Verbo dorado / carne violácea: Tres tesis sobre el lenguaje y la violencia en México

La violencia que vivimos nos rodea, como para devorarnos. Siendo tantos los posibles abordes, aquí me asomo a tres fases cruciales de su relación con el lenguaje: la literaria, la mediática y la corporal. Son tres superficies de inscripción, que van de lo que se escribe, a lo que se escucha, hasta lo que se calla en nuestro país. Entonces…a) problematizo la producción editorial organizada desde la experiencia de la violencia, b) rastreo la modulación del lenguaje presente en las curadurías del acto violento ofrecidas por los medios de comunicación, c) exploro los signos prohibidos que se articulan desde las diversas formas de tortura y ejecución de que se valen los cárteles, postulando un lenguaje escatológico y escindido.

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Literatura y violencia

En la vida cotidiana el ser humano enfrenta dos tipos de preguntas. Están, por una parte, las preguntas intelectuales, que estimulan la curiosidad e invitan a la especulación. ¿De qué están hechos los cristales? ¿Cuál es la edad del viento? ¿Habitan deidades en el agua? Aquí el pensamiento se deleita en sus propias posibilidades y convida al olvido de nosotros mismos en la navegación de sus corrientes. Por otro lado, existen también las preguntas dramáticas, que inquieren sin piedad ni complascencia. ¿Quién soy? ¿Puedo vivir sin los demás? ¿Me aman con la misma entrega con que yo amo? ¿Mi vida y mi muerte está en mis manos? En este caso, la angustia y la desazón se adueñan del corazón y no hay respuesta que no se lo juegue todo.

muertos sistemaComienzo por la postulación de éstas dos temperaturas del pensamiento como método para explorar la violencia en México, país que ya no podemos juzgar que atraviesa por una crisis: es crisis. La violencia que nos hemos conocido se manifiesta de manera omniprescente, impersonal y extrema; son esas particularidades las que le elevan a tema de interés universal, llamando, por un lado, a preguntas intelectuales: ¿Cuales son las causas eficientes de la violencia? ¿Podría ocurrir sólo aquí o en cualquier parte? ¿Es una cultura antiquísima el germen de la matanza de ayer? A contrapelo, las personas a las que la violencia les arrebató algún ser querido, o quienes, privados de la libertad por un cártel, se saben en la antesala de la tortura y la muerte, sólo pueden invocar una reflexión trágica, sobrepasada por preguntas dramáticas. ¿Por qué a mí? ¿Podría mi familia no sufrir lo indecible de haber tomado las precauciones oportunas? ¿Nos reuniremos en el más allá o un dolor sin término impregnará mi último aliento?

En la potencia de la primer pregunta podemos acudir a escritores contemporáneos mexicanos que han generado una producción literaria notable. Es el caso de Hugo César Moreno, Élmer Mendoza, Antonio Ortuño, Norma Lazo, Iris García Cuevas y Yuri Herrera -por citar a algunos- quienes permiten que su lenguaje, sus temas y sus personajes sean permeados hasta la médula por el contexto. La segunda pregunta ha encontrado eco en una ola de libros de índole testimonial y descriptivo, que se valen más de las herramientas del periodismo que de una historia novelada. Sergio González Rodríguez, Lolita Bosh, Daniela Rea o Marcela Turati son plumas que pretenden dar voz a las personas afectadas, instalándolas en el lugar de un narrador privilegiado.

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El niño que quería matar, de Lolita Bosch | Un libro acerca de la violencia…incluso en menores

Algo común a éstas dos expresiones es que se escriben primordialmente desde la violencia, por lo que existe una fuerte liga emocional con lo contado, mientras el relato se articula desde la óptica de las víctimas. Su narrativa acepta las dualidades: personas buenas y malas, sujetos inocentes enfrentados a narcotraficantes delirantes, políticos cínicos que subyugan a ciudadanos desposeídos. Poco o nada debe sorprendernos: el maniqueísmo es moneda corriente en climas desgarrados.

