Otro año nuevo, otro zapatismo

Albert Camus y Jean-Paul Sartre son dos de los filósofos europeos más influyentes de la postguerra. Sus coincidencias durante la resistencia francesa dieron vida a una de las más grandes y famosas amistades de la época; pero los caminos que tomaron después de 1945 derivaron en una ruptura filosófica y personal definitiva. Su lucha contra el fascismo evolucionó de forma distinta después de la derrota de la Alemania nazi. Sartre tomó postura a favor de la pena de muerte para los criminales de guerra; Camus se opuso férreamente a aceptar la violencia de estado. Camus se negó a la renuncia de la libertad individual en favor de una dictadura estatal, sea cual fuese su signo; Sartre se asumió como un comunista convencido, por considerarlo la alternativa existente más viable y positiva para el mundo. Sartre se pronunció a favor de la independencia de Argelia —entonces colonia francesa—, Camus exigió el reconocimiento de derechos para sus compatriotas argelinos, impulsando la idea de una sola Francia. La ruptura fue inevitable, pública y estruendosa. Dos pensadores de la Francia en resistencia, dos hombres comprometidos con las causas de su época, dos revolucionarios que estuvieron, desde su óptica y a su manera del lado correcto de la historia, terminaron enfrentados, pero, ¿se puede condenar la evolución de sus planteamientos éticos? ¿Sostener que Camus traicionó a las víctimas de la ocupación al oponerse a la pena de muerte o que Sartre se dejó cegar por el deseo de venganza? ¿Acaso Sartre fue cómplice del genocidio cometido por el comunismo soviético o fue Camus quien traicionó sus principios por considerar que el comunismo era tan terrible como el fascismo? ¿Se puede acusar a Camus de colonialista o a Sartre de separatista?

A más de medio siglo de la discusión sobre la pena de muerte aún es una de las más controvertidas, aunque cada vez son más los países donde está prohibida; hoy sabemos que durante el apogeo de la Unión Soviética se cometieron crímenes terribles contra la libertad y la humanidad; el Sí de Inglaterra para separarse de la Unión Europea, aunque distinto al caso de Argelia, da un nuevo rumbo a la discusión sobre la soberanía de los países. La circunstancia de cada uno de estos personajes los hizo evolucionar, mirar y entender el mundo de manera distinta.

Evolución es la palabra mas adecuada para comprender la propuesta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y del Consejo Nacional Indígena (CNI) de consultar «en cada una de nuestras geografías, territorios y rumbos el acuerdo de este Quinto CNI, para nombrar un concejo indígena de gobierno cuya palabra sea materializada por una mujer indígena, delegada del CNI como candidata independiente que contienda a nombre del Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el proceso electoral del año 2018 para la presidencia de este país». Una decisión controvertida para propios y extraños —sobre todo para quienes recuerdan la poderosa y poética frase del sub Marcos: «¿La toma del poder?

No, apenas algo más difícil: un mundo nuevo»—, pero que no debería resultar tan sorpresiva si se analizan con detenimiento momentos claves en la historia del movimiento.

Este paso es, hasta cierto punto, natural. No se trata, como señalaron algunos, de una traición a sus principios: primero, porque históricamente su postura ha distado de ser anti política —Luis Hernández detalla en La Jornada los diferentes momentos en que el zapatismo ha tenido una posición político electoral—; segundo, porque aunque la propuesta de participar surgió del EZLN, fue adoptada e impulsada por el CNI para «someterla a una consulta entre quienes lo integran», es decir, de acuerdo a los comunicados, la consulta sobre la posible candidatura es del CNI, no de los zapatistas; y tercero, porque la evolución en los movimientos sociales es normal y necesaria para su permanencia en la vida pública. En el caso del zapatismo, su evolución política puede leerse de manera clara en las seis declaraciones de la Selva Lacandona.

