Trump y su inútil muro antidrogas

Donald Trump se ha convertido en una de las figuras políticas norteamericanas más polémicas de los últimos años. Su retórica agresiva y políticamente incorrecta le han otorgado el apoyo de un sector importante de la población de los Estados Unidos. Una de las propuestas que más seguidores le ha dado ha sido la creación de un muro fronterizo sobre los más de 3 mil kilómetros de frontera con México, con el objetivo de limitar tanto el paso de migrantes como el trasiego de drogas hacia USA. 

El candidato republicano argumenta que los cárteles mexicanos son los principales responsables de las altas tasas de consumo de drogas en su país.

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Estados Unidos es el lugar en el mundo que más drogas ilegales consume. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional en el Abuso de Drogas, alrededor de 24.6 millones de personas del país vecino prueban algún tipo de droga ilegal mensualmente. Esta cifra representa al 9.4% de la población norteamericana. Hasta 2013, las drogas que más se consumían en aquel país eran la marihuana (24.6%), drogas prescritas (6.5%), cocaína (1.5%), alucinógenos (1.3%), inhalantes (0.5%) y heroína (0.3%).

 

La compra de diversas drogas, sin embargo, no ha sido constante a través del tiempo en aquel país. Por ejemplo, la cocaína experimentó una disminución en el consumo del 36% entre los años 2000 y 2013. Mientras que a inicios del Siglo XXI existían en USA alrededor de 2.4 millones de personas adictas a esta droga, para el 2013 el índice disminuyó a 1.5 millones.

Es importante señalar que la conducta de los consumidores normalmente se encuentra determinada por el precio del producto. Con base en la información de la DEA (Drug Enforcement Agency), desde 2006 hasta 2015 el precio de la cocaína se ha incrementado en un 100%.  El aumento del precio se debe principalmente a los esfuerzos de los gobiernos de Estados Unidos, Colombia, México, Perú y Bolivia por reducir las plantaciones de la hoja de coca.

La tasa de dependecia de heroína ha aumentado en la última década, ligado a la reducción de plantaciones de la planta de coca
Estas alteraciones en el mercado de la droga, al contrario de lo que se podría pensar, no reducen el consumo. Lo que termina ocurriendo en su lugar es que el mercado se desplaza a substitutos para remplazar los productos que experimentan variaciones en sus precios. Mientras se ha mantenido el alto costo de la cocaína, la heroína ha reducido su valor a la par que aumenta su consumo.

Con base en cifras de PEW Charitable Trusts, la tasa de dependencia a la heroína por cada mil habitantes se incrementó de menos de 1 en 2002 hasta llegar a más del 2.5 en 2013, lo que equivale a poco más de 300 mil adictos a esta droga en los Estados Unidos. Para 2013 esta cifra se había duplicado al doble, causando una escalada de muertes por sobredosis de heroína en un 286%.

Un aspecto importante de esta “epidemia” en el uso de heroína en los Estados Unidos es la geografía del consumo. La región del país que más problemas tienen es el “Midwest”, que se conforma por estados como Iowa, Nebraska, Kansas, Illinois, etc. Cabe resaltar que en una gran cantidad de estos estados Donald Trump ha ganado ya las elecciones primarias o cuenta con un alto porcentaje de seguidores.

Las principales víctimas de la heroína son hombres blancos y jóvenes
En términos demográficos, el perfil que es más propenso a adquirir adicción a la heroína es el del hombre blanco, de entre los 15 y 25 años de edad, de clase media en descenso. Un dato revelador es que en el 2000 el grupo con mayor presencia de muerte por sobredosis de heroína eran los afroamericanos de entre 45 y 64 años de edad, pero ahora este sector ha sido sobrepasado por los blancos de la misma edad.

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El aumento en la demanda de heroína ha generado que bandas mexicanas del crimen organizado enfoquen su producción de drogas hacia la heroína. De acuerdo con la Evaluación Nacional de las Amenazas de las Drogas de 2014 realizada por la DEA, México es el país que produce la mitad de heroína que se consume en los Estados Unidos. Desde 2008 hasta 2014, la elaboración de esta droga en nuestro país se ha intensificado en un 39%. Este crecimiento se puede corroborar en el aumento de los decomisos de pasta de opio, que se elevaron en un 500% entre 2013 y 2014, mientras se multiplicaron en un 42% las incautaciones de heroína.

