Que caiga esa lluvia fina: Coral Bracho

La lluvia posee una presencia enigmática y perturbadora. En la CDMX, la lluvia también tiene un carácter cruel y despiadado. Por supuesto, existe la otra cara: la fecundidad, la belleza, la ternura, lo alegóricamente compasivo de cada gota, lo hipnótico, ese matiz que obliga a la contemplación. Somos peces de piel fugaz —diría la poeta mexicana Coral Bracho—, animales cuya sensibilidad está basada en la contingencia. Los chilangos (o mexiqueños), y los habitantes del Edo. Mex. (que no se salvan de la entropía), estamos habituados a la fugacidad; por ejemplo, la podredumbre del aire, que de tan fugaz se ha vuelto permanente. Me refiero también a la capacidad de la lluvia para irrumpir, para transformar un día soleado en cuestión de minutos. Si no sabemos escuchar al viento, saldremos de nuestros hogares con huaraches en lugar de botas. Todo en el mundo son pautas a seguir, advertencias. Que caiga esa lluvia fina:

En esta oscura verdad
que abre sus mantos y sus ebrias mareas para protegernos,
que abre sus alas tristes para ahuyentarnos,
para decir que sí,
que caiga esa lluvia fina frente al umbral;
que caiga como aleteo, como irrupción brevísima.

Como un mensajero que, empapado y ardiendo en fiebre,
viene de lejos.
Trae los pliegos, trae las palabras.
Pero el dibujo de la lluvia se extiende
y no deja oír. No deja ver
lo que está sucediendo. Y es que
lo que se acerca,
lo que nos habla
y nos agarra de los hombros con fuerza,
lo que nos grita y nos sacude es la lluvia,
es el confín que se desdibuja.

Tiritamos, ardiendo, frente a esa puerta,
frente a ese puente levadizo que nadie baja.
Nadie se apresta a oír.

Esta verdad oscura, esta oscilante levedad
como el murmullo de un sinfín de murciélagos,
todos tanteando,
todos brotando a un tiempo en las despiertas
galerías de la sangre, todos tratando
de salir de las torres.

Para decir que sí,
que caiga esa lluvia fina contra el umbral,
que caiga sobre los muros;

que los vaya borrando.

En estos días de lluvias anticipadas, es necesaria una lluvia fina. Estamos ante el umbral de la derrota, la naturaleza herida multiplica su venganza: llueve como una resignación. Vendrán lluvias peores en la época adecuada.

La lluvia ha sido un tema explorado por infinidad de sensibilidades poéticas a lo largo de la historia del ser humano. Muchos poetas han escrito sobre ella. Pero dentro de la tradición literaria, nadie ha poetizado a la lluvia como lo ha hecho Coral Bracho; la razón es simple: porque su poesía no tiene antecedentes, ni en español, ni en ninguna otra lengua. “Por eso mismo carece de un equivalente crítico: no se han inventado o formulado los cánones para su valoración”, señalan los expertos.

A decir de la crítica literaria, el universo poético de esta autora —nacida en la Ciudad de México un 22 de mayo de 1951— resulta hermético, complejo, abundante en códigos difíciles de descifrar. Es una poesía tanto reflexiva como sensitiva, que a través de estos dos aspectos se propone el goce emotivo e intelectual (elementos que en sus poemas no están disociados). “Leer un poema de Coral Bracho es una experiencia parecida a la de entrar de pronto en un lugar sombrío y húmedo. El primero de los sentidos que resulta afectado es la vista, pero casi de inmediato lo es el tacto: sinestesia instantánea.”, advierte David Huerta. Se puede leer su poesía sin comprender el sentido de cada verso, disfrutando la incertidumbre. Es una lectura que no agobia, semejante a la música.

El ritmo en la poesía de Bracho es un sonoro goteo sobre la piel. La lluvia es un encuentro erótico entre lo mineral y lo sagrado, entre lo animal y lo cósmico, entre el hombre y el agua, origen de la vida; en este abanico de posibilidades la humedad ahonda en el origen del lenguaje y del deseo. Lo erótico que determina lo real. La poesía que, al igual que la lluvia, purifica. La poesía de Coral Bracho produce el mismo rumor del agua, una melodía secreta que se impregna en el cuerpo, como un susurro cósmico.

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