Colombia, Brexit y Trump: cuando votamos en contra de nuestros intereses

EDITORIAL EN TERCERA VÍA


Los miembros del Consejo Editorial de Tercera Vía apreciamos bastante los diversos mecanismos que ofrece la democracia directa, no para sustituir a la democracia representativa, sino para fortalecerla.

No por ello dejan de entristecernos los resultados del plebiscito que arrojó una derrota incontrovertible, aunque con un pequeño margen – 50.2% frente a 49.8%- que supone el rechazo de los acuerdos de Paz en Colombia. Es de señalar además que hubo un 60% de abstencionismo.

Para un país como más de 260,000 muertos, 45,000 desaparecidos y 6.9 millones desplazados es una muy mala noticia. Hay aquí un mensaje para la sociedad colombiana, otro para quienes se ubican en el campo democrático y uno más para las izquierdas.

El No como resultado obedece a diversas razones. Algunas tienen que ver con temas de coyuntura -destaca el abajo nivel de aprobación del presidente Santos, así como la fuerte presencia de un sector de derechas que es totalmente contrario a los acuerdos de paz- pero los motivos de mayor envergadura se relacionan con que en amplios sectores de la población urbana colombiana el resentimiento contra las FARC es enorme.

La derecha focalizó sus baterías en tres temas enormemente polémicos: la casi impunidad para los líderes guerrilleros, las seis lugares parlamentarios que serían asignados a las FARC sin elecciones en el Congreso, así como la considerable suma de recursos que se destinarían a facilitar el regreso a la normalidad de las tropas guerrilleras. Aún para algunos analistas, estos temas hubieran sido superados si la dirigencia de las FARC hubiera pedido perdón a la sociedad por sus actos –cosa que hicieron, pero demasiado tarde para influir en los resultados- y se hubieran comprometido a canalizar la fortuna que acumularon durante las años de la lucha guerrillera para ayudar a reparar el daño causado a las familias de sus víctimas.

Es un hecho que los departamentos que más votaron por el SI fueron los más afectados por la guerra. Por su parte, Antioquía -donde se asienta Medellín- y la base electoral del expresidente derechista Uribe votaron por el No. Algunas otras ciudades, como Bogotá o Cali, se decantaron con pequeños márgenes por el SI, aunque no fue suficiente.

En cualquier caso, para todos -especialmente en América Latina- la derrota de los Acuerdos de Paz en Colombia nos deja un mal sabor de boca. Deseamos de todo corazón que sea sólo temporal.

No es sólo Colombia

Mientras tanto, en Hungría, un gobierno proto-fascista –y lo decimos sin hipérbole- convocó a un referéndum vinculante para rechazar la política migratoria de la Unión Europea. Afortunadamente no alcanzó el 50 % de la participación electoral, pero el 40% de electores que sí votaron lo hicieron en mas del 98% a favor. Desde luego, no deben olvidarse los también sorprendentes resultados del Brexit, o la manera en que Trump destruyó al establishment republicano en las elecciones primarias de ese partido.

Se trata en suma de acontecimientos políticos de distinta naturaleza, aunque vinculados de alguna manera con la rabia y el enfado contra la clase política tradicional. No deja de ser paradójico que muchos de los beneficiarios de estos ríos revueltos son tan políticos tradicionales como los que se impugnan.

Estas expresiones de protesta son en el fondo una reacción contra la exclusión, la marginación y la desigualdad con las que ha operado durante más de dos décadas la globalización. En ese contexto, no hay que perder de vista el papel del cambio de patrones culturales en distintos temas valóricos, que provoca que subjetividades tradicionales se inclinen por narrativas que les prometen un regreso al pasado.

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Las paradojas de la democracia directa

Si el pecado populista consiste en creer que el “pueblo bueno” no se equivoca, el pecado elitista es achacar los resultados plebiscitarios a la estupidez del electorado.

Desde luego que los electores se equivocan y no es necesario recurrir a los casos extremos de Hitler o de Duterte en Filipinas para entenderlo. Pero el argumento no puede ser ni en contra de las elecciones ni de los diversos mecanismos de democracia directa. Es claro que no hay fórmulas mágicas. Hay que aceptar que quienes se presentan en las urnas pueden ser víctimas de espejismos autoritarios. Pero en el fondo el reto es construir una ciudadanía más informada y de alta intensidad en su participación pública. Las crisis de una democracia se superan con más democracia, no con su clausura.  

Posdata

 A la tristeza inicial por los eventos en Colombia sumamos una más: el acto de libertad que asumió el 2 de octubre el escritor, articulista y dirigente de 1968, Luis González de Alba.

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