Pensar en S

El ídolo más grande de la cultura pop de todos los tiempos está muerto; sin embargo, su influencia crece todos los días, no hay momento en que no sea citado, empleado para insultar o moralizar, funciona para explicar qué es lo que nos gusta tanto de esa serie de Netflix, invariablemente los amorosos suspiran en su nombre, la amistad se puede resumir en una de sus frases, los actores buscan consagrarse en su nombre, cineastas buscan hacerlo o parodiarlo, sin temor a la exageración, no hay obra en la que no se le haga referencia, rinda homenaje, o bien, sea posible encontrar algo de él… todo eso es William Shakespeare.

No importa si se le ha leído o no, como ningún otro escritor forma parte de nuestra vida, Isaac Asimov asegura que las obras de Shakespeare son tan importantes que sólo puede ser comparado con la Biblia por su influencia en nuestro lenguaje y pensamiento: “Shakespeare ha dicho tantas cosas tan supremamente bien, que siempre nos encontramos pensando en sus términos”.

Isaac Asimov asegura que las obras de Shakespeare son tan importantes que sólo puede ser comparado con la Biblia

Una búsqueda superficial en la red, permite acceder a los insultos elegantes o soeces del bardo inglés:

De no ser por la risa debería tenerte lastima. Enrique IV.

Ojalá fuésemos desconocidos. Como gustéis.

Tiene más cabellos que talento, y más defectos que cabellos, y más riquezas que defectos. Los dos hidalgos de Verona.

Conversar más con vos infectaría mi cerebro. Coroliano.

Vuestra virginidad engendra gusanos, tal como el queso. Bien está lo que bien acaba.

No eres más larga de cabeza a pies que de cadera a cadera, eres esférica como un globo en el que podría encontrar países. La comedia de los errores

Me arrepiento de los tediosos minutos que he pasado contigo. Sueño de una noche de verano.

Tu rostro es como febrero, lleno de escarcha, tormentas y nubosidad. Mucho ruido y pocas nueces.

flechitaDOS

Las posibilidades de agravios y burlas es larguísima, acaso sólo Oscar Wilde tenga la precisión venenosa de los dardos shakesperianos; y si de aleccionar se trata, puede tomarse cualquiera de sus dramas históricos para saber cuál es la combinación de cualidades necesaria que debe tener un gobernante ideal, como sintetiza W. H. Auden:

1) Debe saber qué es justo y qué es injusto. 2) Debe ser justo. 3) Debe ser suficientemente fuerte para obligar a aquellos que preferirían ser injustos a comportarse con justicia. 4) Debe tener la capacidad, tanto por naturaleza como por artificio, de conseguir que los otros le sean leales. 5) Debe ser el gobernante legítimo según el parámetro -sea cual fuere- que determine la legitimidad dentro de la sociedad a la cual pertenece.

Así como a la menor provocación calificamos alguna circunstancia de kafkiana o un actitud de maquiavélica, no falta quien describa como shakesperiano una puesta en escena para explicar el impacto que tiene en el espectador, caso reciente: House of cards y esos apartes con que Francis J. Underwood se dirige a nosotros, nos mira a los ojos mientras sacrifica al perro que acaba de ser atropellado:

Hay dos tipos de dolor. El bueno, el tipo de dolor que motiva, que te hace fuerte. Y está el otro dolor, el malo, el dolor inútil, el tipo de dolor que es sólo sufrimiento. Doy la bienvenida al primero. No tengo paciencia para el otro.

Underwood es Ricardo III, quien nos explica que para lograr su propósito aborda a Lady Anne para conquistarla, para hacerse de la mujer a la que acaba de matarle a su esposo, ella se encuentra frente al féretro de Enrique VI, Gloucester se le acerca y logra su cometido, se compromete con quién él hizo viuda, aún después de aceptar, mirándola de frente, que él fue el asesino. Lady Anne sale de la habitación donde está el ataúd de su esposo con un anillo de compromiso, y al final de esa escena, ya solo, Ricardo III, el jorobado y contrahecho personaje que acepta que no ha nacido para las travesuras del amor, ni fue hecho a cortejar un amoroso espejo, se revela, nos dice gozoso de su hazaña:

¿Fue nunca mujer de este modo pretendida?

¿Fue nunca mujer de este modo conquistada?

Será mía, mas por tiempo limitado.

¡Cómo! Yo que maté a su esposo y a su suegro,

la he ganado cuando más me aborrecía:

maldiciéndome su boca, ahogada en llanto,

ante el sangrante testigo de su odio,

teniendo a Dios, su conciencia y tanta traba

en contra mía; y yo sin más apoyo

que el diablo y mis trazas embusteras.

¡Y así vencerla contra el mundo entero!

¡Ja!

