San Pablito, ruega por ellos

Tultepec es un pueblo de tragedias repetidas y Portuguez un alcalde cuyo comportamiento revela que en México los accidentes están menos emparentados con el destino, que con la negligencia y la corrupción de autoridades y coheteros.

Armando Portuguez, alcalde de Tultepec, ciudad a la que con orgullo llama Capital de la pirotecnia, no es un ave de mal agüero: en 2005, cuando gobernó por primera vez, ocurrió la peor explosión en la tradición artesanal de este pueblo que hace 200 años elabora fuegos pirotécnicos. Este año, en su segundo periodo, algo más que la mala suerte desató un estallido y el martes 20 de diciembre el mercado San Pablito, publicitado como “El más seguro de América Latina”, se convirtió en un infierno en el que murieron 39 personas y otras 60 resultaron heridas.

Portuguez, no es un ave que presagia la mala suerte: es un político y en México la política del Siglo XXI es un oficio representado por un doble sinónimo: negligencia y corrupción.

Un día después de que una apocalíptica nube gris cubriera el Valle de México, un reportero desequilibró con una pregunta certera la seguridad con que Portuguez evadía responsabilidades.

¿Cuando fue la última vez que la alcaldía llevó a cabo una inspección en el mercado?

¿Fue este año?-, preguntó Portuguez como si él no fuera el alcalde. Giró el cuello para mirar a un funcionario de la alcaldía y se pasó las yemas de los dedos por los labios.

Fue en septiembre—, murmuró el colaborador sentado en la mesa de cabildo al lado de su jefe.

Después de dos tragedias, ese día de diciembre Portuguez parecía más que un eficaz servidor público, un alcalde desinteresado y poco diestro en las medidas de seguridad indispensables no solo para mantener a salvo al mercado, sino este pueblo de 150 mil habitantes que vive de fabricar cohetes.

No bastó la primera catástrofe para sacarlo de su letargo, ni la segunda para al menos informarse antes de responder las preguntas de los periodistas. Si la información que le cuchicheó el colaborador era correcta, durante más de tres meses, justo en el periodo en el que inician las ventas más altas de fuegos de artificio, ni el alcalde ni el municipio ni otras autoridades superiores verificaron que en San Pablito todo transcurriera en condiciones de orden y seguridad. “La supervisión la encabeza la Secretaría de la Defensa Nacional”, agregó.

El Ejército no ha aclarado aún por qué no supervisó las actividades en San Pablito

El alcalde Portuguez le aventó la papa caliente al Ejército, en un país en el que las autoridades han convertido en un deporte nacional lanzarse unas a otras el incómodo paquete de las responsabilidades. Si lo dicho es cierto, el Ejército no ha aclarado aún por qué no supervisó las actividades en San Pablito en la época de mayor venta de fuegos pirotécnicos y el gobierno del Estado de México tampoco ha respondido por qué no garantizó la seguridad del mercado unas semanas antes del estallido.

De lo que sí reconoce estar medio enterado Portuguez, un hombre con un talante de cuervo triste, es de las violaciones a los reglamentos municipales en el mercado, denunciadas por algunos sobrevivientes de la explosión.

Una de las versiones es que el estallido ocurrió porque se derramó un producto no permitido que alguien vendía clandestinamente. Allí no se pueden meter bombas, ni cohetones, ni artefactos que no deba detonar cualquier persona —dijo el alcalde en medio de un bombardeo de preguntas de reporteros.

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A las 14:50 horas del martes 20 de diciembre de 2016, Araceli Vázquez volvía del sanitario cuando un estruendo la desorientó: perdió el camino hacia el puesto de cohetes familiar casi contiguo a donde empezaron a estallar los primeros cohetes. Medio aturdida intentó meterse entre la bola de fuego para rescatar a su hermanito, su sobrino y su madre. De no haber sido porque alguien la detuvo y la alejó del infierno, quizá no hubiera podido contarme su historia.

El video del gran hongo de fuego en el Valle de México, captado por un aficionado que transitaba en auto por el Circuito Mexiquense, deja muy pocas dudas y un altero de sospechas de que en el mercado se vendían de manera clandestina bombas y cohetones tan peligrosos como prohibidos.

En Zapotitlán, barrio de Tláhuac —donde crecí—, por tradición las mayordomías se organizan para hacer las fiestas de luces y música dos veces al año para honrar sus creencias religiosas. Durante años no me perdí el espectáculo: subía a las azoteas de casas cercanas a la iglesia del pueblo para ver los castillos de fuegos artificiales tan altos como el templo erigido tras la caída del imperio mexica. Desde ahí miré la silueta iluminada en una corona de ramas secas de Santo Cristo crucificado dando vueltas de cabeza antes de salir disparado por los aires mientras una banda musical estilo Sinaloa hacía sonar los trombones. Abajo, a los costados, la gente se emborrachaba y bailaba de brinquito.

