Guadalajara, Guadalajaras: de la marca ciudad a las ciudades invisibles

Tus ciudades no existen. Quizás no han existido nunca. Con seguridad no existirán más. ¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras?
— - Kublai Khan a Marco Polo en Las ciudades invisibles de Italo Calvino

Sabemos que la marca ciudad de Guadalajara lanzada por el alcalde Enrique Alfaro y el vídeo que la acompañan provocaron polémica. Pero ¿qué está en juego con la representación de una ciudad? Pues a estas alturas no podemos dejar la discusión de cómo las formas simbólicas se utilizan en favor de unos poderes o de otros: cómo la producción de imágenes entronca con una economía política del discurso.

Entre los comentarios a favor aparecen elogios a la producción de una “imagen integral y unificada” de una Guadalajara que estaba esperando una identidad como pegamento común. Esta perspectiva no da cuenta de la pereza creativa con que el vídeo reproduce un “paradigma de la torta ahogada”, donde Guadalajara es poco más que su catedral con forma de Batman y al mariachi reloaded en forma de músicos del momento.

Hay quienes critican que detrás de la belleza de los paisajes y sitios que se presentan ‒con excepciones como el puente atarantado‒, el video oculta las problemáticas que se viven en la metrópolis y sus alrededores: desaparición forzada, contaminación, inundaciones, desigualdad social. Otros responden que un video promocional no tiene por qué dedicarse a la denuncia. Puedo coincidir, pero es muy distinto no denunciar que utilizar como un bonito maquillaje a quienes suelen ser marginados y vulnerados.

Me refiero a quienes aparecen muy campantes en el Teatro Degollado, cuando el racismo y el clasismo pocas veces permitirían que un indígena habite ese y otros espacios. Pero también podemos plantear algo similar sobre los paisajes fuera de Guadalajara que aparecen ahí con todo su esplendor. Como señalan estudiosos como Joan Martínez Alier, la ciudad-centro extrae recursos de su alrededor y a cambio le devuelve externalidades negativas. Así sucede con la contaminación del río Santiago, que en otros tiempos nos habría prestado con gusto la cascada de Juanacatlán para cualquier video turístico.

Entonces esta oportunidad para complejizar nuestro abordaje a la ciudad se convierte en una reducción muy comodina y abusiva de ella. Poco tendría que ver el mosaico colorido que se teje y desteje aquí con la peligrosa homogeneización que implica la unificación en una identidad, que es más cercana al nacionalismo chayotero de un himno que a muchas no nos mueve ni un pelo. ¿No sería más provechoso pensarnos en las afinidades de facto y en las articulaciones posibles? ¿Quién necesita producir una marca-identidad?

Podemos leer en este cariz las palabras de Micro en Guadalajara, derechos reservados:

A las marcas las asociamos con consumo, competencia y mérito. El que no pueda, no consumirá su ciudad cuando antes se trataba sólo de vivirla. Lo que sigue es el desplazamiento del otro, los que son invisibles, los que serán “indeseables” para el turismo, que es la principal apuesta con esta campaña. Si es bastante complejo que una identidad nos englobe a todos, mucho menos una marca.

Insertarnos en el discurso de una ciudad como “marca”, nos mete al juego -que ya empezó, cuyas reglas ya están impuestas, cuyos rivales están fuera de nuestra liga- de ponerle poquitos dueños a todo lo que generan las industrias creativas. Las marcas se registran y se explotan por unos pocos. Las marcas distinguen a quienes las portan y excluyen a quienes las rechaza, y no necesariamente porque no le gusten, sino porque sencillamente están fuera de su alcance.

Sin embargo, también hay quienes opinan que éste es “un proyecto que la ciudad necesita”, pues “la grandeza de la segunda metrópoli más importante del país estaba huérfana de identidad, una identidad que mediante la música han logrado fortalecer New York, con Frank Sinatra, Italia o Paris”.

Estas comparaciones aspiracionales celebratorias de Alfaro siguen la línea que él mismo trazó en la presentación al incluir el video del I am sterdam. El alcalde argumenta que al agregar una “i” al nombre de la ciudad se creó todo un concepto, y parece importar esa estrategia a nuestra iGuadalajara. ¡Ay, Guadalajara! Se trata de un discurso capitalista y colonial que nos invita al tren del progreso y al “mundo global”: cómo ahora que sí hay voluntad política (Alfaro dixit), estamos dando un paso necesario. Lejos queda nuestra entrada al primer mundo con Salinas de Gortari y la firma del TLCAN…

Poco tendría que ver el mosaico colorido que se teje y desteje aquí con la peligrosa homogeneización que implica la unificación en una identidad, que es más cercana al nacionalismo chayotero de un himno que a muchas no nos mueve ni un pelo.

Mientras tanto, Alfaro ilustra su presentación citando a Italo Calvino: las ciudades “son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje […]”. Esto coincide con la perspectiva que algunas abrazamos siguiendo Las ciudades invisibles: que las ciudades no están hechas de edificios y de calles, sino de miedos y deseos. De afectos que en Guadalajara explotaron con sus calles en el 92, o que temblaron de miedo en las represiones de mayo 2004 y diciembre 2012. Pero también de deseos que se articulan en movimientos ciclistas, feministas, de diversidad sexo-genérica; en los dolores y esperanzas de quienes bordan por la paz y quienes buscan a sus hijos desaparecidos en todo el estado. Más que unificarse en una identidad, estos movimientos han señalado otras formas de vida posibles: otras ciudades posibles.

Pero al final parece que Alfaro no ha leído muy bien a Calvino o no ha querido hacerlo, cuando dice que “una marca ciudad es captar la esencia de una ciudad y condensarla en un símbolo de identidad”. A lo lejos, Marco Polo pareciera responderle:

En Maurilia se invita al viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas postales que la representan como era […] Ocurre que para no decepcionar a los habitantes, el viajero elogia la ciudad de las postales y la prefiere a la presente […] Hay que cuidarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.

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