Hay que aceptar que son pocos los incentivos para trascender la rabiosa actualidad. Empero, abrigo el color de una escritura más desapegada, que se avoque a discutir sobre la violencia, tomando distancia crítica de esa realidad que cotidianamente nos acorrala. Si bien se trata de un hecho social enmarañado, puede demenuzarse, para superar lo anecdotario y cuestionar la manoseada ironía, que a su modo, ha servido a lectores y autores como escudo último ante el horror.  

A este punto las preguntas intelectuales se nos multiplican: ¿La violencia ha dado a luz una tradición literaria? ¿Se puede ir a caballo entre el valor testimonial del relato y la imaginación del autor? ¿Hay ocasión de examinar los recodos de la crueldad boyante sin diluir el lenguaje? Como vemos, las inquisiciones de la razón brotan al contacto. Si atendemos, por último, a las pesquisas de ese corazón atormentado que nos hereda la época, alzamos los dedos al aire para interpelar:

¿Cuantas personas se perdieron entre la comida y la cena?

¿Este hundimiento en el silencio es el veredicto de los muertos, y el peso que arrastran todas las palabras, su pronunciamiento en concilio?flechitaDOS

El lenguaje mediatizado y la violencia: Sátira, eufemismo y censura

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Gráfico: Jonathan Gil

La violencia mexicana es efectista porque busca proyectarse en lo público. Por ello, hay tres operaciones del lenguaje que se encauzan el tratamiento mediático de la violencia: la sátira infame, presente en la nota roja; el régimen eufemístico, establecido en el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia, así como la censura, implantada como sistema mediante el asesinato de  periodistas.

Empecemos por la nota roja, que está ligada desde sus orígenes a una naturaleza de tres puntas: la afición por la mordacidad -que hiere al horror, robándole una carcajada-, la imagen brutal y el redituable negocio del estremecimiento colectivo.

La primera plana de los diarios amarillistas es siempre una inconsecuencia que urge cómplices: al tiempo que las emociones de quien la observa se crispan, el ingenio de los titulares fascina, permitiendo tomar distancia de la violencia cotidiana, esa que se anuncia en un arco que va de la tragedia automovilística al vulgar homicidio.

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Sobre éste asunto Carlos Monsiváis hace reflexionar en “Los mil y un velorios”, su crónica de la nota roja en México. “Los encabezados de los diarios sensacionalistas son la fosa común periodística”. Monsiváis indaga en el tratamiento que en esas páginas se realiza de crímenes pasionales y de odio, los casos de asesinos seriales, los ajusticiamientos sórdidos, los delincuentes “metafísicos” o “artistas”, así como el fenómeno desatado por el narcotráfico, que masificó las muertes violentas. La tesis de fondo, como yo la percibo, consignaría: en la vorágine de la crueldad, la tinta roja de los periódicos sensasionalistas y la negra de los diarios formales se confunden.

Sirva esto como introducción para tratar el asunto siguiente. Los medios de comunicación “serios” no se han quedado al margen de la realidad, pero se valieron de una estrategia distinta: un pacto por el disimulo. En 2011, cincuenta directivos de los más importantes consorcios editoriales nacionales suscribieron el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia, un decálogo que establece un régimen del lenguaje basado en el eufemismo y el fingimiento . El punto dos, por ejemplo, insta a “No convertirse en vocero involuntario de la delincuencia organizada”. En este considerando, el novelista y periodista Héctor Aguilar Camín, señalaría: “hay que modular la información con rigor e inteligencia para que no atemorice”, pues “en México hay más personas asustadas que inseguras”.

Desde que inició la “guerra contra el narcotráfico” -¡hace ya una década!- la mayoría de los medios de información contribuyeron con sus coberturas a tres males públicos: la banalización del mal, la difusión involuntaria de los mensajes del narcotráfico y la criminalización de presuntos culpables. El decálogo del acuerdo podría verse como un correctivo a estas prácticas, pero es un despropósito por dos motivos: primero, dado que la violencia no disminuye, sino que sólo se limita su difusión, se crea la percepción de que los índices de inseguridad se recortaron, sin que sea necesariamente cierto. En segundo término, porque exige un tratamiento del lenguaje que atempere un horror que desnudo, no cabe ni en la boca ni en la página. Un grupo de firmantes del acuerdo bromearía al respecto: “¿Cómo le vamos a poner ahora?, ¿Dos decapitados con poquita violencia? No, decapitados por gente poco amable. Mejor, esa gente antisocial esparció las extremidades de la víctima, quien no sufrió.