En febrero y julio las bombas y los cohetones estallan y unas luces blancas y multicolores iluminan como el amanecer las noches negras de Tláhuac. Las señoras aplauden y algunas reposan las manos en la barbilla, como si rezaran. La ensordecedora exhibición todavía espanta a foráneos atraídos por la fama del festival o emociona hasta a nativos incrédulos del Señor. Lo mostrado en el video en Tultepec no tiene comparación: a ras de piso del mercado estruendos y más estruendos, como los bombardeos masivos contra Alepo, la ciudad de Siria en la actualidad más atacada del mundo por el ejército de Rusia y grupos rebeldes que se oponen al gobierno , calcinaron inocentes y dejaron heridos por la acumulación de pólvora, antes de que el cielo soleado de ese día de diciembre se iluminara y como en mi barrio al estallar los cohetes las luces se abrieran como gigantescos paraguas. Otras bombas detonaron en los aires y los cohetes se diseminaron como serpientes dejando estelas de humo a su paso. Artefactos como ruedas de fuego, palmeras, voladores y bombas pirotécnicas o carcasas que deben ser manipuladas por expertos no debían venderse en San Pablito, pero provocaron la peor tragedia en 200 años.

El hermanito, el sobrino que estaba de vacaciones, y la madre de Araceli Vázquez murieron calcinados por negligencia y corrupción.

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“Fue un tronido terrible y la lumbre casi abarcó hasta donde estábamos nosotros”
— Jorge Cervantes, locatario de San Pablito
Fueron los estallidos más brutales y mortales que se recuerden en este pueblo. 300 puestos desaparecieron. Miguel Urban, de 47 años, había salido ileso de dos explosiones en los últimos 11 años, pero la tarde del 20 de diciembre un tabique disparado como proyectil le fracturó el brazo, y otro las costillas. “Las explosiones continuaron cada tres segundos”, relató desde el hospital. Aún herido, con su madre de ochenta y tantos años buscó la salida, pero en la huida ella se cayó. Volvió para levantarla en medio de más explosiones, pero como no pudo hacerlo, se le echó encima para protegerla y por eso tiene quemaduras de tercer grado en la espalda.

El mercado estaba diseñado para que no sucediera una explosión en cadena, pero los pasillos le quedaron chicos a la sobreacumulación de pólvora. Racimos de gente despavorida huyeron hacía todas partes. A unos los perturbó la dimensión de la tragedia y caminaron como zombis en el baldío de cuatro hectáreas y media donde hasta el martes 20 de diciembre se erigió San Pablito.

Jorge Cervantes, propietario de dos puestos justo a la mitad del mercado, fue uno de ellos. Pudo salvarse a pesar de que en su locura por huir del mercado tomó el camino equivocado: iba en sentido a donde empezaron los bombazos. “Fue un tronido terrible y la lumbre casi abarcó hasta donde estábamos nosotros”.

Empezaron a correr como bestias. “Nos caíamos, nos levantábamos, chocábamos, corríamos al revés. No encontrábamos la salida y la gente seguía chocando y volvía a levantarse”, me cuenta este hombre de bigote estilo Tin Tan. Bastaron poco más de veinte minutos para que el lugar quedara devastado y los autos del estacionamiento calcinados. Don Jorge tiene 73 años de edad y 55 en el negocio, herencia del padre, quien a su vez aprendió el oficio del suyo. Tenía 10 empleados que por fortuna salieron ilesos. Perdió unos 400 mil pesos –alrededor de 20 mil dólares–, pero 39 personas no tuvieron la dicha de salvar lo más preciado: la vida. Para todas esas familias fue la peor Nochebuena.

En tres de los cuatro extremos del predio cercado con malla metálica hay avenidas abiertas a los autos para aislar a San Pablito. En el otro hay una empresa de repavimentaciones y terracerías en calles y caminos, un criadero de borregos y algunas casas que no alcanzaron a dañarse, pero sus habitantes creyeron que en cualquier momento la tierra se abriría y se los tragaría.

Frente a uno de los dos estacionamientos con que contaba el mercado hay una alquiladora de andamios. Ahí trabaja el vigilante Federico Figueroa, un ex profesor jubilado que no se queda quieto. Aunque los martes es su descanso, ese día trabajó; tuvo que reponer un día de permiso, porque la semana anterior fue con su mujer, ex profesora también, a recoger un bono anual que les otorga la SEP. Iba a calentar su comida cuando escuchó un ruido espantoso como si fuera el fin del mundo y sintió que las piernas se le aflojaron. Pedazos de fierro retorcidos llovieron sobre el techo de la nave. Como todos los días llevaba un casco de seguridad en su tarea cotidiana de carga y armado de andamios que le sirvió de protección y le permitió acercarse en el momento más duro de la lluvia de material incandescente.

