François Hollande: Inteligencia y política

“¿Qué es la genialidad? Es fantasía, intuición, decisión y velocidad de ejecución.”

Habitación para Cuatro, 1975

La inteligencia es la capacidad de comprender el entorno en el que vivimos y adaptarnos a él. Leer la realidad y encontrar las mejores soluciones para cuidarnos y lograr nuestros objetivos. Si quieren una lección ejemplar de qué significa esta palabra dirijan su mirada hacia Francia y observen con atención la reciente campaña electoral.

En primer lugar fíjense en el contexto: un país frustrado por los efectos de la crisis económica y social; que ya no se percibe como la gran potencia europea ni mundial que hace tiempo fue; y que se siente cada vez más débil frente a la violencia de los ataques terroristas.

Si en el fútbol los primeros en pagar por una crisis son los entrenadores, en las democracias los culpables de lo que no funciona son los gobernantes, los políticos. En Francia el principal fue el Presidente de la República, François Hollande.

Su llegada al Elíseo, en 2012, respondía al deseo de normalidad del pueblo francés, después de 5 años marcados por la soberbia y arrogancia de Nicolas Sarkozy (alguien, sin temor a exagerar, habló de él como un presidente naco, por sus posturas, acciones y modales). Pero la sucesión de los acontecimientos hizo terminar muy pronto la luna de miel entre Hollande y los franceses, quienes, sintiéndose cada vez menos protegidos, empezaron a expresar su deseo de ver a alguien nuevo, más fuerte y carismático en la guía del país.

En este escenario, muchos políticos se hubieran aferrado a la idea de defender su prestigio personal y su cargo. Hollande no. A finales de 2016, consciente del muy bajo nivel de aprobación de su gobierno, anunció que no iba a competir para renovar su mandato, una novedad absoluta en la historia de la Quinta República Francesa.

Todos, al mirar su mensaje a la nación el primero de diciembre, pensaron en un presidente derrotado, que en ese preciso momento estaba abdicando. Casi nadie entendió que Hollande ya estaba preparando la batalla siguiente y generando las condiciones para salir una vez más como ganador.

La inteligencia de Hollande no se vio tanto en el hecho de renunciar a la candidatura, sino en su capacidad de tejer y ayudar al crecimiento de un proyecto político ganador.

El presidente, por ejemplo, entendió uno de los principios clásicos de la política francesa: que la lucha por el gobierno de ese país es como un péndulo, y que después de 5 años en el gobierno, se orientaría hacia algo distinto. Entendió que debía hacer algo para que el pendulo no se dirigiera hacia la derecha de los republicanos.

Hollande sabía que la imagen de su partido estaba desprestigiada después de los últimos años de gobierno, pero que tampoco la oposición conservadora gozaba de buena salud frente a la opinión pública. Supo leer lo que había sucedido en Estados Unidos en el mes de noviembre; entendió que si hoy representas la continuidad del status quo y del establishment, estás destinado al fracaso. Y fue a partir de estas consideraciones que tuvo la intuición de construir el movimiento político En Marche! alrededor de la figura de Emmanuel Macron.

Piénsenlo bien: si Macron hubiese sido el candidato socialista hubiera cargado con todos los negativos del gobierno y del PSF, y probablemente no hubiera llegado ni siquiera a la segunda vuelta. Por eso era necesario crear una ruptura: pongan atención a los tiempos. Macron creó su movimiento político en abril y salió del gabinete en noviembre. No fue al revés. Esto le permitió blindarse de la idea de que él representaba la continuidad con Hollande. Y presentarse como algo nuevo, un aire fresco para la política del país.

Pero la genialidad de Hollande no se limitó a esto. Faltaban otros pasos indispensables. En primer lugar vaciar, aniquilar su mismo partido. Dejar que siguiera existiendo para que se hiciera cargo de los negativos de su presidencia y dejar a Macron exento de ataques. Favorecer una candidatura “radical” al interior del mismo PSF, para que definitivamente este no fuera una opción para los electores. Alimentar, con una estrategia por goteo, la idea del crecimiento de En Marche! por efecto de la salida de figuras importantes (y poco o para nada desprestigiadas) del Partido Socialista hacia el movimiento de Macron.

A mediados de enero quedaba abierto otro frente. Las encuestas daban todavía ventaja a François Fillon y a los Republicanos. Era necesario contener esta posibilidad y, como suele suceder en la política francesa (y no solo de este país), un escándalo mediático tuvo un rol decisivo en alterar el equilibrio. La revelación sobre los pagos percibidos por la esposa de Fillon en el Parlamento Europeo, sin que ella trabajara ahí (a la que sumaron cada vez más detalles sobre los regalos recibidos por ella y por pagos recibidos por sus hijos), destruyó la mayor fortaleza del candidato conservador, es decir, su integridad y respeto de las formas. Un político del siglo pasado solía decir que al pensar mal se comete un pecado, pero también es probable que se le atine a la verdad. Y las fechas de las acusaciones a Fillon hacen reflexionar: los ataques llegaron cuando su candidatura ya había sido definida y para cuando su partido no tenía ya la posibilidad legal de dar marcha atrás.

Para ganar, Macron y Hollande se debían comportar como dos desconocidos.
Hackeado Fillon, era relativamente fácil convertir la elección en una batalla para impedir la llegada de Le Pen y de la extrema izquierda a la presidencia. Pero todavía existía otro problema a resolver: el legado de Hollande. Y de nuevo la solución adoptada dio prueba de la inteligencia del presidente saliente. Para ganar, Macron y Hollande se debían comportar como dos desconocidos. Si el segundo hubiese dicho algo relacionado con la campaña, Le Pen hubiera tenido argumentos fáciles para atacar al primero. Y si el primero hubiera intentado decir algo sobre el gobierno anterior (ya fuera bueno o malo) de cualquier manera se hubiera expuesto a críticas. El gran mérito de Hollande fue entender que, para ganar, él no debía ser un tema de la controversia electoral. Así fue, y Macron pudo representar la novedad que quitaba el control del péndulo de la historia de las manos de la derecha.

En ese momento fue suficiente administrar todo lo negativo que Marine Le Pen representa. Aguantar la remontada de Francia Insumisa en la primera vuelta y convertir la segunda en una guerra de civilización entre el país presentable de Macron y la “derecha impresentable” de Le Pen.

Seamos honestos: la victoria de Macron es la victoria de Hollande. El presidente saliente demostró, dentro de la mediocridad de la política francesa, que fue el único actor capaz de leer estratégica e inteligentemente el contexto de su propio país

La creación “en laboratorio” de En Marche! fue la demostración de la genialidad de Hollande, que dio prueba así de estar a la altura de otra vaca sagrada de la política francesa, el autor de los principales logros del Partido Socialista en los años ‘80. Su tocayo François Mitterrand. Chapeau.

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