Ideas para repensarnos después del asesinato de Javier Valdez

La sociedad inhallable

Cuando asesinan a un periodista en México, duele mucho. El coraje y la tristeza atenazan el corazón. Luego, sobreviene la indignación. Calculamos que se convertirá en otra historia de impunidad. No, no, ¡no! Nos negamos a aceptarlo. Sabemos que hay que presionar a las autoridades para que se comporten como tales, aunque sea por una vez. Salimos a las calles, pero nos descubrimos prácticamente solos, rodeados si acaso por algunas decenas de personas. La mitad de los reporteros que se presentan, además, lo hacen para cubrir el evento.

Lo que ofusca en esos casos no es que la concurrencia sea discreta, sino que no se corresponda ni remotamente con el agravio. Entonces se despliega en nuestro pecho -por encima de la tristeza, la ira y la indignación- una desolación sin paredes.

“¿En dónde está la sociedad cuando matan a sus periodistas?”.

En estos días he leído o escuchado distintas versiones de ese pasmo: parece que a México no le importara el asesinato de sus comunicadores. Existe la impresión de que estamos frente a una  sociedad inhallable, que no reacciona ante lo intolerable, que no sale a reclamar por la vida de sus periodistas. El problema, sin embargo, no es que las mayorías no hayan salido a defender a los periodistas. El asunto de fondo es que tampoco reaccionaron masivamente para defender a los maestros, ni a los militares, ni han levantado la voz de manera contundente por los sacerdotes asesinados (México es el lugar más peligroso en América Latina para el ejercicio de su ministerio), ni ante los ochenta y dos alcaldes ultimados sólo entre 2007 y 2014 -ya no digamos por los más de treinta mil desaparecidos y más de ciento cincuentamil muertos en poco más de una década-. Lo que enfrentamos en realidad es una colectividad replegada sobre sí misma, colmada de heridas, aturdida, en la que cada cual está demasiado ocupado librando sus propias batallas. Esta crisis es de espectro completo, omnilateral; en ese contexto, no parece quedar tiempo ni espacio para hacernos cargo de las dificultades de los demás.

Reconozco que no tengo los elementos para describir la combinación de circunstancias favorables que podrán sacarnos del ensimismamiento y la parálisis que define la coyuntura. En cualquier caso, para reconstruir condiciones de confianza y solidaridad, creo que necesitamos reaprender a dar parte de nuestro tiempo a los otros. A la familia, a los amigos, a los colegas, a los vecinos, a los extranjeros. Ofrendar una fracción de tiempo a la asamblea, a la reunión organizativa, a mejorar lo cercano, es algo que puede hacer cualquiera, pero que muy pocos están haciendo.

Dobles agentes/recordadores

A los periodistas nos agrada creer que contribuimos al bienestar de la sociedad de facto. Sin embargo, la mayoría somos dobles agentes. Podemos ser soldados de la verdad en una nota y en la siguiente servir a los más variados intereses del medio u organización para los que trabajamos. Ese doblez se considera parte de los gajes del oficio: hay que sacar la papa. Y es cierto. Pero aceptando lo anterior, resulta chocante romantizar la profesión y negarnos a ver nuestro papel en un largo proceso comunicativo y mediático que no siempre tiene efectos positivos para la colectividad.

Esto ocurre como resultado de una contradicción central de nuestras democracias: la información es un bien público, pero está en manos de intereses privados, que en última instancia, deciden discrecionalmente qué, cuando y cómo se divulgará dicha información. Quienes le dieron carta de naturaleza a este diagnóstico -apoyados en un importante grupo de periodistas que llevaban décadas señalándolo- fueron los jóvenes de #YoSoy132, quienes hartos del duopolio informativo, de sus manipulaciones, de sus silencios cómplices, gritaron: ¡No seremos ingenuos nunca más! Lo que vemos es lo que quieren que veamos. Buscaremos por nuestra cuenta la verdad. De ese modo, en 2012 se erigieron las bases de un quinto poder en México, que en palabras de Ignacio Ramonet, tiene como función denunciar el superpoder de algunos grandes grupos mediáticos que, en determinadas circustancias, no sólo no defienden a los ciudadanos, sino que actúan en su contra, como ocurre en un buen número de países”.

El sueño de los jóvenes de 2012 era la creación de condiciones para transitar a un sistema de medios de comunicación democratizado, en el que medios privados, públicos y sociales coexistan en condiciones de igualdad. Ese no es un anhelo pequeño: contar con canales de radio y televisión públicos e independientes puede contribuir a superar la doble agencia a la que tendemos en el esquema actual, en el que sólo trabajando en medios privados podemos sobrevivir meridianamente. La digitalización, por otro lado, facilita la oportunidad histórica para que podamos conformar esos espacios en que el periodista sólo deba preocuparse por la verdad, y no me refiero a la verdad que se inscribe con letras góticas, sino a la certeza de los hechos.