San Pablito parecía un volcán en erupción.

Figueroa me dice que la tarde en que se consumía San Pablito se pasmó un segundo mientras en el predio de su patrón seguían lloviendo pedazos de fierro, cartones y piedras al rojo vivo. Su esposa completa el testimonio. “Corrió hacía la casita de madera donde están los perros que nos cuidan y sacó las cobijas de los animales, la sumergió en una pileta de agua y se atravesó en chinga”. Se encontró con la peor escena de su vida, aún cuando en los noventas al desbordarse un río en Huejutla, Hidalgo, él y su esposa, ambos con buenas habilidades para nadar, tuvieron que lanzarse para salvar personas atrapadas en la corriente. Ella rescató un niño que estaba siendo arrastrado y él a dos mujeres: una también era engullida por el río mientras la otra como podía se sostenía aterrorizada de la horqueta de un árbol.

La tarde del 20 de diciembre Federico se encontró en el mercado con gente despavorida. San Pablito parecía un volcán en erupción. Iba a acercarse hacía las lenguas de fuego cuando encontró a una vieja con su silla de ruedas llantas pa’rriba. La mujer hacía esfuerzos inútiles por levantarse y se quejaba de golpes en todo el cuerpo. Fue la primera persona a la que rescató. Todavía no empezaban a llenarse las calles de ruidos de sirenas de ambulancias. Con la cobija de los perros empapada intentó entrar al punto rojo de la tragedia, pero no fue necesario llegar hasta allá: niños y mujeres caminaban con la piel quemada en busca de la salvación.

Perdió la noción de a cuánta gente ayudó a sacar antes que los servicios de emergencia llegaran a lugar del siniestro. Ni si quiera tuvo tiempo de consultarlo con su patrón, pero se tomó la libertad de abrir el portón de la alquiladora para usarla como bodega para guardar las pocas cosas que algunos sobrevivientes del área de cocina rescataron de sus negocios: ollas, cazos, sillas y mesas.

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En la madrugada siguiente vi llegar, en medio de la niebla, a cinco mujeres tapadas con cobijas de cuadritos que se acercaron a la malla que impedía el paso al otro lado de San Pablito, donde la tierra aún humeaba. Una de ellas, con los ojos hinchados, se agarró de los cuadritos de la malla y clamó a un guardia: “¡Que alguien me ayude a encontrar a mi mamá!”. En la malla recargó la frente, todo el peso de su cuerpo y se echó a llorar.

Esa mujer era Araceli Vázquez, la mujer que salvó la vida de milagro cuando fue al baño en el momento de la explosión. Llevaba 21 horas buscando a su madre Armanda, a su hermano y su sobrino de hospital en hospital, en las morgues de la ciudad y del Estado de México, hasta que el vocho en el que se trasladaba no resistió más: una rótula la dejó tirada en su intento por encontrarlos vivos o muertos. Eran las 05:00 AM y las acompañantes de la mujer de los ojos hinchados se quejaron de que en varios hospitales ni siquiera fueron atendidas. “Los del Vicente Villada de plano nos corrieron”. En casos de desaparecidos he sido testigo de cómo en la búsqueda, son las mujeres las que luchan más incansable por encontrar a sus hijos, hermanos o padres.

Los guardias del mercado de cohetes no pudieron hacer nada por la familia de Araceli Vázquez. A partir de esa hora seguí su peregrinar para dar con los tres familiares desaparecidos. En el peor momento de su vida estaba sola, como los parientes de los fallecidos y heridos por la explosión.

A pesar de que México ha vivido desgracia tras desgracia y una escalada de homicidios, desapariciones forzadas y accidentes como los de San Pablito, ninguna autoridad está preparada para atender y ayudar a las víctimas, acercarles especialistas en psicología que las acompañen desde las primeras horas de incertidumbre, coordinarlas, ponerles transporte, teléfono, un enlace del gobierno con los hospitales y los servicios médicos forenses para que no anden desamparadas de aquí para allá, las ignoren en salas de urgencias o las llenen de números telefónicos para que de todos modos ignoren sus llamadas.

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Antes de las 12:00 horas del día siguiente, a la hora en que el sol empezaba a pegar con toda su fuerza, el gobernador Eruviel Ávila difundió por redes sociales un video desde el hospital Zumpango, uno de los que recibieron heridos. Apareció vestido como médico, con bata blanca, guantes y cubre bocas. Quiso lucirse como hace seis años cuando siendo candidato al Estado de México se metió en un hospital con algunos reporteros para firmar un documento en el que autorizó donar sus órganos en caso de fallecimiento.