  1. Su inicio fue una declaración de guerra al Estado Mexicano para reivindicar los derechos y autonomía de comunidades indígenas, un llamado al pueblo mexicano a levantarse en armas. (Primera declaración de la Selva Lacandona, 1994)
  2. Siguieron con un llamado a refundar el país en «un esfuerzo civil y pacífico» a través de una Convención Nacional Democrática, y la creación de una constituyente. (Segunda declaración de la Selva Lacandona, 1994)
  3. Después de descalificar el proceso electoral de 1994, desconocen el resultado y hacen un llamado a crear un Movimiento para la Liberación Nacional —invitando a Cuauhtémoc Cárdenas a encabezarlo—, un gobierno de transición y la liquidación del sistema de partidos, entre otras cosas. (Tercera declaración de la Selva Lacandona, 1995)
  4. Crearon el Frente Zapatista de Liberación Nacional, con la aspiración de  convertirse en una nueva «fuerza política que pueda organizar la solución de los problemas colectivos aún sin la intervención de los partidos políticos y del gobierno». (Cuarta declaración de la Selva Lacandona, 1996)
  5. Propusieron una consulta nacional sobre la iniciativa de Ley Indígena de la Comisión de Concordia y Pacificación y por el fin de la guerra de exterminio. (Quinta declaración de la Selva Lacandona, 1998)
  6. Ratificaron la decisión de no continuar la lucha armada, de continuar por la vía política «como un movimiento civil y pacífico», considerando un posible acuerdo con fuerzas de izquierda. (Sexta declaración de la Selva Lacandona, 2005)

Durante este tiempo, el zapatismo estableció gobiernos autónomos, juntas de buen gobierno civiles, y prohibió la participación de las autoridades militares en estos espacios. Estas acciones, las propuestas de crear movimientos nacionales, constituyentes, consultas públicas y alianzas con las fuerzas de izquierda, reflejan la evolución en el discurso y acciones del EZLN. En este contexto, la propuesta de participar electoralmente en el proceso de 2018 parece natural y lógica.

El anuncio provocó ruido y reacciones alarmistas que deben tomarse con precaución. Aunque aún no hay elementos suficientes para asegurar si la decisión es correcta o no, los juicios emitidos no estuvieron exentos de prejuicios, intereses y desinformación. Lo que se ha dicho sobre las causas y efectos de la candidatura indígena, probablemente tendrá el mismo margen de error que los pronósticos del clima.

No es momento aún de evaluar esta decisión, pero lo que sí se puede analizar con profundidad son algunos de los juicios que se han emitido sobre el tema.

a) Una de las reacciones más sonadas aseguró que la posible candidatura indígena fue pensada para dividir la izquierda. Primer pregunta, ¿cuál izquierda?, ¿la izquierda entreguista de los chuchos, la izquierda que no es izquierda de Mancera, la izquierda en el exilio de Marcelo Ebrard, la izquierda agotada de Cárdenas, la izquierda unipersonal de López Obrador?

Lo que llamamos izquierda mexicana parece más un colectivo fragmentado por intereses diversos que, salvo algunos periodos electorales, siempre ha estado dividida. Entonces, si la izquierda es en realidad muchas izquierdas —con diferentes idearios, postulados, formas de actuar y gobernar—, que regularmente se unen sólo con fines electorales, ¿por qué las comunidades indígenas tendrían que elegir a alguna, por encima de una candidatura independiente propia?

Como es normal en la polarizada vida de la izquierda, se habló de los votos que podrían perder, no de las causas o razones que harían posible el apoyo de las comunidades indígenas a tal o cual sector; o de las izquierdas a la candidatura indigena.

b) Otros sostuvieron que la candidatura tiene como fin restar votos a Andrés Manuel López Obrador; esta acusación tampoco estuvo acompañada de argumentos para sostener por qué AMLO tendría que representar una opción para el zapatismo o las comunidades indígenas. La sentencia de que el movimiento indígena no debería competir para que el presidente de Morena no pierda votos, es un planteamiento pragmático negativo. Es poner lo electoral por encima de las causas. Es efectista. Es ponderar los votos sobre cualquier cosa. Es lo que hacen las izquierdas al evitar temas polémicos pensando en la siguiente elección —con la excepción de Marcelo Ebrard, que no dudó en tomar las decisiones más progresistas durante su periodo como jefe de gobierno de la hoy Ciudad de México—. Nadie planteó la pregunta clave: ¿qué ha hecho López Obrador para ganar su confianza? Si después de dos campañas presidenciales las comunidades indígenas no se sienten identificadas con AMLO, ¿por qué tendrían que votar por él? ¿Por qué tendrían que dejar de construir su propio camino?

