Elogio del chisme: la crónica en México

Para ser un buen cronista, hay que meter la nariz en todos lados. Recuerdo que una idea semejante nos decía un profesor de Filología sobre el arte de la crónica en México; arte que, por supuesto, tiene mucha relación con la gramática histórica. Para este profesor, ser un gran chismoso era una característica esencial a los grandes cronistas. Como ejemplo, escribía dos nombres en el pizarrón que bastaban para no contradecirlo: Salvador Novo y Carlos Monsiváis. A la muerte de éste —el profesor aseguraba— la crónica en nuestro país no volverá a tener la misma altura. Vicente Quirarte es tan poco chismoso para declarar que ya nadie puede ser llamado El Cronista de la Ciudad. Tiene razón, no hay nadie tan entregado a la actividad del chisme como para ser considerado el gran cronista de una de las ciudades más grandes del mundo (como se congratula en declarar todo mexiqueño [sic.]), necesitamos al menos un ejército de cronistas para narrar las vicisitudes de la urbe.

La tradición de la crónica en nuestro país es tan vasta y tan prolífica que existen más cronistas en el olvido que poetas, y esto es ya decir mucho. Nuestra ciudad es una de las más caóticas del orbe, a nadie le queda duda, pero para narrar este caos una lucha sangrienta se suscita a cada minuto en cada periódico o plataforma digital: la ‘crónica literaria’ y la ‘crónica periodística’ se enfrentan a dos de tres caídas en un combate a contrarreloj, la lucha es encarnizada (se vale de todo) pero bien vale la pena, se pelea por refutar el tiempo, conseguir la inmortalidad de los hechos. Desde el siglo XVI, tanto los “cronistas oficiales” como aquellos que sólo les gustaba practicar la vagancia, se han dedicado a darle lustre al oficio. El siglo XXI ha sido más benevolente con la crónica: ahora hay más personas ávidas de chismes que escritores que quieran narrarlos. Pareciera todo lo contrario pero no es así, en este tiempo vertiginoso del celular en ristre, la gente sigue apreciando a los buenos cronistas, no es lo mismo una foto captada por el móvil que un puñado de palabras en el mejor orden posible. Por supuesto que es posible lograr una crónica en 140 caracteres, pero un tuitazo está destinado a perecer en cuestión de minutos, las buenas crónicas duran mucho más que eso.

Juan Villoro aseguraba que la mayoría de las veces, el escritor de crónicas está sometido a un dilema: “la crónica es la encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje”. Para muchos cuentistas y novelistas escribir crónicas era una buena forma de salir de un apuro económico. A partir del siglo XX, ser un cronista ya no significaba evidenciarse como un narrador arrepentido. Con el desarrollo del periodismo digital las condiciones han cambiado bastante: la velocidad con que los medios especializados necesitan publicar crónicas, reportajes y artículos hacen que un buen redactor de crónicas sea más cotizado que un guionista de telenovelas. Una crónica lograda es literatura bajo presión, pero la presión se hace cada vez más fuerte con cada minuto que se extingue. Los acontecimientos son olvidados demasiado pronto, actualmente a nadie le interesa leer los hechos que tuvieron lugar ayer, los usuarios de Facebook buscan las crónicas de los eventos que sucederán mañana.

Sin embargo, lo anterior es sólo una ilusión dramática. Si hay algo que ha producido Facebook en demasía son lectores. Ávidos lectores de cualquier cosa, desde la mierda más interesante hasta la aburrida literatura. Para satisfacer esta necesidad el ornitorrinco de la prosa (Juan Villoro llamó así a la crónica por su carácter híbrido) crea otra paradoja: “Al absorber recursos de la narrativa, la crónica no pretende ‘liberarse’ de los hechos sino hacerlos verosímiles a través de un simulacro, recuperarlos como si volvieran a suceder con detallada intensidad”. Esto lo podemos trasladar a un conceptos actual, la crónica es el equivalente en la literatura a lo que Facebook provoca cuando te recuerda una publicación de hace 3 años. Si el modelo económico del mundo te obliga a olvidarlo todo, la crónica se erige como un estandarte de protesta. La violencia en México ha producido a una nueva generación de grandes cronistas, periodistas que ponen en riesgo su vida al preservar hechos que el gobierno hará olvidar.

El reto de la crónica será entonces vencer al tiempo y al poder.

PD: El martes 5 de junio se llevará a cabo una mesa de Crítica y Pensamiento sobre Los aspectos literarios de la crónica en México, a la que están todos invitados. Los detalles aparecen en la siguiente imagen.

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