El incremento en el abastecimiento de heroína en los Estados Unidos ha generado una disminución en el precio de esta droga. Hoy en día se encuentra en el mercado en un costo de $9 dólares la dosis, de acuerdo con la Administración de Servicios de Abusos de Substancias y Salud Mental de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, los obstáculos para obtener esta droga han disminuido de manera considerable debido a su amplia oferta. Con base en una encuesta realizada por esta misma institución, los jóvenes entre 12 y 17 años de edad que dicen que la heroína es muy difícil de conseguir disminuyeron de 15.8% en 2002 a 9.3% en 2013.

Este escenario contribuye a que el candidato republicano Donald Trump enarbole la bandera de la erradicación del consumo empezando por los países productores. Percibiendo como problema la oferta y no la demanda de drogas, Trump ha visto como buena política de salud y seguridad construir un muro que “impida” el tráfico de drogas, especialmente de heroína, hacia los Estados Unidos. Sin embargo, reducir el problema del consumo de drogas a la oferta o hacia la parte productora no ha resuelto el problema de drogadicción desde el inicio de la “Guerra contra las Drogas” de Nixon en 1971, debido a la incomprensión de las particularidades de éste mercado.

Cabe destacar que la heroína no ha sido la única droga cuyo consumo se ha incrementado en los últimos años. Los medicamentos elaborados con opio se han convertido también en una gran amenaza para la salud de los habitantes de los Estados Unidos. De acuerdo con cifras del gobierno de los Estados Unidos, el 5% de la población norteamericana consume el 75% de los opiáceos de todo el mundo. Es decir, en los Estados Unidos más de 52 millones de personas mayores a los 12 años han utilizado opiáceos sin alguna prescripción médica. El consumo de este tipo de drogas legales en Estados Unidos se distribuye entre tres categorías: analgésicos (5.1 millones de consumidores), tranquilizantes (2.2 millones de consumidores) y estimulantes (1.1 millones de consumidores).

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Un grave problema de los opiáceos es que produce un daño equiparable al que ocasionan drogas como la heroína
La tasa de muerte por sobredosis en opiáceos pasó de menos de 1 por cada 100 mil habitantes en 2002 a más de 5 en 2013. Esta cifra supera por dos puntos la tasa de defunciones por abuso de heroína.  El uso de opiáceos ha superado también al de drogas como el alcohol y la marihuana. El porcentaje de personas que utiliza este tipo de drogas legales en los Estados Unidos es de 45%, ante un 36% de alcohol y 25% de marihuana. Este incremento impactante en el consumo se debe a la facilidad con la que un doctor puede elaborar una prescripción para su compra. De acuerdo con una encuesta realizada por el gobierno norteamericano, más del 50% de los jóvenes que utilizan este tipo de drogas la obtienen del botiquín de sus padres.

Un golpe a la producción de un tipo de droga, solamente desvía la demanda hacia otro tipo de drogas.

Es evidente que el consumo de drogas se adapta ante el aumento de precios o la dificultad de obtener las substancias. Ante la conducta de los consumidores de droga de los Estados Unidos, el proyecto de Donald Trump para terminar con su consumo está destinado al fracaso. No solamente un muro en la frontera con México afectaría seriamente las relaciones bilaterales entre ambos países, sino que no lograría reducir los niveles de drogadicción en aquel país. Como puede apreciarse en el caso de la cocaína, un golpe a la producción de heroína solamente desviaría la demanda hacia otro tipo de drogas, tanto ilícitas como legales. Aún más, en el caso de que un muro lograra impedir el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos desde México, se abriría la oportunidad a bandas del crimen organizado de otros países para comenzar a producir y enviar drogas al mayor consumidor del mundo.

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El testimonio*

*Jessica Hamilton creció en el Sur de Estados Unidos. Hoy vive en el Noroeste, estudia desarrollo económico y tiene un perrito que es su más fiel compañía.

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La primera vez que usé heroína tenía 16 años. Estaba en la casa de una amiga, una noche que su mamá trabajó hasta tarde. Otros chicos, más grandes y con mayor experiencia, nos dieron las drogas y las agujas a cambio de otras drogas, y luego nos ayudaron a inyectarnos. Me enfermé mucho. No podía moverme sin vomitar. Aún así, la ausencia total de sentir hizo que valiera la pena.