El gobernador Eruviel Ávila apareció vestido como médico, quiso lucirse como hace seis años

Estoy supervisando personalmente que los pacientes que vivieron el lamentable accidente estén siendo bien atendidos. Estamos en instalaciones de primer mundo. Es importante que vean el equipo profesional que se tiene. Nuestro más sentido pésame a las familias”, dijo Ávila como si fuera candidato en campaña, mientras Araceli Vázquez y 15 familias más seguían sin tener noticias de sus desaparecidos en el mercado de cohetes. La mayoría, de escasos recursos, seguían buscándolos sin dinero para el transporte o la gasolina y sin minutos disponibles en el celular. Cuando hablaban a los hospitales, las autoridades médicas les colgaban el teléfono o les exigían presentarse personalmente aún cuando ya se habían presentado sin recibir atención.

Por el altavoz escuché parte de la conversación entre Areceli y una empleada del Hospital General de Juárez en la ciudad de México. Dio el nombre de sus familiares y pidió las características de los heridos que eran atendidos ahí.

Mejor véngase y tráigase su credencial de elector —dijo quitada de la pena la recepcionista en turno que recibió la llamada en el área de urgencias.

Señorita, no tengo credencial de elector, se quedó mi bolso en el lugar de la explosión y como pude yo salí corriendo —respondió entre sollozos.

Lo siento mucho, pero por teléfono no puedo darle informes; si quiere saber el nombre de los pacientes que reciben atención, debe presentarse personalmente con su credencial del INE o el pasaporte —insistió la recepcionista y colgó.

Araceli nunca ha tramitado el segundo documento. Al quedarse sin saldo, desde mi celular llamó al hospital general de Toluca y ocurrió lo mismo. En esa segunda llamada nos habíamos trasladado de San Pablito al centro de Tultepec, a unos dos kilómetros y medio. Ella iba a buscar ayuda municipal, pero lo más que le ofrecieron en ese momento fue ayuda funeraria para su mamá, su hermano y sobrino en caso de necesitarlo, pero los tres seguían sin aparecer. Ni rastro de ellos.

Mientras eso ocurría, las redes sociales estallaban contra el gobernador disfrazado de médico:

Ojalá hubieras supervisado el mercado antes de la explosión”.

Eruviel, usted no es doctor, debería estar ahí para reactivar los negocios y ayudar a las familias y no para lucirse en el hospital“.

En lugar de estar supervisando que se les esté atendiendo bien… (como si los médicos necesitáramos que nos supervisen)…. garantice los recursos y deje de estar contaminando el área” ¡DEMAGOGO!

Es una vergüenza que utilices esta tragedia para un video con un notorio espíritu de protagonismo y promoción personal. Tú eres responsable, en gran medida, de lo ocurrido”.

No era la primera vez que el gobernador intentaba sacar provecho de una tragedia para colocarse como tendencia nacional en las redes sociales. Venía de colgarse del tema de la fiesta de los XV años de Rubí, la primera fiesta en la que unos padres hicieron su invitación mediante un video que subieron a Facebook. Esta tenía como intensión divulgarla sólo entre miembros de la familia de la quinceañera y amigos, pero se hizo viral y terminó captando la atención de todo el país, incluyendo los medios nacionales, así como de la comunidad internacional. Eruviel se montó en el tema al ofrecer a Rubí un viaje con todo pagado a Valle de Bravo.

Por esos días, el 12 de diciembre —día de la Virgen de Guadalupe—, el Instituto Mexiquense de la Pirotecnia, dependencia estatal dirigida por Juan Ignacio Rodarte Cordero, calificó a San Pablito como “el mercado más seguro de Latinoamérica, con puestos perfectamente diseñados y con espacios suficientes para que no ocurra una conflagración en cadena”.

El Imepi recibió en 2016 el presupuesto más alto de los últimos tres años: 18 millones 266 mil pesos, de los cuales 13 millones 069 mil se fueron en “servicios personales”. El objetivo del Imepi consiste en “formular, controlar y vigilar las medidas de seguridad que se deben observar en las actividades de fabricación, uso, venta, transporte, almacenamiento y exhibición de los artículos pirotécnicos, así como coordinar y promover acciones de capacitación, especialización y asistencia técnica a los artesanos y comerciantes de artículos pirotécnicos”. Ni Juan Ignacio Rodarte, ni Fernando Zimbron, jefe de la Unidad de Información, ni ninguna autoridad del gobierno de Eruviel mostró documentación que respaldara la seguridad que se presumía en los discursos.

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La tarde en que Araceli Vázquez buscaba a sus tres familiares, un grupo de muchachos de entre 18 y veintitantos años había montado un centro de acopio en la explanada de la plaza municipal de Tultepec, a unos 2.5 kilómetros de donde ocurrió la explosión, y junto con periodistas que presionaron a Comunicación Social del gobierno mexiquense, así como a la Procuraduría local y Cruz Roja consiguieron las primeras listas oficiales de muertos y heridos.

