Los errores trascendentales de la bandera de México

Hay errores evidentes y hay otros que por oscuros resultan poco más que artísticos. Si errar es de humanos, deberíamos considerar el arte como un evento del error. Casualidad o suerte, un trazo impensado puede mejorar el cuadro. Sin embargo, hay dos consecuencias del error que se contraponen: lo sublime y lo trágico. En esta ambivalencia suprema, los mexicanos celebramos el Día de la Bandera.

Todos los errores que posee nuestro lábaro patrio han hecho de este símbolo una pieza de arte exquisita. En nuestro país, se ha dicho innumerables veces,  se vive una tragicomedia que quizá tiene su justificación en el escudo nacional. La bandera de México posee una serie de elementos sujetos a la interpretación que, sin no fuera lo que es, se consideraría algo más que una verdadera obra artística cuya composición agotaría todo los recursos de la hermenéutica. Quien se oponga a la idea de que una bandera no representa un país, en el caso mexicano se equivoca. Los mexicanos creamos un símbolo de nuestra ideología y creamos una identidad en torno de él. Como ya señalé, una identidad trágica y sublime como el águila devorando la serpiente sobre unas hojas de laurel, que ahora resulta son falsas.

No me comprometeré en este artículo a debatir el valioso señalamiento que hicieron las académicas mexicanas (del departamento de biología de la UAM) a través de un puntilloso estudio titulado “La flora del escudo nacional mexicano”. En donde se comprobaba que, en efecto, las hojas de laurel pintadas en el escudo nacional no se parecen en nada a las hojas de la planta Laurus Nobilis.


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Mutilación científica y prótesis estética, las hojas de laurel de la bandera, a partir del 24 de febrero, día celebratorio, han sido consideradas un error insoportable que ha pasado desapercibido como una viga en el ojo.

Para estas científicas lo peor de los artistas es que al imitar, lo que verdaderamente están haciendo es reinventar. Malditos todos aquellos que, en aras del arte, han decidido trastocar la naturaleza. Maldita la perspectiva pictórica de nuestro trasnochado romanticismo, que durante el siglo XIX envenenó la visión de nuestros pintores para recrear a su antojo la disposición de las hojas del benemérito laurel, el cual, dicho sea de paso, es una planta que refleja los valores más puros del pensamiento occidental que intentamos imitar.

La influencia romántica fue decisiva, ya que en 1823 fue creada una moneda de ocho reales a la que se le llamó el “Peso de Victoria” (el general Guadalupe Victoria ordenó su emisión). Estas monedas traen una rama de laurel con cuatro niveles, en cada uno de ellos las hojas están juntas (no hay ni ha habido en la naturaleza algo así). Este “error” fue retomado en el actual diseño de la bandera.

Estos deconstruidos laureles, a los que deberíamos llamar de ahora en adelante Laureles Nacionales, fueron inmortalizados bajo el concepto de la publicidad y la mercadotecnia. El presidente Gustavo Díaz Ordaz emitió un decreto para rediseñar el escudo con el fin de crear una imagen representativa de México durante las olimpiadas de 1968. El nuevo diseño se hizo, bajo el método de composición corporativo, con la intención de mostrar un símbolo nacional que se quedara grabado en la mente de quien lo apreciara.  El responsable de esta composición es el artista potosino Francisco Eppens Helguera.

Tal vez este sea el primer error de nuestra bandera, no de índole científica pero sí política: los mexicanos hemos sabido proyectar una buena imagen de lo que queremos ser, pero no de lo que somos en realidad.

Los resultados del estudio de las biólogas de la UAM me recordaron una consigna que durante el último aliento del siglo XX mexicano se tomó por causa. Muchos artistas y escritores clamaron, influenciados por el Feng Shui, que la la propuesta pictórica de nuestro lábaro patrio era un error fatal.

De entrada ¿cómo era posible que el símbolo de nuestra nación fuera la violencia? Eso no traería buenas vibras jamás. El águila devorando una serpiente no representaba más que esto, y hay que decirlo con todas su letras: el llamado de la violencia. Ahí el primer error trascendental de una bandera que, sin ningún orgullo nacional, ha sido denominada con cursilería como “una de las más hermosas del mundo”. ¿Quién la nombró así? Pues lo propios mexicanos, que somos campeones en hacer pasar por bello lo más ingrato.

Esta es una cuestión que viene muy a cuento. El Feng Shui es una doctrina de pensamiento oriental basada en los fundamentos de la metafísica china con el fin de atraer la energía del universo para mejor los espacios donde vivimos. Este pensamiento oriental se puso tan de moda en los años noventa, que hasta el propio Octavio Paz, uno de los intelectuales más altos de este país, tomaba muy bien a consideración.

Los propios intelectuales de aquellos años propusieron que se cambiara también otro infame error: que el águila no estuviera “viendo hacia atrás”, porque según el Feng Shui, esto representaba la parálisis total: “está impidiendo que su energía fluya naturalmente porque está viendo hacia el retroceso en lugar de avanzar hacia su curso natural”. Ah, pobres intelectuales tan ignorados.

Por supuesto no ha faltado a lo largo de la historia moderna del país, quienes se hayan visto afectados por las proporciones áureas del águila, que parada sobre un charquito de agua (impensable que sea el mítico lago del México), tenga la cabeza tan grande.

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