4 poemas para la princesa Leia

Una selección de grandes poemas para despedir a la princesa Leia Organa, quien ahora es uno con la Fuerza

Tras conocer el lamentable fallecimiento de Carrie Fisher, quien diera vida a la icónica princesa Leia Organa, Tercera Vía  realiza un homenaje con la selección de cuatro poemas para recordar por siempre a esta gran actriz que encarnó las fantasías de millones y millones de caballeros Jedis de la Galaxia entera.

 

 

Alicia, disfrazada de Leia Organa

Luis Alberto de Cuenca

 

 

Si sólo fuera porque a todas horas

tu cerebro se funde con el mío;

si sólo fuera porque mi vacío

lo llenas con tus naves invasoras.

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Si sólo fuera porque me enamoras

a golpe de sonámbulo extravío;

si sólo fuera porque en ti confío,

princesa de galácticas auroras.

Si sólo fuera porque tú me quieres

y yo te quiero a ti, y en nada creo

que no sea el amor con que me hieres…

Pero es que hay, además, esa mirada

con que premian tus ojos mi deseo,

y tu cuerpo de reina esclavizada.


STAR WARS

Luis Alberto de Cuenca

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias
improbables, difusas. Acaso en mi cerebro
tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,
pero pasó. Las cosas importantes que pasan
parecen no pasar. Una chica venía
del país de la muerte a jugar en tu sueño
contigo: era tu novia, la que se fue de viaje
por el cielo, y volvía para no abandonarte
nunca más. Sonreía como una aparición
surgida de las páginas de una novela gótica
y, a la vez, como un hada de los hermanos Grimm.
Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia
Organa, para ser más precisos. Un nombre
que sonaba a romance galáctico, a balada
espacial, a cantar de gesta del futuro.
Un nombre que sabía a chicle americano
y a bolsa de patatas fritas en el descanso
de una doble sesión de cine, y a caricias
desmañadas, y a celos, y a promesas de amor.
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. Y sé que a la princesa
Leia irán dirigidas mis últimas palabras
cuando la luz se apague, y que repetiré
su nombre en mi agonía, como si ella tuviese
un nombre, antes de hundirme en la noche total.

 


 

Princesa Leia, vestida de novia

Federico Díaz-Granados

 

 

 

Y sé que a la princesa
Leia irán dirigidas mis últimas palabras
cuando la luz se apague, y que repetiré
su nombre en mi agonía, como si ella tuviese
un nombre, antes de hundirme en la noche total.

Luis Alberto de Cuenca

 

 

Te conocí en las noches de mi infancia.

Tenías 18 años y eras una sola mujer:

Leia Organa ,

Senadora y Princesa de este corazón más roto y fragmentado

que tu soberana Alderaán.

Te perseguí por los viejos de cine de barrio,

tuve tus posters en los muros de mi cuarto stickers en mi ventana

y repetí de memoria cada una de tus palabras.

Tú eras mía  y desde entonces siempre lo has sido

Eras la primera, la única y la última de mis mujeres.

Algo de ti tiene hoy mi soledad.

Algo de tu belleza este rencor y cobardía

frente a postales de planetas con dos soles

y naves que huyen con aprendices, piratas mercenarios y viejos guerreros.

Princesa Leia,  regresas vestida de novia.

Por qué ese ademán de tristeza cuando oyes la suite de la Batalla de Yavín

Por qué esos gestos si a este amor lo pronuncia un idioma que no nos pertenece

Cuántos siglos, cuántas millas y a qué velocidad viajaron tus lágrimas para llegar a este cuerpo. Ante cuál religión te persignas cada día, ante qué rituales inclinas tu cabeza,  pequeña princesa. Ahora que la vejez llega con sus finos deterioros, a esta edad  que es más lenta que la tuya. Ahora que llega con sus polvos en las estanterías yo deseo cantar, pequeña princesa del mismo modo que te amo: igual que una gota de aceite extraviada en el universo más y más lejos de mi muerte.

