El Noa Noa Style (o la maldición del intelectual)

Eran las 6 y 36 minutos de la tarde.

Saber que su comida familiar de domingo había sido arruinada le provocaba un gran fastidio, como venganza imprimió en la sintaxis de su artículo todo el odio posible del que fue capaz.
Nicolás borró aquella palabra escandalosa que estorbaba su prosa magnífica de intelectual consagrado en la pantalla chica. Se dio cuenta que era necesaria —la palabra precisa— y volvió a escribirla desde su iPhone 6 Plus rosa cromado. Saber que su comida familiar de domingo había sido arruinada le provocaba un gran fastidio, como venganza imprimió en la sintaxis de su artículo todo el odio posible del que fue capaz. Un odio sincero, por supuesto, porque ninguna otra emoción puede ser más honesta. Pero el odio cedió a la premura, y ésta se convirtió en una prosa flexible y vanidosa de la cual se sentía orgulloso. Es mi estilo, dijo con autosuficiencia de periodista cultural prolífico.

Sin embargo, el temor lo asaltó de pronto. Miró el retrato de Salvador Novo que ocupaba la parte central de su biblioteca. Los ojos de Chavita le sugirieron otra maledicencia, una que lo hizo ruborizarse. Por aquellos ojos de capulín pispireto, aprisionados por la lente de una cámara fotográfica, una consigna se le reveló: “hazlo Nicolasito, que el mundo arda con el roce de tu lengua. ¡Hazlo!”

Paladeó aquella palabra horrible en su boca mientras bebía una copa de vino –como siempre que escribía sus excelsos artículos domingueros.  Recibió un whattsapp –bendita tecnología— para advertirle que el programa especial sobre el fallecido ídolo popular todavía no estaba terminado. Era necesaria la presencia de un intelectual más que despachara la cultura pop (como si se tratara de servir refresco) a cuadro. Así que Nicolás mandó un mensaje a su amigo y maestro Luis González de Alba.

Luisito le fera? El mensaje recibió las dos palomas azules.  

El otro Luis (Paredes Pacho, o Pachito para los cuates) respondía –también por la app del teléfono verde— lo siguiente: Sus letras, todas, son infames pero su  música no tuvo escrúpulos. Pasó por encima de toda erección: eso es gay.  La idea le pareció interesantísima. Magnífico Pachito, dijo y rió estruendosamente con su risa grave, elegante y mórbida,  casi fingida, pero espontánea e intelectual. Inmediatamente llegó otro mensaje: *Corrección. Quise decir corrección. ¡Maldito autocorrector! Decidio incorporar a sus texto las ideas eróticas de Pachito.

Revisó su artículo una vez más, se dio cuenta que por primera vez no encontraba ningún dedazo inoportuno, por lo tanto se sintió satisfecho y tomó un puro de su cajón, antes de encenderlo disfrutó su olor. Encendió lentamente las hojas de tabaco, mientras retenía con placer aquella palabra perversa entre el humo: Nacas —y la palabra ahora era una voluta de humo que se convertía lentamente en aire.   

Pachito envió otro mensaje: ¿Te interesa algo verdaderamente camp? Hay un luchador llamado Pagano, que se hace llamar el Noa Noa Style, porque nació también en Cd. Juárez. Es un luchador extremo, sádico y masoquista que se pinta de payaso. Nada que ver con las lentejuelas.

Fuchi, respondió Nicolás. La lucha libre es para trogloditas. Los luchadores son capaces de usar las lentejuelas hasta en la máscara: ¡doble fuchi! Su interlocutor tecnológico decidió ignorar estos comentarios y continuó con el tema musical.

El último mensaje de Pachito llegó como una iluminación casi irónica: Cuando lo despojemos de su aura Televisa y del clasismo podremos escucharlo.

Tomó otro sorbo de  vino y comenzó una reflexión que lo condujo más allá de su vanidad. That is the question, se dijo (en la traducción segoviana, of course: De eso se trata) ¿Acaso también yo seré malinterpretado? Se preguntó con un terror existencial. Ahora soy director de TV UNAM, esto purificará mi aura Televisa. Tomó un llavero de los Pumas —un regalo tras su primera entrevista con el rector de la universidad— y comenzó a rugir. Tal vez el vino había comenzado a excitarlo. Los ojos de Chavita también rugían.

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El clasismo… Siempre tendremos esta duda primordial. El clasismo… La condición natural de la intelligentsia mexicana. Quienes se han despojado de este esencialismo es simplemente por una cuestión de blanqueamiento de imagen, lo que les interesa es que sus libros sean vendidos. ¡Hipócritas!

El clasismo… La condición natural de la intelligentsia mexicana.

¡Al diablo con la hipocresía!, gritó Nicolás y arrojó su copa de vino. El cristal se quebró en lo ancho de la pared. Mi artículo es el muro por donde harán pasar el camello de la opinión pública, rugió con desmesurado placer. Entonces pulsó  el ícono enviar del gmail,  el sub editor de Milenio recibió instantáneamente su columna.

La honestidad no es un privilegio de los intelectuales, es un castigo, se dijo con pesadumbre.
Pero Nicolás no se sintió feliz de su triunfo sobre lo políticamente correcto. La honestidad no es un privilegio de los intelectuales, es un castigo, se dijo con pesadumbre. El vino había comenzado a aletargarlo. Se ovilló en el sillón de su estudio, desde donde escribía la columna más famosa del periodismo cultural. Abrió el youtube desde el iPhone y seleccionó “J’suis snob”. Tomó una almohada y se cubrió el rostro. En la oscuridad otros ojos –ya no eran los dulces negros de Chavita— lo asediaban. Esta mirada pétrea lo increpaba: “cambia tu tono… cambia tu tono… cambia tu tono… o voy a destruirte”. Fuck you mister Ellroy, gritó con furia, éste no será otro fracaso, será mi consagración.

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