La ciencia puede revivir al Mamut pero no mide sus implicaciones éticas

Distintos equipos científicos creen que traer a la vida al mamut lanudo, una especie extinta desde hace miles de años, solo es cuestión de tiempo. En el camino para lograr una futura clonación, pueden resultar claves la sangre y los tejidos musculares perfectamente conservados encontrados en 2013 entre los restos de uno de estos animales enterrado bajo el hielo en la pequeña isla Liajovski, en la costa del noreste de Rusia. Además, el destacado genetista George Church de la Universidad de Harvard logró el pasado año insertar 14 genes de mamut en el ADN de un elefante vivo.

Los genetistas trabajan en la técnica para lograrlo pero, ¿es la clonación de especies extintas una buena idea? Investigadores de la Universidad de California Santa Barbara (UCSB) han publicado en la revista Functional Ecology un informe sobre esta cuestión en el que muestran sus dudas. A su juicio, esta «resurrección» puede ser un éxito, pero solo si se cumplen ciertos requisitos, suponga el máximo beneficio para los ecosistemas ecológicos y se evite la creación de lo que ellos llaman «eco-zombies».

«La idea de resucitar especies plantea una cuestión fundamental y filosófica: ¿Lo estamos haciendo para crear un zoológico o para recrear la naturaleza?», se pregunta el coautor del estudio Benjamin Halpern, del UCSB. «Ambas son respuestas razonables, pero la restauración de las especies en su estado natural supondrá un esfuerzo mucho mayor».

Una pieza que ya no encaja en el rompecabezas

Para los investigadores, traer de vuelta a especies útiles para la conservación requiere pensar mucho más allá de la genética. Por ejemplo, el ecosistema de pastizales en el que el mamut vivió una vez es totalmente diferente hoy en día. Por una variedad de razones -la expansión de la población humana, entre otras-, algunas zonas donde estas criaturas alguna vez vivieron no se pueden recuperar como eran antiguamente.

«Lo que algunos están proponiendo será como fabricar una pieza del motor de un modelo T y tratar de meterlo en un Tesla», dice otro de los autores, Douglas McCauley. «No se puede tomar una parte y ponerlo en un nuevo sistema y esperar que funcione sin tener en cuenta cómo su contexto ecológico ha cambiado. La buena conservación es una ciencia holística que reconoce el hecho de que muchas especies interactúan de manera compleja», añade McCauley. «Las reglas de dicho complejo entramado de la vida no permanecen estáticas, sino que evolucionan de forma dinámica».

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El equipo ha desarrollado tres recomendaciones antes de traer a un animal extinto a la vida. La primera sugiere resucitar especies extinguidas recientemente en lugar de las que desaparecieron hace miles de años, como los mamuts. La razón es que estas criaturas pueden encajar más fácilmente en sus ecosistemas porque ha habido menos tiempo para que ocurran cambios. Los investigadores ofrecen varios ejemplos de estas extinciones «jóvenes», incluyendo el murciélago de la Isla de Navidad, la tortuga gigante de Reunión y o la rata nido de palo menor de Australia.

En segundo lugar, el grupo aconseja elegir animales cuya función ecológica sea verdaderamente insustituible. Por ejemplo, el murciélago de la Isla de Navidad fue una vez el único murciélago que comía insectos en su hábitat. Su regreso taparía un agujero en un ecosistema que de otra forma a la naturaleza le costaría mucho rellenar. Lo mismo ocurre con la tortuga gigante de Reunión, que dispersaba semillas a lo largo de su hábitat en la isla del Océano Índico antes de ser conducida a la extinción por los marinos hambrientos. Esas plantas todavía existen, pero se están acercando a su fin porque ya no hay tortugas que realicen su función ecológica como distribuidores de semillas.

La tercera directriz es traer de vuelta las especies que se pueden restaurar a un nivel de abundancia funcionalmente significativo. Es decir, «se necesita tener suficientes individuos para llevar a cabo su función lo suficientemente bien como para afectar al ecosistema», dice Molly Hardesty-Moore, también coautora del estudio. «Un lobo cazando y matando tiene un impacto mínimo, pero cientos de lobos que ejerzan dichas funciones cambiarán el ecosistema»

Los científicos de la UCSB no se oponen a la clonación y la vuelta a la vida de animales del pasado, pero creen que debe comenzar un debate en la comunidad científica para hacer que el proceso sea ecológicamente inteligente. «¿Podemos utilizar esta herramienta cuidadosamente para hacer conservación de verdad?», pregunta McCauley. «La respuesta va a requerir una gran cantidad de perspectivas, no sólo de los genetistas que están liderando el proceso, sino también de otro tipo de científicos, como los ecologistas y biólogos de la conservación».

Con información de Investigación y Desarrollo, Functional Ecology y NCEAS

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