Fue gracias a ellos que Araceli supo que Armanda, su madre, había fallecido y su cuerpo yacía en la morgue de Barrientos. No tuvo mucho tiempo para lamentarse, pues aún tenía que encontrar a su hermanito de 9 años y su sobrino de 15. “Los vamos a encontrar, no vamos a descansar”, la consoló en voz baja Omar Álvarez, uno de los voluntarios.

A los vecinos de Tultepec les estamos pidiendo que ayuden con agua, jabón, guantes, jeringas y víveres. Las familias de las víctimas se los agradecerán”, voceó un joven instalado, con micrófono y bocina, frente a la Concha Acústica donde suelen realizarse eventos culturales. El centro de información de contacto directo con las víctimas tampoco llegó de la ayuda gubernamental. Como ha ocurrido en el país de manera sistemática y cíclica en las peores tragedias: la matanza estudiantil del 68 en Tlatelolco, la cadena de explosiones del 84 en San Juanico, el terremoto del 85 que devastó la ciudad de México, las explosiones del 92 en los alcantarillados en la zona central de Guadalajara, fue la sociedad civil la que se organizó para brindar apoyo y acercar a los familiares a las listas de los hospitales y los nombres de cada uno de los heridos y los muertos.

Algunos psicólogos egresados de la UNAM llegaron de la ciudad de México para estar con las familias. “Venimos porque es en estos momentos en que la gente necesita ayuda y porque socialmente se sienta la base de otros valores”, dijo uno de ellos minutos antes de que tildaran las campanas de la catedral de Tultepec que llamaban a misa especial para los difuntos y heridos de la explosión.

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Al día siguiente de la tragedia, Portuguez salió de sus oficinas de la alcaldía vestido con un traje oscuro sin corbata y se metió escoltado como feligres en la iglesia de Nuestra señora de Loreto. Se sentó cerca del púlpito donde el obispo Guillermo Ortiz empezaría la misa para las víctimas y sus familias. Según el cura, fue el político quien lo buscó para la ceremonia religiosa.

Benito Juárez quiso desterrar la religión católica, escribió Héctor de Mauleón tan sólo unos días antes de la explosión en San Pablito, para que los mexicanos no gastaran su dinero tronando cohetes. No consiguió ninguna de las dos cosas y no existe un cálculo que indique cuántos cohetes fueron tronados anoche (la del 12 de diciembre) en honor a la Virgen de Guadalupe.

“Ellos (los difuntos), con su trabajo ayudaban a festejar nuestras creencias religiosas, pero ahora ya están en la mayor festividad, en la más grande; nosotros a trabajar en lo que sabemos hacer. La tradición de la pirotecnia no puede terminar”, ofició el sacerdote en la tierra del cohete.

Fue una misa multitudinaria en la que los feligreses no cupieron en el interior del templo. En el patio, cubierto por una gran lona de la que colgaban piñatas con picos y cajas de regalo envueltas en papel dorado y moños rojos, unas 300 personas escucharon el discurso del obispo a través de una bocina, pero la misa fue atropellada por la grabación de un merolico desde el alta voz de una combi destartalada. “¿Tiene verrugas, tiene acné, uñas enterradas, ojos de pescado, callos en las plantas de los pies?”. El sacerdote tuvo que elevar la voz para hacerse escuchar por encima de aquel vendedor callejero: “Ellos (los muertos y heridos) estaban cumpliendo con su deber, estaban haciendo el bien y el señor allí los llama a un sufrimiento que no buscaron”.

En la homilía, el obispo le puso el toque de las creencias religiosas a la tradición de tronar cohetes y la defendió a capa y espada. Los habitantes de Tultepec que honran a Nuestra señora de Loreto como los de Santiago y Santa Anna en Zapotitlán son tan sólo un ejemplo de cómo en el país los pueblos se desviven por sacar adelante las fiestas patronales. En mi barrio, como en Tultepec y en otros puntos de la República los mayordomos recorren las calles cada fin de semana —unos tres meses antes de los festejos—. Van de casa en casa pidiendo coperacha, que los diez, que los 20 pesos o de a como puedan dar hasta juntar 130 por familia cada seis meses para las festividades.

Los gastos son para grupos musicales, arreglos florales del templo, comidas y juegos pirotécnicos, principalmente. No es obligatorio, pero si te mueres y no cooperaste estás condenado a ser sepultado en cualquier otro panteón que no sea el de tu tierra. Es como un castigo impuesto para preservar la tradición. Aunque no era religioso, papá decía que había que cooperar, por lo que el día de su muerte, mamá sacó de una cajita de madera todos los comprobantes de cooperación emitidos por los mayordomos y hoy los restos de papá descansan en el panteón de Zapotitlán, junto a los de sus padres. Acá, a casi una hora del Zócalo de la capital, la gente aún no acostumbra la incineración.

