Sobre las amistades posibles a cinco años del 132

Hace cinco años el terrible se escondió en el baño de la universidad privada. El terrible, pero pequeño al lado de lo que tiene detrás, encima, debajo. ¿Dónde nos hemos parado nosotras en todo este tiempo? ¿Cuáles caminos hemos recorrido y cómo? Leo textos de mis amigos celebrando #YoSoy132 como un parteaguas generacional, como un encuentro con aliados que cinco años después nos acompañan. No quiero arruinar la celebración de las amistades, pero es urgente manifestarme sobre una falla crucial que perpetuamos incluso como amigos pasados o posibles.

Como universitario, hace cinco años vi los ánimos colectivos moverse de un lugar a otro con rapidez: vi cómo nació un movimiento a partir de muchos otros, de causas y de personajes que me parecían admirables. Me hice amigo de feministas, de ambientalistas, de anarquistas y también de reformistas. Pensé que la articulación no sólo era posible sino inminente. Y sí: hubo momentos en que la articulación sucedió, y aprendí a darle lugar y valor a las colectividades del instante.

Pero también, con el paso del tiempo, vi cómo nos diluimos e inclusive ahora veo cómo nos hemos dado la espalda. Está claro que la marea sube y baja: que un movimiento social tiene momentos distintos para procederes distintos. Pero eso difiere con lo que quiero señalar. Si bien yo mismo he dicho que debemos aprender a caminar separados (sin darnos la espalda), parece que no hemos aprendido bien a bien cómo caminar juntos. En unos u otros colectivos he presenciado un elitismo que rebasa la exclusividad sana que cualquier grupo autoorganizado se merece: un elitismo que llega a repudiar lazos amistosos pasados o posibles, muchas veces por una complaciente y comodina falta de autocrítica.

Es cierto que no podemos luchar todas las luchas. Es necesario y astuto escoger nuestras batallas, y es moralista exigirle a los demás que asuman también lo que nosotros decidimos. El tiempo y las fuerzas que tenemos son limitados, y buscar otras formas de vivir es una cuestión de deseo independiente de cualquier supuesto deber. Pero en este México cada vez más cruel, es triste y desalentador que ignoremos (como solemos hacer) los llamamientos que otras nos hacen a acompañarlas. Un problema grave en nuestros movimientos y colectivos es que a veces sólo nos acordamos del otro cuando lo necesitamos más, o cuando ya es demasiado tarde.

Pienso en la manifestación en Guadalajara por el asesinato de la periodista Miroslava Breach. ¿Cuántas feministas estuvieron ahí? O ¿cuántos periodistas siquiera presenciaron la manifestación afuera de la rectoría UdG por el feminicidio de Lesvy Berlín en la UNAM? ¿Cuántas acompañamos a las madres de desaparecidos en Jalisco cuando nos convocan en el espacio común? Cada uno de nosotros ha llamado a otros a articularnos, pero ¿cuántas veces hemos acudido al llamado de otros para amistarnos?

El 10 de mayo asesinaron a Miriam Rodríguez, del Colectivo de Desaparecidos de San Fernando, en su propia casa. Miriam, que sufrió la desaparición de su hija Karen Alejandra, logró encontrarla hace años en una fosa clandestina. Pero no se detuvo ahí, sino que continuó acompañando a otras madres y familiares de desaparecidos en Tamaulipas.

Pienso también en Gerardo Corona Piceno, asesinado, amenazado por buscar a su hermano Alvaro, víctima de desaparición forzada desde el 2012. Pienso en Marisela Escobedo, asesinada por buscar justicia en el feminicidio de su hija Rubí. Pienso en la Narvarte, en Rubén Espinosa, Nadia Vera, Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín, Alejandra Negrete. En Alessa Flores, activista trans y trabajadora sexual. En el periodista Nolberto Herrera, homosexual para cuyo asesinato el “crimen pasional” llegó a ser la principal línea de investigación.

No pretendo hacer un recuento, pero creo que necesitamos un recuerdo: uno que alumbre y relumbre en un instante de peligro, uno que nos encienda. Porque, como diría Antígona González, hace falta

Contarlos a todos.

Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría ser el mío.

El cuerpo de uno de los míos.

Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos.

¿No podemos ver que las violencias intersectantes nos atacan por todos lados? No, no hay un plan secreto ni una conspiración contra nosotras: no necesita haberlos. Pero así como ellos disparan por todos los frentes, nosotras hemos de ser tácticas y cerrar filas: articular defensas en medio de la guerra. Defensas hechas también de cuidados, que empiecen por no darnos la espalda y por dejar de chingarnos entre nosotros. Porque habrá trincheras que al ocuparlas tengamos que compartir: las flores feministas con los antimonumentos… Las pintas en las universidades diciendo que la piedra no puede seguir intacta porque nuestras vidas no lo están.

Hace cinco años muchos saltamos a buscar otras maneras de vivir; otras refrendamos esa búsqueda. Hoy queda manifiesto que para vivir de otra manera hay que seguir vivas. No les demos el gusto de quitarnos eso. Rexistamos.

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