Este aspecto es del mayor interés. En el mismo decálogo se abunda sobre que “los medios no deben utilizar el lenguaje o los términos de la delincuencia”. Así, se proscribieron palabras como si fueran las portadoras del mal: “levantón”, “cuerno de chivo”, “encajuelar”, “rafaguear”, “encobijar”, “plaza”, son términos que se utilizan para nombrar la experiencia de la violencia del narcotráfico desde la realidad popular, y que a partir de El Acuerdo han sido exiliados por decreto del ecosistema mediático. En lugar de decir que alguien fue “levantado” se enunciará que fue “privado de la libertad”. En vez de “cuerno de chivo”, se hablará de “AK-47”. No “se encontró el cuerpo encajuelado”, sino que “se halló sin vida al interior de un automóvil”1Se trata de sedar el impacto de una realidad cuya brutalidad hace masticar vídrios: el normalista Julio César Mondragón, estudiante de Ayotzinapa, en acuerdo al diario “Reforma”, fue asesinado. Para “El Universal”, desollado. Para el Ministerio Público de Igual, se trató de “una mutilación realizada post mortem por la fauna nociva que se encontraba en el lugar”. Para sus compañeros, “al Chilango le arrancaron el rostro y los ojos entre varios, con algo muy filoso, mientras estaba vivo”. .

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Un régimen político es un régimen del lenguaje. ¿Podemos rastrear el peso de las palabras en el marco de un acuerdo mediático que pone a jugar a ese lenguaje a favor de un sentido de seguridad sostenido por alfileres? ¿No se traiciona cuando da la espalda a la realidad que anuncia?

Si ya hemos referido el trastocamiento cáustico del lenguaje en la nota roja, así como la manipulación que padece por el régimen del eufemismo del pacto mediático vigente, quiero asistir a ese momento en que se cierra sobre sí mismo para preservarse.  

El contexto es de sobra conocido: México se ha vuelto el sitio más peligroso de América Latina para ejercer periodismo, mientras Veracruz es más letal para el oficio que lugares con guerras civiles como Ucrania, así como países en conflicto como Irak, Afganistán y Nigeria. Es más fácil que un reportero muera en manos de narcos mexicanos que asesinado por el Estado Islámico o Boko Haram. Es por eso que la censura editorial y la autocensura se han vuelto estrategias de supervivencia de los periodistas. El mensaje es el silencio.

En el periodismo, una palabra hace la diferencia
El periodismo es una expresión del lenguaje donde cada palabra cuenta. Su selección meticulosa cambian totalmente la percepción de los hechos públicos. Por eso, la violencia suele conducir al periodista a tres caminos distintos: el primero, la domesticación del lenguaje, que se muda a la complascencia, dando vueltas sobre los asuntos más irrelevantes. El segundo, abierto por quienes persisten, consiste en maniobrar significados para que no muerdan, con dobles y tripes sentidos. Sugieren, en vez de afirmar. Las hipótesis se presentan como generales, no como particulares. Remiten al pasado o al futuro, siendo el lector quien ha de sacar las conclusiones que conciernen al presente.  

El tercer caso es el del silencio pleno. Abandonar el ejercicio de la palabra para dedicarse a la carpintería o la plomería. Ser dependiente de una tienda familiar. Manejar un taxi. Concentrar las opiniones en el ámbito privado. Romper el lápiz. La muerte del lenguaje no está hoy en la pretenciosa literatura que juega a saltarse renglones, o en esas legiones de poetas que en la inercia de la tradición de la ruptura buscan el escándalo como una forma de publicitarse. Está en el periodismo, donde una palabra hace la diferencia, porque ahí el lenguaje se juega también en el nivel de la muerte.

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El lenguaje prohibido

Entramos al terreno de la negación absoluta y la desmesura. Su signo: la esquela cuticular de la violencia.