¿Por qué alguien que tenía todo buscaría la aniquilación total?

Viví en una casa bonita de dos pisos, en un suburbio de la clase media en Atlanta. Tuve los privilegios que ofrece tener la piel blanca. Era sana, nunca me habían pegado, no sufría hambre. Aún así, busqué desesperadamente escapar, no importando la forma.

Pienso que si quieres entender el aumento del uso de heroína en los suburbios de Estados Unidos, tienes que entender la naturaleza de la vida suburbana del siglo veinte. Una casa con céspedes grandes, estacionamientos amplios, arquitectura en réplica exacta. Comunidades cerradas con nombres absurdos como Windhaven, Springfield, Birch Station, diseñados para calmar y atenuar. Sociedades intencionalmente dependientes del petróleo, requiriendo un coche para cada mandado. Las banquetas son escasas, así como el transporte público (en el suburbio donde me crecí, la estación más cercana de bus me quedó a más de 15 kilómetros, totalmente inalcanzable para una joven sin coche).

Fotografías enviadas por Jessica Hamilton

Sin nada que hacer, y sin dónde ir, lo pasé corriendo salvajemente dentro de los estacionamientos de oficinas abandonadas, metiendome a casas en obras, soñando con un escape. Eventualmente, me di cuenta que era más fácil encontrar drogas que transporte a la ciudad.

Muchos adolescentes estadounidenses se familiarizan con drogas farmacéuticas, jóvenes e incluso niños. A muchos de mis amigos les dieron Adderall a los 10 años. Yo misma empecé a tomar Prozac para la depresión a los 12. Aprendimos muy jóvenes que los medicamentos son una forma legítima de cambiar emociones no deseadas y de modificar comportamientos. Los narcóticos recreativos nos parecieron el siguiente paso razonable para mitigar el dolor psíquico del aburrimiento incapacitante, desórdenes alimentarios, el divorcio, bullying sin cuartel, y una serie de miserias acumulados en nuestras vidas adolescentes de mierda.

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Los programas de D.A.R.E. de los 80´s de la administración de Reagan no hicieron nada para asustarnos sobre el consumo de drogas, al contrario: yo y la mayoría de mis amigos sabíamos que tomaríamos drogas tan pronto como fueron disponibles para nosotros, y no había una droga más grande ni más formidable que la heroína.

Para mi, la heroína simbolizaba a Sid y Nancy, a Johnny Thunders, a los personajes de la fábrica de Warhol, el legado del hotel Chelsea y todos los íconos punk de Nueva York que adoraba. Veo ahora que tan ingenua fue esta idea, pero a la vez fue un factor motivador para mí. Quise acercarme a mis ídolos e ir más lejos de la geografía donde me encontraba. Me aislé demasiado para entender realmente el caos que la heroína causaba en las vidas de mis héroes, y eventualmente, de los que me rodeaban.

No había una droga más grande ni más formidable que la heroína.

Al final fui afortunada. Logré abandonar a mi adicción de manera relativamente fácil cuando cumplí los 18 años y pude salir de casa. Muchos de mis amigos no tuvieron tanta suerte. Muchos acabaron en la cárcel, pasando más tiempo en los Bluffs (un barrio de Atlanta de dónde provenía la heroína antes de llegar a los suburbios) que en su casa. Otros murieron de sobredosis. Algunos se suicidaron. También hubo los casos de quienes tuvieron suerte y se fueron.

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Muchas veces me he preguntado por qué yo fui de las que tuvo suerte, que escapó sin efectos físicos debilitantes, una sentencia criminal, o la ruina total. No fui mejor que los que no lo lograron. Si pudiera regresar en el tiempo, me diría que tan ignorante y consentida realmente era, que en unos cortos años tendría la posibilidad de ir a cualquier lado y hacer cualquier cosa que quisiera. Ahora tengo una vida sobria, en una ciudad al otro lado del país. Casi todos los días me despierto y pienso que todo lo bueno es posible.

Con la heroína, nada bueno pasará.

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Créditos

Narrativa: César Alan Ruiz Galicia
Traducción: Kate Oliver
Diseño Web: Francisco Trejo
Ilustración original: Jonathan Gil

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