El lado violento de la sensualidad japonesa: Joshi Puroresu

El Joshi Puroresu es una forma artística que une el deporte con la magia

La lucha libre es, en esencia, mexicana. El wrestler es el estilo  norteamericano; como cualquier producto cultural estadounidense se ha exportado a otros países con gran éxito de influencia y asimilación. Europa, por ejemplo, ha adoptado el wrestler como el estilo estándar sobre el ring.  El puroresu, por su parte, es la huella digital de los cuadriláteros japoneses.  Aunque el término ‘puroresu’ proviene de la conversión fonética de las palabras ‘professional wrestling’, la asimilación en el terreno lingüístico no representa con exactitud lo que sucede sobre el cuadrilátero, el puroresu no es la asimilación del estilo norteamericano sino otra forma distinta de interpretar  un mismo concepto: el arte del gotch.

Estas tres raíces (puroresu, lucha libre y wrestler) nutren el árbol sagrado de un arte misterioso, violento y trágico.

Usaré una metáfora surrealista: existe una moneda de tres caras —hecha del material más puro y de la materia más imperfecta— que gira sobre un escenario delimitado por doce cuerdas,  para ofrecerse, a quien quiera atestiguarlo, como un ritual sagrado.  Me refiero al arte de las llaves y los costalazos, es decir, aquello que en nuestro país  interpretamos como lucha libre.


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Actualmente, ningún estilo es mejor que otro  (dejemos a un lado la influencia cultural, económica y política del wrestler estadounidense).  La lucha libre no es mejor que el puroresu, así como el wrestler no es mejor que cualquiera de los anteriores. Cada estilo es único y representa en sí mismo un evento estético particular; si miramos cualquier lado de la moneda quedaremos seducidos  e impresionados.

EL ROSTRO DE LA SENSUALIDAD

Las mujeres han impreso un sello particular a los cuadriláteros, han dotado a estos escenarios de una sensualidad insospechada. Si bien, en toda lucha cuerpo a cuerpo hay una manifestación erótica (los griegos luchaban desnudos por ejemplo), el ámbito del combate femenino ofrece un espectáculo en donde la violencia manifiesta su rostro más delicado. El joshi puroresu es la mejor evidencia de esta fatal tersura.

Lo que en tierras aztecas se denomina lucha libre femenil, en Japón se llama joshi puroresu. Ambos países se caracterizan por un desarrollo pleno de la división femenina en sus combates sobre el ring, pese a los marcados estereotipos de los roles sexuales, sobre un cuadrilátero las características de lo masculino y lo femenino se desdibujan al mismo tiempo que se hacen más evidentes, esto no implica contradicción alguna, es sólo la muestra de que la magia es la unión de lo disímbolo. El joshi puroresu y la lucha libre comparten, por supuesto, ese elemento mágico.

Las gladiadoras japonesas y las mexicanas comparte también otra cosa pese a las evidentes diferencias ideológicas y culturales: una pasión por la rudeza.

RUDEZA ENIGMÁTICA

Los años ochentas  marcaron el boom del joshi puroresu gracias a un equipo de gladiadoras que revolucionaron la división femenina dentro de una industria en expansión. Las Crush Girls (Nagayo Chigusa y Lioness Asuka) definieron las pautas que las siguientes generaciones de luchadoras iban a seguir, dos elementos eran esenciales: la rudeza y el carisma.

El carisma es ese elemento magnético que no puede ejercitarse, ni desarrollarse, ni aprenderse. Se nace con o sin carisma, para cualquier luchador –sea hombre o mujer— es fundamental. Sin él se está destinado a ser uno más entre todos: sin rasgos distintos ni una marcada personalidad. En el caso de las luchadoras japonesas, el carisma y la sensualidad son dos características complementarias. La sensualidad no sólo es el derroche de  belleza física, sino  la capacidad de esta belleza para manifestarse como enigmática. La sensualidad es el derecho que tiene el cuerpo al misticismo.

Quien no ha visto joshi puroresu no ha conocido el rostro más violento de la sensualidad, y esto es casi como vivir en el desamparo.

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