¿No tenemos miedo?

Desde la trágica noche del 26 de Septiembre del 2014, una consigna se hace presenten en cada acto de las madres y los padres de los 43 desaparecidos, pero sobre todo desde las voces de aquellos que perdieron a sus hijos a manos del Estado en Iguala Guerrero: ¡Ya no tenemos miedo!

Cada que escucho estas palabras me calan en lo profundo, entiendo el punto desde donde provienen, en donde ya nada queda por perder, en donde el vacío institucional arranca a la sociedad toda esperanza y no solo abandona sino que asesina y desaparece a quienes le dan soporte. Pero yo parto de la franqueza y aunque quizá pertenezco a los millones de ciudadanos que han sumado esfuerzos [en mi caso muy pequeños] para la construcción de una sociedad justa, también soy de aquellos que atemorizados se preguntan cada día si vale la pena continuar esta resistencia que parece inútil.

Y ese miedo no viene solo, se acompaña de la rabia, de la indignación, de la cotidiana tristeza. No es para menos, actos barbáricos se cometen a diario en esta región y aun así nos retumba el sonido de las bombas que caen a miles de kilómetros; nuestros desaparecidos, nuestras muertas, se suman a los delicados cuerpos que esparcen las tropas del primer mundo. Bombas que caen con la ignominiosa indiferencia de las mayorías, cuerpos que cuelgan y son vistos como lo común.

La violencia exacerbada nos ha llevado a un escenario aterrador, donde el camino más transitado es el de anular la empatía para contener el sufrimiento. ¿Si hemos normalizado la muerte de la especie, cómo podríamos sentir la derrota de lo ajeno? Muchos, no los suficientes, salen a las calles a detener el atropello a nuestros cuerpos, pero muy pocos se suman a la defensa de lo que nos sostiene: todavía reservamos unos minutos a la hora de la comida para exclamar un leve pesar por nuestras hermanas, pero difícilmente entendemos las brutales consecuencias de un ecocidio y mucho menos sentimos la fragmentación de lo humano cuando la víctima es el arte [no en las obras individuales vistas como daño colateral, sino en la guerra que destroza los valores que guiaban la expresión humana antes del mercado neoliberal]. ¿Pero entonces, ante este escenario desolador, qué es lo que mantiene nuestro andar? ¿Cómo seguir si para Ser y rescatar lo humano es necesario sentir?

Esas grandes guerras se suman a los pequeños combates que desatamos para validar nuestra falta de compromiso, las ideologías que nos encierran y empujan a la negación del otro, que es a la vez la negación de nosotros mismos. La gran tragedia es que esa gran maquinaria de muerte y despojo, se sostiene desde la aceptación social de la política del odio y desde ahí nos convierte en cómplices si desde lo individual decidimos ignorarla. Quizá el único miedo que nos falta por vencer es el de aceptar toda la potencia de lo que somos, miedo no a la perdida de la vida, sino a la responsabilidad de salvaguardarla. La paradoja que nos debe guiar, y que quizá resuelve definitivamente la parálisis, es que así como vivimos los tiempos más oscuros de nuestra historia también tenemos como nunca antes los medios apropiados para organizarnos, entender nuestros fines y liberarnos.

En ocasiones pareciera que no hay salida y entonces la resignación también puede traicionarnos, pero solo hace falta mirar en nuestros barrios y encontraremos alguno de los miles de proyectos que se suman a la nueva revuelta, llamada autonomía. El compromiso de revertir las cosas pasa por mirar con claridad que la batalla es diaria y no caer en la trampa de la felicidad, de la exigencia posmoderna por encontrar el falso equilibrio del egoísmo. Por entender que al final del día no se trata de vivir sin miedo sino de tener más valor, de proveernos más alegrías que tristezas, de llevar también nuestra dignidad al máximo y abrazarnos en un gesto amoroso y colectivo. Que sepan pues que el miedo nunca será suficiente para detener nuestras exigencias, ni detendrá nuestros pasos, ni apagará nuestras voces. Si nos imponen muerte sembraremos la vida, si nos dan rabia la abrazaremos y la devolveremos en melodiosos cantos, danzaremos el llanto y pintaremos el dolor. Así jamás seremos derrotados.

Texto: Jesús Vergara | Imagen: Google images

 

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