Con la quema de castillos se abre en domingo una semana de fiestas y luces que concluirá ocho días después con la quema de toritos, un espectáculo visual incandescente.

En esta zona de Tláhuac vive un número importante de trabajadores de Teléfonos de México que gozan de un buen salario, prestaciones y reparto de utilidades. Muchos de ellos destinan buena parte de sus ahorros a las mayordomías para ganar la competencia de juegos pirotécnicos, otra tradición del barrio que se divide en dos secciones; cada presidencia de sección anhela hacer la quema más elaborada y deslumbrante. No hay jueces, pero cada una sabe reconocer cuando perdió. Con la quema de castillos se abre en domingo una semana de fiestas y luces que concluirá ocho días después con la quema de toritos, un espectáculo visual incandescente. De hecho, en el arco de recepción a Zapotitlán, zona lacustre por la que ahora corre la catastrófica Línea 12 del Metro que Marcelo Ebrard nos heredó, una escultura de bronce muestra a un hombre cargando un toro: ese es, con orgullo, el símbolo del pueblo.

Aunque pueblos aledaños —desde el oriente y sur de la Ciudad de México hasta conectarse con Xochimilco y Milpa Alta, colindantes con Morelos o Estado de México— llevan una tradición similar, es aquí donde la quema de castillos y toros genera la mayor expectación. En la adolescencia, yo solía ir a la quema de toros en plan de desmadre. Nunca cargué uno, pero lo toreé varias veces, era más divertido. La corrida consiste en lo siguiente: una persona, casi siempre hombre, se mete debajo de una bestia de cartón con cabeza y cuernos semejantes a los de lidia, pero en vez de sangre caliente por su cuerpo corre un bastidor de cohetes atiborrados con pólvora comprimida que produce chorros de fuego desorientados. Una vez que se enciende la mecha, el toro se transforma en una bestia que embiste hacia todas partes y comienza la persecución de toreros aficionados por toda la explanada de la iglesia mientras las bandas musicales, protegidas por mallas de gallinero, abren casi siempre con bramidos de trombones y empiezan a cantar: “Que salga el toro/brrrrrrrrr/Que salga el toro/brrrrrrrrrr/Que lo que yo quiero es cornear/brrrrrrrrrr/Que salga el toro/Ahí viene el toro”. Y es la hora de correr. Mientras tocan sus instrumentos, los integrantes musicales se divierten como niños desde la mejor zona para atestiguar el espectáculo y ver caer a los heridos.

A ras de piso, nomás ves como los cohetes salen por debajo echando chispas y no se sabe donde van a terminar. Si caminas por la plaza verás en cualquier época del año las rayas de pólvora quemadas en las fachadas de las casas que dejan a su paso los cohetones. Esa es la adrenalina que desata la afición para ir a torear. Siempre lo hice a escondidas de mis padres, pero un tío me descubrió y me dijo que estaba bien pendejo, porque me iban a quemar, que si no sabía de los más de 50 heridos que cada seis meses deja la pirotécnica en Zapotitlán; una vez hasta explotaron las oficinas de la coordinación del pueblo por unos cohetones mal dirigidos. Como buen adolescente la advertencia me valió madres.

Un verano cometí la estupidez de ponerme dos sudaderas y una chamarra grande que El Perro, un telefonista del barrio, me obsequió dizque para mi protección durante la corrida. No sé si el hijo de la chingada lo hizo de mala leche o se apendejó como yo, porque resultó contraproducente. Ya estando en la corrida, de reojo medio vi como una luz corrediza iba directo a mi cara. Agaché la cabeza para evitar el fuego. La acción sirvió para burlar la herida en el rostro, largo como un machete con la punta encendida y gordo por el relleno de la pólvora, el cohete apenas quemó los pelos de mi ceja y luego picó hacía mis pies como un pequeño misil. Volvía a elevarse a gran velocidad cuando se clavó en una de mis axilas. Atravesó la chamarra de telefonista, las dos sudaderas y una playera. El cohete deslizaba su punta al rojo vivo como desodorante roll on. Quise sacarlo con la mano libre, pero las yemas de los dedos se me cocieron. Mi ropa comenzó a prenderse hasta que un tipo se apiadó de mí, me auxilio quitándose su playera para apagar el fuego en mi ropa. Un trozo de tela se pegó a mi cuerpo y al desprenderla se vino con todo y piel.

