Comentarios de un votante francés

Hace poco un amigo mexicano me preguntó qué pensaba sobre la elección de Emmanuel Macron como nuevo presidente de Francia. Siendo yo francés, él esperaba que dijera algo positivo, haciendo eco a la tendencia que impera en la opinión internacional. Debido a que la extrema derecha representada por Marine Le Pen no ganó, para muchos resulta natural sentir una ola de tranquilidad. Los escalofríos provocados por su posible victoria se han desvanecido. No pensamos más en su plan de sacar a Francia de la Unión Europea ni de lo que hubiera significado una recomposición del paisaje económico sin la zona Euro.

Tampoco tuvimos que llorar por ver llegar a un nuevo —en este caso, nueva— “Donald Trump” en la escena internacional o por ver cómo destrozaban el prestigio de Francia como país de la libertad y los derechos humanos. Claro, viéndolo así, el resultado de las elecciones es algo reconfortante. Entonces, ¿por qué me sentí tan mal al seguir los resultados en la televisión? ¿Por qué llegué a mencionarle a este amigo que, por primera vez, me pasó por la mente votar por la extrema derecha?

Después de 5 años de un François Hollande vacilante y de la política poco laica del Primer Ministro Emanuel Valls, sabíamos que estas elecciones serían complicadas. Sentíamos que el pueblo francés estaba ansioso de cambios profundos y que la ausencia de un competidor realmente factible llevaría a una primera vuelta electoral dividida. Y sí, eso pasó:

24,01% por Emmanuel Macron, con un partido centrista, nuevo, creado en 2016.

21,3% por Marine LE PEN de extrema derecha;

20,01% por François FILLON de derecha;

y 19,58% por Jean-Luc MÉLENCHON, también con un partido nuevo, representando una nueva izquierda.

A grandes rasgos, un país dividido en 4, por no decir 5, considerando a los que no votaron (o votaron blanco). Por primera vez, Francia se encontraba ante el dilema de que sus dos únicas alternativas electorales no representaban a la mayoría del electorado. ¡El malestar empezó aquí! Al encontrarnos forzados a elegir entre dos opciones nos estábamos olvidando de la opinión real de casi la mitad de los franceses. Teníamos que elegir entonces, en una segunda vuelta,  entre una Marine Le Pen, radical anti-sistema, y un Emmanuel Macron que, a pesar de representar la novedad, se hallaba vinculado al banco Rothschild —del que fue socio-gerente—, a Hollande —quien lo impulsó al Elíseo—, y que además, durante los últimos años, había tenido pésimos resultados como ministro de la economía.

En este contexto, había que pensar cuáles podrían ser los “cambios profundos” y ver la situación con algo de ironía. Llegó entonces el momento de la segunda vuelta y de tomar una decisión importante ¿qué hacer con el voto?

¿Cómo iba a votar? Por un lado, sentía con ganas de cambios, pero como muchos, no quería sentirme desilusionado de nuevo por otro de esos actores de primera que te venden la promesa de un futuro nuevo cuando, en realidad, son parte de lo mismo y ofrecen lo mismo. Todo termina con las fallas de siempre.

Por otra parte, Marine ¿Y si la extrema derecha que representa es tan radical como la de su padre? En lo personal, no lo sentía así. No la vinculo al mismo peligro, pero tampoco la veo con la experiencia política necesaria para dirigir el país. Entonces, ¿qué?

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Sí llegué a pensar, como lo dije a mi amigo: “Votaré por Marine”. Sentí que sería esta mi forma radical de denunciar la falta de recursos nuevos en la política francesa. Me tranquilizaba pensar que, en el peor de los casos, con nuestra constitución, si una vez elegida creaba un desastre nacional, en el corto plazo Francia pediría nuevas elecciones. Fue entonces cuando recordé a mi tío contándome la historia sobre la tranquila llegada al poder de un tal Hitler…

Sin embargo, había una tercera opción: el voto blanco, un equivalente al voto nulo que si bien, al día de hoy no tiene valor para el sistema electoral francés, sí representaba la oportunidad de asentarlo como precedente para que en elecciones futuras sí lo hiciera.

Finalmente tomé mi decisión: votaría blanco aunque que este voto no fuera reconocido. Formaría parte de este fenómeno nacional, esperando que en las elecciones de 2022, por fin nos fuera dado ese derecho constitucional de mandar a todos los candidatos que no nos representan a la chingada.

Y, de cierta forma, eso pasó. El resultado del segundo turno fue claro: Macron fue elegido presidente de Francia con un 66% de votos. Pero, lo que más importó para mí y para muchos, fue que éste 66% equivalía, en realidad,  al 60% considerando los votos blancos y al 43,6% considerando los blancos y los que no votaron.

En este caso hipotético, si mi voto y el de los abstencionistas —que no fueron a votar por este mismo rencor hacia la política— hubiesen contados, Macron no hubiese llegado al poder. Y eso, de cierto modo, eso me reconforta.

Hoy sólo nos falta esperar las próximas elecciones legislativas y tener fe en que un nuevo gobierno más joven y con menos inclinación hacia un sistema rancio, nos impulse o, como decimos en francés, “nous tire vers le haut”.

 

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