los campesinos y la poesía en su estado más puro, convirtiendo así los murmullos de lo cotidiano en un esperanto primordial y terriblemente bello. 

Es así como Rulfo se ha convertido en una forma de descubrir a México, como señala uno de sus propios herederos de sangre, el cineasta Juan Carlos Rulfo, a quien la polémica entre  la Fundación Juan Rulfo y los otros “no le molesta”. Así lo expresó en una entrevista realizada por Mónica Maristáin para el diario Sin Embargo.mx, al respecto de la serie que está preparando sobre su padre.

Entre la multitud de hijos ilegítimos de Rulfo, me refiero a los que no son aprobados por la Fundación, no hay un ustedes ni un nosotros, somos una comunidad —me incluyo— que no privilegia nada salvo la naturaleza literaria de una obra que desencadena todo tipo de lecturas y aproximaciones.

Si los nombres “Ruta Cultural Juan Rulfo”, “Año del Centenario del Natalicio de Juan Rulfo”, junto con los derechos de las marcas Juan Rulfo y Rulfo en sus 14 variantes, son marcas registradas en un largo proceso  de diez años para “cuidar” un nombre  que está en la boca, en la mente y en la pluma de todos, hay algo que nunca podrá ser registrado, y eso es el legado artístico del escritor.

Para esto habrá que reconocer las sentidas y amorosas muestras de cuidado que uno puede encontrar en las estanterías de las librerías, en los fanzines publicados y en las revistas que circulan en la red.

Esos honestos y poco burocráticos homenajes que escriben los escritores y los aficionados a la literatura. En los cuales participan desde los destacados herederos literarios como Daniel Sada, Emiliano Monge, o Alejandro Paéz Varela, como aquellos que sólo quieren plasmar una emoción sin el rigor del oficio o la pretensión de un membrete.

Entre estas múltiples evidencias rituales, desde hace cuatro años existe una revista dinámica y múltiple: la revista Marabunta, que en su número más reciente dedica uno de esos otros homenajes a Juan Rulfo, ahí se evidencia el llamado que decenas de escritores han hecho para reclamar los huesos de su propio Rulfo. Un llamado que seguirá resonando hasta la destrucción de la literatura por el libre mercado.

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