Si una parte del trabajo periodístico consiste en el esfuerzo por buscar las verdades y contárselas a la sociedad, otra porción estriba en evitar que las olvide. En ese sentido, los periodistas no sólo son buscadores, sino también recordadores. La paradoja actual del gremio es que lo que necesita recordarle urgentemente a la sociedad es la importancia mayúscula que tienen sus comunicadores.

Hay que salir al encuentro con la sociedad. Escribirle a ella antes que al incorregible poder. Recordarle lo importante para que nos recuerde importantes. Acompañarla para que nos acompañe.

Es cuestión de vida o muerte.

Hay que aprender a parar

En el punto climático de la narración, Fabrizio del Dongo, el personaje principal de La Cartuja de Parma, se encuentra luchando en Waterloo, sin saber si se trata de una batalla importante o si está en una refriega menor, e ignora si su bando va ganando o perdiendo la contienda. Asaltado por los vientos cruzados del acontecimiento, no puede mantener una distancia crítica que le permita emitir un juicio certero sobre el momento que le está tocando vivir.

Al igual que Fabrizio, los periodistas casi no tienen tiempo para detenerse y preguntar: ¿Vamos ganando o perdiendo? ¿Estamos librando una reyerta secundaria o se está escribiendo La Historia en mayúsculas? Si acaso en sus entretiempos se internan en esos berenjenales, pronto deben acometer la siguiente ola de noticias, pues además del agobio de la rutina informativa, deben sortear la aceleración provocada por la irrupción de las nuevas tecnologías.

El día del asesinato del periodista Javier Valdez, un importante grupo de medios -sobre todo digitales- articularon una protesta, y al día siguiente sólo publicaron notas, relatos y textos relacionados con la vida y la obra de Javier. Era un llamado a parar, a suspender el movimiento de la rueda para que el asesinato de un compañero tan querido no fuera banalizado y se escurriera como una noticia más entre las noticias.

Es mucho más fácil interrumpir el trabajo en una redacción digital que en una imprenta, me pueden responder, pero no se trata de eso. Estos párrafos quieren hablar sobre el potencial que tiene detenernos. Porque el periodista necesita actuar para que cesen los asesinatos contra el gremio, pero paradójicamente, la acción más efectiva que puede emprender no consiste en producir más, sino en detenerse. Puede que al enterarnos del asesinato de un colega nos dejemos invadir por la indignación y sintamos el deseo de renovar compromisos con el oficio, arremetiendo ese día con más notas, con más denuncias…y contribuyendo así a la sobreabundancia informativa en la que un periodista asesinado es un suceso deplorable entre muchos otros eventos desoladores.

Admito que un periodista puede considerar que parar por una jornada es inviable por razones económicas, cuando vive al día. Es difícil que un fotorreportero que tiene una familia a su cargo este dispuesto a renunciar a su ingreso cuando de ello depende que se sirva comida en su casa. La gravedad de las agresiones contra el gremio, sin embargo, plantea otro dilema: si un periodista puede ser asesinado por el sólo hecho de ejercer su oficio, y no aprendemos a solidarizarnos y a defendernos, cualquiera puede ser el siguiente…y ese nunca más llevará el pan a la mesa de su casa. Por otro lado, tampoco es necesario perder el día: tal como se hizo en el caso de Javier, se publicaron muchas notas, pero vinculadas a su vida, su obra y a la exigencia de justicia por su asesinato.

Al hacer nota tras nota, no necesariamente aportamos sentido a los hechos
Detenerse es una idea contraintuitiva en el mundo que vivimos, donde todo transcurre de un modo acelerado y parar nos parece sinónimo de quedar fuera de lugar. Sin embargo, hay que considerar que la innovación nunca es resultado de actuar velozmente, sino que se debe a la inmersión contemplativa en los problemas que nos rodean, en profundizar en ellos. Al hacer nota tras nota, no necesariamente aportamos sentido a los hechos; por el contrario, optar por escudriñarlos, desmadejar las pistas y plantear preguntas creativas es el corazón del periodismo de investigación, que siendo una de las vertientes que más engrandecen el oficio, requiere una prolongada concentración y periodos largos de tiempo para lograrse. Hacer un alto contribuye a mejorar la calidad periodismo porque permite pulir las palabras y refinar las ideas antes de llevarlas al papel.

Detenerse es una forma de reclamar justicia que nos reporta tres ventajas: da espacio al pensamiento reflexivo, distanciado, para mirar la actualidad en perspectiva; crea un silencio alrededor del griterío cotidiano para que lo verdaderamente importante pueda dimensionarse en su justa medida; y permite reapropiarnos del tiempo, que es hoy pura dispersión, de modo que alternando acción e inacción, seamos nosotr@s quienes le demos sentido a los acontecimientos, en lugar de ser los damnificados de su aluvión.

Hace falta robar una rebanada al día para tomar un café con nuestra época.

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