Si de niño

jugaba a encontrar tesoros en el centro de la tierra

o gigantes criaturas y  grandes minerales en el espacio

y pintaba mapas en cuadernos cuadriculados

Qué diré de este amor de lápices de colores y papel mantequilla

Que nunca tuvo horóscopos, canciones ni peluches.

Qué diré de ese amor que pronuncia tu nombre y dibuja tu rostro

mientras me recoges una vez más,

como ayer, como en el cine matinal,

como en los sueños que nunca pude atrapar,

como la primera navidad o el último halloween.

Me recoges como antes y como hoy,

Leia Organa de Alderaán,

la primera, la única y la última de mis mujeres

y siempre vestida de novia.


Leia yo soy tu Han Solo

José Manuel Vacah

Los Hutt

son tacaños hasta en el orgasmo.

Tan jodidamente marros,

ocultan su placer con una grave codicia:

enfurecen,

babean como perros rabiosos,

un instinto de venganza

los incita al asesinato.

Poseen dos órganos sexuales:

su cerebro y su ano.

El primero es bastante activo

y el segundo es una ruta de difícil acceso.

La eyaculación sucede en su mente,

porque el acoplamiento entre estos bastardos

es imposible.

Jabba The Hutt, el más perverso y asqueroso

de los traficantes de la Galaxia

te ha secuestrado

y yo he venido a rescatarte.

Aunque la imagen de tu cuerpo en bikini dorado

me perturbe:

sucede, a veces, que la carga de mi pistola láser

se dispare antes de tiempo.

Así he dejado tuerto a más de uno

—y no lo digo para impresionar.

Se trata de una simple ecuación.

El amor se ramifica en tres,

por eso hemos pensado en tres manifestaciones de Dios

—aunque se da el caso que existan más.

Por eso hay tres soles en nuestra galaxia.

Por eso preferimos los tríos.

Por ejemplo,

amar es una acción encadenada que implica

una pérdida,

un secuestro

y un rescate.

En términos aristotélicos, por supuesto.

Qué se vayan al carajo,

los que opinen lo contrario.

O esencialmente, lo siguiente:

te secuestró un malnacido,

voy a rescatarte,

aunque ames a otro.

Esta es mi película.

Leia Organa,

eres el huracán en el corazón de un agujero negro.

La Fuerza está en ti,

ese ardor cósmico

me calienta hasta el delirio.

Quisiera entrar en escena y hundir mi pistola hasta el fondo

de esa grasa húmeda,

viscosa,

y palpitante.

Me refiero a lo que le haría a Jabba.

Soy débil, lo sé.

Tu valentía es amazónica.

Joder, cómo me excita que le rompas la madre

a todo aquel que intenta secuestrarte.

Para amarte aprenderé a ser digno,

a ser noble,

rebelde

y lo que tenga que ser.

Por ejemplo, yo seré la víctima.

Rescátame

—no sé si es la carbonita o qué diablos,

pero algo en mí se ha puesto muy duro.

Atrapado así, pienso en tu sexo

en donde se trenzan las tres dimensiones del espacio.

Tu pubis, una galaxia donde no existe el Imperio, ni el comunismo, ni la democracia.

Tu pubis, lluvia de estrellas.

Tu pubis, mi mano.

Si fuera yo un caballero Jedi

haríamos el amor de una manera salvaje y pura,

—te gustaría mi espada verde y dura como un árbol de plátano.

Pero lo impuro de mi cuerpo es lo que te atrajo de Han Solo.

Lo amas a él para entregarte a mí,

y como un simple fanático de tus estrellas rojas, de tus soles, tus lunas,

de tus planetas húmedos,

de la vida estelar que en ti habita como un impulso de tu piel,

acepto ser espejo de ese deseo.

Has venido a rescatar a Han Solo,

así dicta el guión,

y en la noche en que los héroes descansan,

hazle el amor a él,

ferozmente,

enloquecidamente,

tiernamente,

oh sí,

como lo harías conmigo.

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