Estas preguntas exigen respuesta, sobre todo considerando la mala experiencia de Mardonio Carballo —poeta y activista de los derechos indígenas—, que fue postulado por Morena y electo para participar en la Constituyente de la Ciudad de México, y recientemente pidió licencia denunciando actitudes discriminatorias —una nota señala que por parte de algunos de sus compañeros de bancada— y falta de seriedad en la conformación del articulado que debería proteger los derechos de las comunidades.

c) También estuvieron los que aseguran que los independientes no tienen posibilidades de triunfo y que la candidatura indígena será testimonial. Hacer una valoración sobre el rol o viabilidad de los independientes, requiere un recuento de lo que ha vivido la democracia mexicana en los últimos años: el viejo PRI falló, la alternancia panista falló, el regreso del nuevo PRI falló, el Pacto por México falló, los gobiernos locales, de los tres partidos mayoritarios, no tuvieron mejores resultados —con excepción del PRD en la Ciudad de México, que tuvo algunos periodos de gobierno memorables—. El cambio de nombres y colores no dio resultados, el movimiento anulista —que tuvo su apogeo en 2009— tampoco funcionó, porque las reglas del juego electoral no le permitieron incidir en los resultados ni provocar pérdida de privilegios para los partidos. En este contexto, cuando la alternancia no realizó los cambios esperados por la gente, las candidaturas independientes se convirtieron en una alternativa atractiva.

Aunque enfrentan grandes y serias desventajas —desde los candados para acceder a ellas, hasta las condiciones inequitativas de competencia—, los independientes cuentan con una ventaja que no debe menospreciarse: la simpatía de gente ansiosa por castigar a los partidos políticos.

Cuando políticos añejos y figuras emergentes se dieron cuenta que ser anti partidos se convirtió en la plataforma más popular, comenzaron a buscar espacios de gobierno por la vía independiente, aunque con un porcentaje muy bajo de éxito. En Nuevo León, el Bronco resultó no ser el mejor gobernante y sí el político de vieja guardia que pasó más de treinta años en el PRI; en la Cámara de Diputados, Manuel Clouthier, también con antecedentes partidistas, ha pasado sin pena ni gloria en la Legislatura —aunque con el record nada envidiable de votar casi siempre como lo hace el PRI—; el único independiente sin antecedentes partidistas, Pedro Kumamoto —diputado local en Jalisco—, está enredado en la novatez, el aislamiento autoimpuesto, la desventaja de ser minoría y la seducción de los medios; le falta demostrar que es capaz de construir y empujar una agenda legislativa de vanguardia y concentrarse en eso.

Los candidatos independientes no son un solo movimiento, no comparten postulados ni proyectos ni causas; cada uno de ellos representa cosas distintas y comparten sólo una agenda: ser anti partidos. Más allá de la viabilidad de triunfo electoral o su capacidad para dar resultados en espacios de gobierno, los independientes son una alternativa para que el voto de castigo incida en los resultados —a diferencia del voto nulo— y, quizá lo más importante, son el vehículo más adecuado para expresar las causas que le importan a la gente. Este es precisamente el argumento más fuerte para no descartar una candidatura impulsada por el CNI: es una posibilidad de hacer nuevamente visible, y con mayor intensidad, la causa indigenista. El EZLN tiene una causa y los partidos la han ignorado —en el discurso y en los hechos—, por eso, más allá de las posibilidades de triunfo: es razonable y válido que propongan una candidatura independiente que sí represente y de voz a sus intereses. Además, si se quiere habar de viabilidad, habrá que recordar que los proyectos políticos no siempre alcanzan triunfos electorales —Cuauhtémoc Cárdenas fue tres veces candidato sin alcanzar nunca la presidencia— o por lo menos no de manera inmediata —Salvador Allende fue electo presidente de Chile en su cuarta elección; AMLO va por su tercer intento en 2018. La construcción del proyecto electoral del indigenismo podría o no ganar la siguiente elección, pero eso no le quita legitimidad.

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Colofón

Las diversas posturas, intereses y desinformación en torno al tema, dejaron de lado tres aspectos clave en torno al tema:

Es una candidatura que el Consejo Nacional Indígena pondrá a consulta entre las comunidades indígenas, se trata de un espacio con más de 20 años de trabajo en la defensa de los derechos y autonomía de los pueblos indígenas, conformado por delegados de diferentes pueblos, naciones y tribus. Es un espacio de representación creado a partir de la sociedad civil y con una agenda indigenista plural y concreta. Es, en pocas palabras, una candidatura propuesta por un sector de la sociedad civil.

Sería la primera candidatura independiente, indígena y de género en la época moderna.

Esta posible candidatura no sólo nace de una agenda social definida, clara y consistente, sino que depende totalmente de la agenda y no de un personaje. Esta es la diferencia fundamental con otros independientes: podría ser la primer candidatura en que la agenda es el protagonista principal y la candidatura sólo el vehículo para visibilizarla y llevarla a la contienda.