Al subir a la ambulancia vi parte de mi piel hecha taquito y la grasita escurría como mantequilla líquida
Sentí desmayarme. La peor desesperación. La boca se me secó como desierto. La cabeza me estallaba y en mi axila herida sentí un cráter en erupción. Al subir a la ambulancia vi parte de mi piel hecha taquito y la grasita escurría como mantequilla líquida. Llegué caminando hasta la unidad intensiva. Los paramédicos treparon enseguida al Claudio, ese compa de un barrio contiguo si que estaba bien jodido. Nunca había visto a un adulto llorar tan profundo como a él. Pobre. Le pasó lo mismo que a mi sólo que el roll on del cohete se le paseó por los testículos hasta apagarse y las dos manos se le quemaron. En lo que cabe me fue bien: mi quemadura fue de segundo grado y pude ser atendido en el hospital infantil de Tláhuac. Ya no quiero decir cómo fueron las curaciones ni las madrugadas en que vencido por el cansancio de varios días sin dormir, al caer en un sueño profundo se me olvidaba la herida y un dolor insoportable al abatir la axila herida volvía a despertarme con desesperación, hasta que las doñas del pueblo me recetaron pomada de tepezcohuite hecha a base de la corteza de árbol. Las curaciones y pomadas con antiinflamatorios del seguro social me habrían dejado una torta de piel en la axila. El pobre Claudio, en cambio, tuvo que ser trasladado a especialidades. Le quitarían piel de una nalga para injertársela donde les platiqué. Después de eso, no pudo tener hijos.

Esos cohetones capaces de quemar y atravesar la piel como si fuera mantequilla son los que estaban de venta en San Pablito. Dos comerciantes que venden cohetes en su casa y que conozco desde la infancia se surtieron en el mercado el domingo 18 con cohetones prohibidos.

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En Nochebuena el pavo relleno ya no entró en el horno de la casa de Armanda Lillo, de 50 años, la mamá de Araceli. Su vivienda, con fachada de portón dorado en Ignacio Ramírez del centro de Tultepec, se volvió un velatorio.

Después de una búsqueda intensa lamentablemente también aparecieron muertos el hijo de Armanda de nombre Oscar Maldonado Lillo, de 9 años, y el de su nieto Juan Alberto Alcaraz, de 15. Estaban en la misma morgue, la de Barrientos, pero a la autoridad le llevó poco más de un día identificarlos.

Armanda había comprado parte de la cena por adelantado. Sabía que en los días siguientes sería imposible ir al supermercado debido a la ventas en su negocio, en el que llevaba más de 30 años. Era una mujer trabajadora. Su concuño Martín Martínez, con quien compartía predio, pero con vivienda independiente, la vio temprano ese día. “Me dijo hola Martín, nos vemos pronto”. Y se fue a tomar su colectivo para abrir el puesto.

El esposo de Armanda no podía cuidar al niño de la casa. Su trabajo de operador de trascabo en construcciones lo mantenía ocupado todo el día; por eso el niño estaba con ella, en el mercado.

A las cinco de la tarde del miércoles 21, un integrante de la familia salió con un bote vacío de pintura de 20 litros. Frente a la puerta de la casa de Armanda lo volteó boca abajo y se subió a colocar dos moños blancos en señal de luto, que se sumaron al crespón negro que había sido colocado tan pronto como se confirmó la muerte de la jerarca de los Vázquez Lillo, quien vivía en una casa de tres habitaciones, sala y comedor sin acabados de lujo. No tenían auto propio.

Sentado en la baqueta de la calle y mientras esperaba la llegada de los tres cuerpos, el concuño Martín Martínez, también de oficio cohetero, me contó que su especialidad son los piromusicales y que ha trabajado para eventos de Televisa, Acapulco Fest y otros eventos imponentes. Familiares y conocidos comenzaron a llegar para presentarle sus condolencias a la familia: llevaron pan, arroz, chicharrón para guisarlo en salsa verde, azúcar y café; sea como sea, acá a la muerte se respeta con comilonas durante el velorio y una misa de cuerpo presente, seguida de un novenario con rezos y cánticos que salven del purgatorio el alma de los difuntos. Las doñas que se ofrecieron para guiar las plegarias y rosarios mantuvieron montada la guardia en el patio de la casa hasta la madrugada, cuando llegaron los cuerpos. “Ruega por ellos, ruega por ellos, ruega por ellos”, repetían los dolientes durante las exequias.

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Se venden cohetes y luces de bengala”, se lee en el anuncio desgastado por el tiempo en una casa cercana a San Pablito. Sobre la avenida principal corren ductos de Petróleos Mexicanos (Pemex). Dentro viven tres familias con niños pequeños, ocho en total. Atrás hay un chiquero con ocho cerdos que los dueños crían para luego hacerlos carnitas y ayudarse con los gastos. Las ganancias por la elaboración de cohetes ya no son suficientes.

