La evolución del “Hacerse presente”

La idea de representación nació antes de la idea de democracia. En la Edad Media, el Rey ya tomaba en cuenta tres figuras como fuente de representación del pueblo: la nobleza, el clero y los campesinos y burgueses. Las revoluciones inglesas y francesas (1643-1789) fueron manifestaciones que buscaban debilitar al Monarca y fortalecer la presencia de los Parlamentos, espacios o instituciones que además de hacer un contrapeso al Rey, estaban integrados por representantes del pueblo. ¿Qué significa “representar”? Hacer presente algo o alguien, en este caso en la toma de decisiones. ¿Y porqué “representar”? Por la cláusula de imposibilidad, esa imposibilidad de estar todos juntos presentes físicamente para tomar una decisión.

Estos hechos históricos dieron pie a la formación del Estado Liberal, que con la división de poderes, las leyes y constituciones buscaban garantizar frenos al poder absoluto. Así, durante este tiempo los estudios jurídicos y el Derecho tomaron casi control total sobre los temas públicos y del Estado, mientras que por otra parte también surgió la Economía y la Sociología como disciplinas que seguían preguntándose el rol de la sociedad y el Estado. La mayor parte de los movimientos sociales se estudiaron desde la óptica sociológica: Estado y Sociedad era la división que hacíamos para entender lo público. Hicimos opuestos el aparato de gobierno con el comportamiento de la sociedad para entender lo público. Este error nos costó interpretar de manera equivocada la política por muchos años, hasta que finalmente a principios del siglo XX, el concepto de lo político adquirió un nuevo significado e integró el estado y la sociedad y el conflicto (política) como eje transversal de ambos. Si el conflicto es la esencia de la política, entonces podemos entender de mejor manera todo lo que implica lo público. Y lo político es todo aquello que genera conflicto en una colectividad: desde quién tiene el poder (formal y no formal), quién toma las decisiones, hasta la idea de justicia, etc.

En el siglo XX, cuando la “democracia” empezó a utilizarse como concepto central en la política, y como manifestación en las llamadas “olas de democratización” las elecciones jugaron un papel central. Las principales ideas eran terminar con las dictaduras, con la capacidad de elegir a los gobiernos y también de deshacernos de los malos gobiernos sin derramar sangre. En ese momento, el método para formar gobiernos fue la idea clave de la democracia y con esto, la idea de “competir”. La competitividad entre varias opciones eran básicas para poder vivir en una democracia, es decir, la gestión del conflicto en una relación de competencia entre grupos. Muchas de estas manifestaciones se dieron sí, desde facciones o grupos políticos establecidos y formados por las propias lógicas de la política en cada país. Pero en el siglo XXI, las cosas cambiaron: los recursos para movilizar y organizarse ya estaban no sólo al alcance de la clase política, sino también estaban a disposición de las masas.

Las manifestaciones de la primavera árabe, M15, OccupyWallStreet, etc. los Independientes y otros, son una muestra de cómo la idea de competencia política se está expandiendo más allá de las estructuras que tradicionalmente controlaban los recursos de movilización y organización. La autoridad o los valores predominantes en una sociedad democrática no son estáticos, sino dinámicos y fácilmente moldeables por el número y grado de importancia de actores que participen en su construcción o modificación. Así, la inclusión de estos nuevos grupos, actores y movimientos están garantizando a la competencia política y en toma de decisiones son buenas noticias para una mejor representación. Cada vez hay más intereses y necesidades “presentes” en la toma de decisiones, que no sabemos si serán los mejores, pero sí los que en estos tiempos tienen la posibilidad de organizarse y movilizarse y de tener importancia en la escena política.

Del mismo modo, los Referéndum han cobrado importancia como herramientas para gestionar el conflicto que ya existe en la colectividad. Siguiendo la idea schumpeteriana de que el “bien común” no existe (por fortuna), sino múltiples intereses, necesidades y formas de pensar; los gobiernos optan por aplicar estos mecanismos para evidenciar estos choques de intereses en sus países. A final de cuentas, han entendido que de lo que se trata gobernar es de administrar el conflicto y promover la competencia de los grupos que representan intereses o puntos de vista de los problemas públicos. Los grupos que obtengan mayor consenso son quienes por un tiempo podrán llevar sin problema el arduo trabajo de gobernar y de asignar de manera imperativa las mejores decisiones para la colectividad.

A partir de esta reflexión, considero que no vivimos en una “crisis de representatividad”, sino al contrario, pareciera una evolución de la representación que nació hace siglos… Hace 5 siglos era la nobleza, el clero y los burgueses los únicos capaces de hacerse presentes en la toma de decisiones. En el siglo XXI somos más y tenemos más necesidades e intereses en la arena pública… ¿qué podemos esperar en las próximas décadas?

Mónica Montaño Reyes, Doctora en Ciencia Política por el Istituto Italiano di Scienze Umane. Profesora Investigadora de la Universidad de Guadalajara, México.

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Correo electrónico:

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