Nada lejano a ese desolador momento en que el personaje que encarna magistralmente Kevin Spacey explica que Todo es acerca del sexo, excepto el sexo. El sexo se trata de poder; y se intuye por qué lo shakesperiano, incluso para quien no conozca ninguna obra de Shakespeare; bien lo señala Italo Calvino en la definición que emplea en Por qué leer a los clásicos, dos argumentos de las 14 que enlista, la 2 y la 3:

  1. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
  2. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

¿Y no son esas las razones por las que los amorosos aspiran a ser como Romeo y Julieta? No importa que no conozcan la mala estrella de ese par de amantes, el trágico final del odio familiar entre los Montesco y los Capuleto, se intuye la pasión, la sinrazón con que el amante se abisma, sin importar que antes de conocer a la joven Capuleto, Romeo estuviera embrollado con Rosalinda; “Si el amor está ciego, el amor no puede dar en el blanco, / Entonces se sentará bajo un níspero / Y deseará que su amante fuera esa clase de fruta / Que las doncellas llaman nísperos cuando se ríen a solas. / ¡Ay, Romeo, ojalá fuera ella / Un níspero abierto y tú una pera poperin!” le dice Mercucio al muchacho Montesco, lo que no importa porque conocerá a Julieta y el flechazo será a primera vista, ella declarará exaltada su amor por Romeo:

Sólo para ser liberal y volvértelo a dar;

Y sin embargo sólo deseo aquello que tengo.

Mi botín es tan ilimitado como el mar,

Mi amor igual de profundo: cuanto más te lo doy

Más tengo, pues ambos son infinitos.

No importa pues que los enamorados no conozcan la obra o la versión cinematográfica de Franco Zeffirelli o la de Baz Luhrmann en que Leonardo DiCaprio y Claire Danes dan vida a los amantes suicidas, vislumbran que si un amor tan intenso es posible, es el de esa pareja.

Tal y como se percibe que para conquistar el mundo basta con un puñado de amigos, una banda de hermanos, que es como hace sentir Enrique V a su ejército, en la batalla de Azincourt, cuando los ingleses ya dan todo por perdido, mueren de miedo y no dejan de pensar en la desproporción de fuerzas con el ejército francés, Enrique V arenga a los suyos:

Nosotros pocos, nosotros los pocos felices, nosotros banda de hermanos;

Porque aquel que hoy derrame su sangre conmigo

Será mi hermano; por más vil que sea

Este día ennoblecerá su condición:

Y los caballeros de Inglaterra que están ahora en la cama

Se juzgarán malditos de no haber estado aquí

Estoy seguro de que siempre, todos, pensamos en los términos de Shakespeare.
Y sí, no es la definición mejor para la amistad, no es la entrañable descripción con que Montaigne se refiere en sus Ensayos a Étienne de la Boétie, esa en que “las almas se enlazan y unen una con otra por modo tan íntimo que se borra hasta hacerse indistinguible la línea de unión (…) Nuestra amistad no necesitaba de nada exterior, no se relacionaba sino consigo misma, no tenía en cuenta tal o cual consideración ajena, ni tres, o cuatro, o mil opiniones. Fue como la quintaesencia de muchas cosas reunidas, y, apoderándose de mi voluntad, la fundió en la suya con una espontaneidad y una llama que las hacía iguales. Nuestros espíritus se entendían, y nunca nos ocultamos nada ni separamos lo propio de uno y lo propio del otro”; que al repasar esa “extraña forma de amor” no está muy distante del momento final de Hamlet, quien prevenido por Claudio sobre la trampa a la que se encamina, le responde:

Desafiamos los presagios. Hay una especial providencia en la caída de un gorrión. Si ha de ser ahora, no será luego; si no ha de ser luego, será ahora; si no es ahora, sin embargo ha de llegar. Lo que importa es estar preparado. Y puesto que nadie sabe qué es lo que deja, ¿qué importa dejarlo pronto? Sea lo que fuere.

Hamlet es herido por la espada envenenada de Laertes, antes de morir logra matar a Claudio (quien usurpó el trono de su padre), en el suelo el príncipe de Dinamarca detiene a su amigo que desea morir con él: “Si en el fondo del pecho / alguna vez me acogiste, auséntate / un tiempo de la dicha, y en este mundo cruel / exhala con dolor tu aliento / para contar mi historia (…) Díselo / junto con los incidentes grandes y pequeños / que a ello me impulsaron. Lo demás es silencio”.

Más allá del momento sublime en que Hamlet refrenda su amistad o la certera definición de Montaigne, lo cierto es que la arenga de Enrique V sintetiza la emoción, eso que nos cruza por la mente cuando requerimos de los amigos para hacernos del mundo.

En este punto, resulta inevitable no hacer referencia a Harold Bloom, quien sostiene que Shakespeare inventó “el modo más aceptado de representar el carácter y la personalidad en el lenguaje”, simplificando, que el dramaturgo logro substanciar en sus obras la forma en que hombres y mujeres sentimos, somos, celamos como Otelo, nos corroe la envidia como a Yago, manipulamos como Lady Macbeth, nos invade el desconcierto como a Rosencrantz y Guildenstern, gozamos de la vida como Falstaff o nos pudre la avaricia como a Shylock… Creo que a eso se refiere atinadamente Bloom al asegurar que Shakespeare inventó lo humano, no tan lejano a lo que asegura W. H. Auden acerca de que la intención del dramaturgo fue sostener un espejo delante de la naturaleza; reflejo o invención, estoy seguro de que siempre, todos, pensamos en los términos de Shakespeare.

Looking for Richard from samarkkanda on Vimeo.


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