Ofrenda de Día de Muertos: festín de las imágenes de alcohol y las visiones del cráneo verde

Con pesadumbre, asumimos que el día de muertos en México es todos los días. Lamentablemente vivimos la prolongación de una temporada, en donde el dolor, el abandono y la tristeza se suman a nuestra carne como una esencia del ser mexicano. Identidad y tradición, el acostumbrado Día de Muertos viene a nosotros como un recordatorio, un presentimiento y una celebración. No perdamos de vista éste último carácter, ante todo somos el espejo de nuestras propias festividades. Honrar a nuestros difuntos es un acto de amor impostergable por la vida, entre el humo del copal, el olor de las flores de cempasúchil, la cerveza y las cañas de azúcar convertidas en cráneos. En esas mismas osamentas dulces, hemos tenido la visión de un ahogado, un desaparecido, un asesinado, un accidentado, el suicida, el espejo humeante de nuestros amigos, familiares y seres queridos que han partido de esta existencia terrenal.

En la ofrenda personal, también hay espacio para la poesía –las palabras en su curso hacia el Mictlán, que es silencio insostenible y perpetuo—, pongamos pues en el altar, junto a la sal y el agua algunos versos, como el recuerdo de que la palabra poética también es un acto de comunión con el otro mundo.

A continuación presentamos una breve ofrenda mortuoria de palabras provistas por el poeta chiapaneco Juan Bañuelos, para honrar a nuestros difuntos.

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Día de muertos

A Eliseo Diego

 

Tendido de espaldas sobre fríos esteros,

con mi mano retiro el sol más allá de mis labios.

Los pájaros de aire vespertino se refugían en un árbol que emigra.

No es la dulzura, no,

lo que oscila son las aguas de aquel clamoreo,

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allá en el fondo de los espesos bosques,

donde el pubis de hojas amarillas es una ciénaga

para el corazón de los muertos.

Nupciales esqueletos abren su boca de fósforo agudo

y sus voces son piedras para la urna de la primavera

que desciende sobre el archipiélago de sombras

rayadas como tigres (sostenidos andamios y postes de niebla

como cedros dormidos en el polo).

Aquella tarde fue un acuario donde los muertos

eran peces en un espacio de hojas tibias.

En la entrada, la pupila de un animal hundido

me hacía sangrar una gaviota negra,

el escarnio del viento arrancaba las vísceras del pueblo

cuando la vieja campana ardía de aire

y los húmeros de las flores la colmena del llanto sostenían

más allá de la garganta y la tierra.

(Los ojos del adobe aún vagan por la casa.

Oh memoria, sólo un instante danos para ver nuestros rostros.

Sólo un día de fogatas con mis muertos.)

Allá en la madrugada

la niebla era un perro palpitante, apretado,

y sobre las frías salinas de las tumbas

la noche pasaba como un pastor que hostiga sombras.

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Visión desde un cráneo verde

 

Cuando somos un instrumento peligroso

no parpadea la locura.

 

O amanecer en la fruta del día

y en la boca del diablo

es grave, porque esa fruta

se nombra soledad y sabe a pez despacio.

Una vez y otra vez somos fecha de alguien

que nos mancha de tiempo como una calendario.

Nos usan las palabras, nos usan los vestidos,

el triste rato de pensarnos;

nos ladra el mastín corpulento del miedo,

nos arrastran los mares cuando mueven sus brazos.

Somos la brasa, el amante que flota

lascivamente ahogado.

 

Algo muere en nosotros

cuando se apagan los astros.

Y es que a través del humo,

del cuervo espejo diario,

nos damos cuenta, al fin, por un largo cabello,

de que somos humanos.

 

Al pasar por la vida

¿qué sentirá aquel árbol desgajado?

**

Festín de las imágenes de alcohol

 

Cae en cámara lenta la sed de mi garganta.

Murmurios de cimbras recorren la ciudad

mientras gotea la noche y el ulular de una ambulancia

mueve las hojas de los árboles.

Cantizal de sollozos, cebollas de mercurio,

todo es lenta penumbra como una llave que se cierra.

Paseantes al amanecer me rodearon

las noticias inciertas, mi barrio y la ciudad donde vivo.

El día escombra sus rincones,

busco mi corazón debajo de un zapato,

llamo a la dueña de la fonda

y le pido que traiga una vasija de agua

para lavar el tiempo.

De niño me jalaron de los pies los muertos

(era un rábano largo de temores),

ahora participo en otra broma o en el abandono,

o simplemente apoyo mi brazo en la frente del suicida.

Esto es un juego que nunca aprenderemos,

sólo el lazo de cazadores en un bosque

(entre aquellos pulmones disecados

era el aire una sonora calavera

redonda como el seno de una hora

ceremonial e incorruptible).

Qué jugada:

El festín de las imágenes de alcohol

sobre la tabla dinástica del humo.

A la puerta del bar

se despide de nosotros nuestra sombra,

y pronto, de trago en trago, con mansedumbre caminamos

(ceremoniosas marionetas manipuladas desde el hipo).

Es un quehacer de ciegos en la oscura medusa del desastre,

un árbol de lisonjas puesto en pie como un domingo,

y esa lana de vergüenza que brota entre las cuerdas

de la estriada guitarra.

Mujeres instantáneas, perfumes disecados,

y mi sombra crepita en la espuma del vaso de cerveza:

Lucía es un cristal que tiembla,

Delia tiene la edad del vino

Y Ester lleva su falda quemada por los muslos.

 

Desciende el hilo sérico del sueño,

con una vara azafrán viene el espectro de mi padre:

…los mineros se ahogan… ¿qué se hizo la fragua…

y aquel cincel, mi favorito? Con una espina de maguey

te hiere el campo, hijo…     

Llena, entonces, mi copa la marimba

que es un árbol de música apretada,

sinagoga boreal llena de helechos.

(Los canoeros del río Grijalva me esperaron

en la ribera, y el agua brillaba en la barba del más viejo…

“…responso del olvido, fervor de aquel olvido

en el limo de nuestros labios”.)

 

Alguien llega y me jala. El cabaret humea.

Colgado de sus hombros

mi sombra me saca del alcohol,

y los dos –dúo mudo en un solo tallo—

jubilosos

recogemos la calle con ternura.

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