La violencia expresada en las ejecuciones ha creado una retórica de la atrocidad que solicita intérpretes, pero las preguntas que asaltan el corazón dispendian paisajes turbulentos: ¿Habita un lenguaje inneludible -por cotidiano- en las ejecuciones? ¿El cuerpo de una víctima es una hoja en blanco? ¿Las heridas infringidas son misivas selladas que sólo pueden desabrochar los ojos enemigos? ¿Se trata de una colección del horror que es necesario no fetichizar?

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Más allá del acto sacrificial de la destrucción de un rival, el cuerpo vejado perfila reglas de una hybris del lenguaje que se aloja en los vestigios de la víctima. Las traducciones posibles refieren una realidad donde los significados convencionales se ven sobrepasados y cruelmente desmetaforizados:   

Las preguntas se apelmazan en la frente: ¿Ha importar éste horror al mundo? ¿Desentrañar el lenguaje más extremo contribuye a las humanidades? ¿Vale llenar páginas infectas sobre algo que sería preferible olvidar para que se encienda la esperanza? ¿Además de ver la violencia en la calle, en la televisión, en internet…ahora se adueñará de los libros?

La literatura de la postguerra se vió perseguida por preguntas iguales: ¿Cómo contar la historia para que no se repita lo que sufrimos? Escribir resultó un despropósito, pues de hecho, las páginas donde denuncian las atrocidades padecidas ponen en marcha un desfile de horrores que se reproduce cada vez que son leídas.

¿Vale llenar páginas infectas sobre algo que sería preferible olvidar para que se encienda la esperanza?

Ahora se ven más claras las dos tentaciones que pueden secuestrar un texto, especialmente cuando se escribe desde la violencia y en clave creativa: en primer lugar, la de buscar enmendar lo que hizo mal el destino y crear un final alternativo a una tragedia, tramando así un consuelo pueril y terapéutico En segundo término, la de pretender que la escritura debe invitar a reflexionar e incidir socialmente. En las condiciones actuales, una iniciativa de esa naturaleza es una ingenuidad: ¿Cuál será el destino de un mamotreto rebosante de buenas intenciones en un país donde se lee menos de un libro al año?

Éstas circunstancias anuncian un lenguaje que es hipérbole sin confín. ¿Como guiarnos sin concesiones en sus grafías atroces? Necesitamos el ojo de Farabeuf. Habrá que recurrir a la escritura del desastre de Baudrillard, a Adorno, a Sade, a Bataille, a Walter Benjamin, a Foucault, a Mauss, a Girard…así como a“El blog del narco”, a Salvador Elizondo, al “movimiento alterado”, a la narco-literatura, a la nota roja, a Octavio Paz…

Lo que podemos adelantar es que presentimos una doble dimensión del horror verdadero: fascinación y responsabilidad.

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CRÉDITOS

Narrativa: César Alan Ruiz Galicia
Ilustración original: Jonathan Gil
Diseño web: Francisco Trejo

 

Referencias   [ + ]

1. Se trata de sedar el impacto de una realidad cuya brutalidad hace masticar vídrios: el normalista Julio César Mondragón, estudiante de Ayotzinapa, en acuerdo al diario “Reforma”, fue asesinado. Para “El Universal”, desollado. Para el Ministerio Público de Igual, se trató de “una mutilación realizada post mortem por la fauna nociva que se encontraba en el lugar”. Para sus compañeros, “al Chilango le arrancaron el rostro y los ojos entre varios, con algo muy filoso, mientras estaba vivo”. 
2. Guerrero Castorena, Trinidad, “Sobre las narco-ejecuciones”, P. 41, Instituto Cultural de Aguascalientes, 2014,
3. Guerrero Castorena, Trinidad, “Sobre las narco-ejecuciones”, P. 45, Instituto Cultural de Aguascalientes, 2014, https://www.academia.edu/9699390/Algo_sobre_las_narco-ejecuciones._El_cuerpo_como_discurso_objeto_de_poder
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1 comentario

  1. Avatar
    Johan Cortés
    22/09/2016 at 15:46 — Responder

    Muy buen trabajo. Lo voy a compartir.

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