Las economías de la atención

Mientras lees este texto es muy probable que revises tu celular varias veces o cambies rápidamente de pestaña para verificar que no te estás perdiendo de algo importante. Hay buenas razones para sostener esa predicción: una persona desbloquea su teléfono en promedio ochenta veces al día, por lo que si leer este artículo te toma más de diez minutos, se atravesará tu teléfono entre estos párrafos y tu vista; por otro lado, puede que mi manera de escribir resulte demasiado aburrida para captar toda tu atención durante ese tiempo. En ese caso, sin embargo, tendríamos un poco de culpa tanto el escritor como el lector.

Mantener la atención en un texto hoy en día no es sólo cuestión de buenos contenidos, sino que también se implica la naturaleza de los dispositivos: exige menos disciplina concentrarnos en una hoja de libro convencional que con las tentaciones de internet asediando los renglones. Mientras que el máximo peligro para un lector de antaño era ver un día soleado por la ventana, hoy en las pantallas se asoman infinitas ventanas que nos gritan que las abramos. Y están además los anunciantes, quienes hacen saltar letreros entre un párrafo y otro: aunque aprendamos a ignorarlos, queda el sabor de que un buen lector, en esta época, es alguien que podría entrar en autobús a Las Vegas y mantenerse estóicamente concentrado en los encadenamientos de palabras de su periódico.

Aunque a primera vista estas cuestiones no parecen sino los gajes del progreso, si les seguimos el rastro llegaremos a reflexiones menos triviales. Por ejemplo, que vivimos en regímenes y economías de la atención, donde atraer y mantener la atención es sinónimo de creación de capital económico, social y cultural. Richard A. Lanham ha escrito un libro notable que recoge la vieja idea de Herbert Simon: la atención es un bien escaso y cada vez más se endurece la competencia por obtenerla. Es así como nos convertimos en pavorreales en una selva fosforescente, buscando destacar, embriagados en el narcisismo de nuestra pequeña diferencia.

Si captar la atención puede llegar a ser difícil, lo es más en el contexto de la sobreabundancia de información. Para dimensionar este último fenómeno pensemos en que de acuerdo con IBM, más del 90% de la data total que existe hoy en el orbe se creó sólo en los últimos dos años. Por eso, para orientarnos en el inmenso mar de posibilidades de la red, hemos recurrido a agentes intermediarios, de modo que el mundo que vemos en nuestra pantalla, por ejemplo, es sólo el último eslabón de una larga cadena de selección natural de la información, sesgada por Facebook -cuyo algoritmo ordena nuestra experiencia en acuerdo a lo que nuestra actividad revela que nos gusta- o por críticos de arte, medios de comunicación y periodistas en los que confiamos, quienes jerarquizan y co-producen el gran relato de la actualidad, y a quienes retribuimos para que nos digan qué es lo que debería importarnos.

Es así como nos convertimos en pavorreales en una selva fosforescente, buscando destacar, embriagados en el narcisismo de nuestra pequeña diferencia

Si la tarea de los intermediarios es filtrar la sobreabundancia de información, paradójicamente han contribuido al problema: cada día surgen miles de nuevas plataformas que ofrecen seleccionar mejor que nadie lo que necesitamos saber. Al respecto, Ignacio Ramonet ha escrito un libro cuyo solo título sintetiza esta idea: “La explosión del periodismo: de los medios de masa a la masa de los medios”. En el texto observa las consecuencias de esta pesadilla del aprendiz de brujo, donde todo se reproduce sin parar, y al mismo tiempo analiza la bancarrota de grandes y prestigiosos periódicos impresos, que fracasaron en parte por su incapacidad de continuar atrayendo la atención de sus lectores.  