¿Por qué extraña que el zapatismo y las comunidades indígenas decidan construir una alternativa electoral propia, cuando vivimos una época en que los ciudadanos están generando alternativas al margen de los partidos? El 15M en España, el 132 en México, la primavera árabe o los Occupy Wall Street, son casos de movimientos ciudadanos que se formaron a partir de causas concretas. Son los llamados movimientos emergentes —o de red, según Manuel Castells—: espontáneos, virales, autónomos, auto reflexivos, no violentos ni programáticos y políticos en el sentido de que buscan transformar su entorno, no necesariamente por la vía electoral.

Si algunas encuestas señalan que hasta el 90% de los mexicanos no confían en los partidos y la realidad mundial nos muestra que los ciudadanos prefieren crear o participar en movimientos propios, incluso institucionalizarlos en plataformas distintas a las existentes —como Podemos en España o 5 Stelle en Italia—, ¿por qué las comunidades indígenas tendrían que hacer algo diferente?

Esta realidad contrasta con opiniones como la que Jonh Ackerman, quien poco después del anuncio del CNI dijo: «Llama la atención, sin embargo, que el EZLN, aparentemente, no tiene interés alguno en trabajar con sus amigos, luchadores sociales de Morena (…) ¿Será que, en realidad, este cambio de táctica de parte de los zapatistas implica una continuidad en su estrategia política de hace años de dividir la izquierda para negociar con el poder?».

«Sus amigos, los luchadores sociales de Morena», dijo el académico, comentócrata, activista y militante, después de acusarlos de dividir y negociar con el poder. Una frase que tendría que analizarse más a fondo, sobre todo después del tuit de Andrés Manuel: «El EZLN en 2006: era ‘el huevo de la serpiente’. Luego, muy ‘radicales’ han llamado a no votar y ahora postularán candidata independiente». «Se trata de una maniobra para hacerle el juego al gobierno e impedir un cambio real (…) La única esperanza es Morena, aunque no le guste a muchos», insistió en declaraciones posteriores.

Sin discutir a fondo lo cuestionable que resulta auto otorgarse autoridad moral o erigirse como la única opción correcta, sí vale la pena señalar que las posturas que parten de la premisa «si no estas conmigo, estás contra mí», además de ser un grave error de calculo electoral, se acercan más al mesianismo y al fundamentalismo. En el tenor de esta idea opinó el editorialista Ricardo Raphael: «Tengo para mí que AMLO se equivoca al presionar para que las otras corrientes políticas de la izquierda mexicana se definan frente a él, en vez de salir en su búsqueda para conversar». Lo mismo aplica para su relación con el zapatismo.

Aunque el ejercicio de la otra campaña le da a Andrés Manuel elementos para desconfiar del zapatismo —ese ejercicio sin duda restó votos a su candidatura de 2006—, también es cierto que un cambio de régimen real no puede partir de la descalificación y la exclusión. Ese es el problema de la izquierda. Ese es el problema de AMLO: sus opiniones generalmente son así, sin matices.

Las decisiones de Camus y Sartre fueron definidas por su historia, su contexto, su época y, apenas cincuenta años después, podemos aventurarnos a dar la razón a uno y otro en sus puntos de controversia; algo similar sucederá con el zapatismo. Falta tiempo para conocer la magnitud real de este fenómeno.

Por eso resulta curioso que comentócratas y actores políticos sostengan con tanta seguridad que la candidatura indígena estorba, porque refuerzan el argumento de que las comunidades indígenas están invisibilizadas, discriminadas y excluidas de la vida pública y democrática de México. Desestimarla tan a la ligera es reafirmar el prejuicio milenario de la marginación contra el que han luchado los pueblos originarios del país.

Si la candidatura llega a aprobarse la discusión irá a un terreno distinto y obligará al EZLN —como proponente— y el CNI —quien aprueba e impulsa la propuesta—, a dar respuestas: ¿qué ofrece una candidatura de esta naturaleza? ¿Cuáles son los argumentos para votar por una candidata mujer indígena? ¿Se trata de acto simbólico o una alternativa de gobierno para todo el país? ¿Cuáles son los mecanismos con los que sacaran adelante su agenda? ¿Con quién lo harán? ¿Se trata de un movimiento anulista con causa, una propuesta de proyecto de país —y no sólo de un sector—, o de una estrategia para dotar al movimiento indigenista de recursos y espacios públicos para continuar su lucha en la vía institucional?

Llegado ese momento el EZNL y la CNI tendrán que explicar, con honestidad, cuáles son los objetivos de participar en el proceso electoral de 2018, porque hay una diferencia abismal entre visibilizar una causa o impulsar y hacer realidad una agenda de país.

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