Por ley está prohibida la producción domestica de fuegos pirotécnicos, pero aquí desde siempre se ha mantenido la tradición de hacerlos. Es la tercera generación y la cuarta ayuda como puede. Hay una responsabilidad compartida para hacer lo prohibido. Las familias incumplen con las normas y la autoridad no hace su trabajo o se deja sobornar. Aquí compran bultos de 25 kilos de papel bond y periódico entre 20 y 25 pesos. Aunque son expertos en hechura de cohetes blancos pequeños, por encargo también hacen cañones chicos y grandes, R15 y palomas del tamaño de un tabique —consideradas de alto riesgo y cuya venta está prohibida en el mercado—; hacerlos está fuera de la norma, pero siempre tienen clientes que se los compran.

Las ganancias por la elaboración de cohetes ya no son suficiente

En San Pablito solo deben ponerse a la venta cohetes llamados juguete de manipulación infantil, pero las palomas del tamaño de un tabique son bombas que no se exhiben nunca en las vitrinas, sino que se esconden en rincones secretos de los negocios. Así se gestó la última tragedia de Tultepec: en nadie, ni en los artesanos pirotécnicos ni en las autoridades, cupo la prudencia.

En el patio de la casa de las tres familias que viven de la elaboración clandestina de cohetes, por todos lados hay moldes que se usan para la hechura de los tubos de papel que remojan antes para darles forma con harina y después rellenarlos con yeso. Los ponen a secar de dos a tres días, según el clima, para después echarles pólvora que hacen con sulfuro, clorato de potasio y polvo de aluminio que guardan dentro del cascaron de un auto viejo sin motor al fondo del patio. “Así alejamos el peligro de los chamacos”, me dijo Jacinto, un hombre de manos inflamadas y curtidas.

Como los campesinos, estos artesanos son los que se llevan las chingas más duras, pero representan el eslabón más débil de la cadena productiva. Las ganancias se las llevan los vendedores y revendedores. Tampoco a Martín Martínez, el concuño de la difunta Armanda, le va como quisiera.

En la Saucera, un gran predio en Tultepec con 275 talleres de pirotécnica, trabaja Martínez, cuyo patrón contacta a sus clientes por recomendación directa, como los mayordomos de Zapotitlán, y además abrió una página web (piroflores.com.mx).

Lo invitamos a disfrutar de un gran número de efectos especiales, desde cascadas de fuego frío hasta explosiones controladas de gran impacto. Contamos con personal capacitado para ofrecerle la seguridad que se requiere, usted sólo deberá ocuparse de disfrutar el momento”, se lee en la página web, en donde se presume tecnología de punta. Pese al riesgo de que la actividad que le permite sobrevivir le representa a él y su familia, Martínez, dice que no gana ni 4 mil pesos mensuales.

Por eso también ha tenido que ingeniárselas para sobrevivir con un poquito más de ingresos. En su casa hace tubos de papel. Él no maneja pólvora. Sólo vende los tubos y otros los rellenan. Son cerca de 40 mil personas las que de una u otra forma están relacionadas con el negocio de la pirotecnia en Tultepec.

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Armando Portuguez, el alcalde de las tragedias, no se anda por las ramas al defender la industria de la pirotécnica. “Mientras haya quien compre, siempre habrá quien produzca y si no lo fabricamos aquí, será en otro lado”. Ese razonamiento lo llevó a comunicarse con el gobernador para ver cómo van a reconstruir San Pablito.

Un reportero le hizo ver al presidente municipal del PRD que va muy rápido y que primero deberán aclararse las causas de la explosión para tener un diagnóstico claro y replantear la vida laboral de los coheteros de Tultepec.

¿Usted sabe las causas?”, le preguntó el periodista. Además de la venta ilegal de cohetes, el alcalde citó tal vez de manera inconsciente, razones que en el fondo revelan incompetencia y un problema que, como la pólvora del mercado, estallaría de diversas maneras: dijo que grupos del crimen organizado habían intentado extorsionarlos. “Como ustedes saben, por todos lados llega gente mala, pide regentear y cuando no se les da la cuota empiezan a tomar represalias”. La respuesta dejó muy confundidos a los periodistas.

Dijo que será la PGR la instancia que presentará el dictamen final. La posibilidad de que el negocio de los juegos pirotécnicos se acabe se antoja complicada. “Queremos que el gobierno estatal y municipal nos eche la mano para empezar otra vez. Y estamos de acuerdo que nos supervisen con rigor”, me dijo Jorge Cervantes, el propietario de dos locales que tiene bigote estilo Tin Tan.


SOBRE EL AUTOR

Alejandro Sánchez (Ciudad de México, 1975). Periodista independiente. Ha colaborado en Gatopardo, Excélsior, Milenio, El Universal, El Financiero, La Crónica, La Prensa, Voz y Voto, Gente y la actualidad. Recibió el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2012 por el mejor texto mexicano en asuntos electorales y en 2014 fue finalista del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo (FNPI). Es autor del libro Las mieles del Poder. Historias de sexo y política en México (Mondadori, 2012).

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