Cabe mencionar que nuestra experiencia con los intermediarios es ambigua. Muchas personas se han percatado de que terminamos viviendo en cámaras de eco, y que estos agentes no sólo administran nuestra atención en nuestro beneficio, sino que también pueden procurar desviarla de “lo importante” cuando eso les procura ventajas. No se equivocan quienes denuncian esta contradicción de fondo -que la información es un bien público que suele estar en las caprichosas manos de intereses privados-, pero llevar esa lógica a sus últimas consecuencias suele conducir a la convicción de que se traman permanentes cortinas de humo, lo que implica tres efectos indeseables: primero, que perdemos incentivos para esforzarnos y recabar más datos que expliquen los hechos, pues todo se reduce a denunciar las teatralizaciones que monta el poder; luego, que podemos caer en la ingenuidad de pensar que si la verdad se sabe, la sociedad actuará en consecuencia: hemos comprobado a la mala que exhibir los tejes y manejes del poder es una condición necesaria, pero no suficiente para que tenga lugar una activación colectiva; y finalmente, esa lógica nos repliega a un infértil terreno del nihilismo y daña el precario equilibrio que sostiene a una democracia: como escribió Peter Dahlgreen, hay un nivel óptimo de desconfianza, una medida en la que somos escépticos y ponemos límites y controles a los políticos, pero no somos tan desconfiados como para convertirnos en ciudadanos antipolíticos.

Los regímenes y las economías de la atención, por otra parte, han hecho buen maridaje con gobiernos basados en la percepción, donde las emociones llegan a importar más que los hechos. Es el escenario para la posverdad, esa palabra que aunque describe una realidad conocida por los antigüos, ascendió al poder el año pasado, junto con Trump. Christian Salmon ha logrado desglosar este momentum con dos observaciones sugerentes: por una parte, haciendo notar que se ha propagado un tipo de político farandulizado, que se presenta cada vez menos como una figura de autoridad -alguien a quién obedecer- y se vuelve más algo que consumir; por otro lado, que vivimos un tipo de experiencia -a la que llama política espectral- en que la realidad pública está hecha de imágenes e impresiones por encima de debates, de acciones y consensos.

Las economías de la atención y los gobiernos de la percepción pueden encajarse como fenómenos propios de las democracias oculares: nos relacionarnos con nuestros regímenes a la manera de espectadores, al punto que, como señala Jeffrey Edward Green, dejamos de ubicar el poder en la voz del pueblo, para que ahora recaiga en la mirada expectante del ciudadano, quien observa -es la premisa de la transparencia- para dejar de discutir.


Estas son las razones que me llevan a creer que ni una sola de las personas a las que está dirigido este artículo llegará a este punto del texto sin interrupciones. Como vimos, tenemos una atención dispersa e intermediarios interesados en que así sea; enfrentamos las distracciones de los nuevos formatos, y ante el vértigo de la sobreinformación, además, pocos plantean el decrecimiento. En su lugar, como apunta el comité invisible, se acondicionan zonas libres de wi-fi, donde habrá que pagar para garantizarnos un fin de semana off-line. Porque siempre hay quienes nos entienden, y en respuesta, nos tratan como lo que somos: adictos que no pueden sobrevivir diez minutos sin la recompensa emocional de disgregar su atención. Seres intermitentes que no pueden detener un momento su eterna persecución de luces brillantes.

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  • Lydia Alarcón

    Muy buen análisis (y mientras lo leía, miré 4 veces el celular, revisé 3 correos electrónicos, me reí de 4 memes en facebook, vi una nueva versión del meme de shooting stars , mientras contestaba un mensaje de Whatsapp de mi madre)

  • Jose Manuel Aleman Falcon

    No yo no me distraje con el celular, pero si tuve que interrumpir un par de veces porque es un texto algo largo pero muy bueno. Me gustaría poder escribir así.

    Sin embargo, yo no creo que la información deba considerarse un bien público. En los hechos, la buena información no es ni abundante ni libre. Hay que tener buena formación, educación y verdaderas intenciones de informarse y no solo transitar por la vida, recibiendo pasivamente retazos de conocmiento de una y otra fuente y sin un propósito en específico. Todo ello implica un costo y por ende hay que dedicar recursos para conseguir lo que queremos. Creandose en ello una economía de la información. Ateniendonos a la definisión clásica de la economía, esta describe la asignación de recursos escasos para múltiples fines. De modo que nuestros recursos limitados deben alcanzar para allegarnos la buena información.

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