Lluvia en cierto tono de azul

Del 'Kind of blue' de Miles Davis a la nostalgia modal

“Si no pudiera descubrir o enriquecer el arte, encontrar nuevos enfoques, me sentiría culpable de estar vivo. Preferiría la muerte a la ausencia de creación. No tendría ninguna razón para vivir si no pudiera componer, digamos, una composición que me satisficiese. No que le guste a alguien, sino que me satisfaga… Sin eso, no querría vivir. Sé que es egoísta. ¡Pero los genios son egoístas!”

Miles Davis

Hay días no tan buenos, de esos que en un momento inesperado lo que parecía tranquilidad se torna en incomprensión, de esos en que lo mejor son las gotas de lluvia cayendo sobre las células que te cubren. En esos momentos es mejor cambiar el Resolution de Coltrane por el So What de Davis, o escuchar el solo de Miles en el Blue in Green… Ahora no se sabe de donde proviene la información, si la lluvia o la música que surge de tus audífonos son el gatillo que disparan los recuerdos o si esos recuerdos son solo nuevas interpretaciones de aquellas ilusiones perdidas.



El propio Miles lo decía, lo que importa es el sonido, el blues es tan solo un sonido, el swing también lo es. El Jazz no es una categoría, no hay definición correcta para esto, se trata tan solo de una sincopada síntesis del sonido improvisado, del sonido de las notas hermosas, del sonido del blues, del sonido del swing y ahora del sonido de la lluvia cayendo sobre mi capucha… El sonido se convierte en imagen; la fusión de lo real y esas ilusiones. El ritmo siempre se ajusta y entonces cada átomo en la periferia se ordena. No es un orden simple, es uno que se siente con tu sombra estirándose hasta desaparecer, hasta que otro farol te da en la cara justo cuando reaparece el tema que acaba exactamente cuándo termina su giro el torniquete; al entrar a tu vagón, después de la improvisación de Miles; al tomar el tubo para no caer, en una suerte de respuesta con el bajo de Paul Chambers; o cuando Cannonball Adderley toma la forma de un pequeño hombre que ofrece su solo a 10 pesos; y un segundo antes de llegar a Atlalilco en el momento en que irrumpe un amarrado y tímido John Coltrane; o cuando Bill Evans y Jimmy Cobb se ajustan al ritmo constante de tus pies, que se aceleran intermitentes al pasar por las interminables bandas del transbordo de la línea 12.

El ajuste perfecto de la música y tus pasos te conducen irremediablemente a ese cuarto donde se gestó la leyenda. Por esa ventana escapa, al tiempo que penetra un tenue rayo de luz, esa sustancia que sale del cuerpo de Miles en pequeñas gotas. En un principio solo hay penumbras, un plato sucio con comida putrefacta y un recipiente con agua que deposita intermitente la mano de su padre. Puedes sentir en tu brazo la aguja que penetró por última vez sus venas y que venía con centenas de piezas lúgubres y con la muerte agazapando a ese cuerpo que ahora se azota violentamente en estas cuatro paredes. No es tu reflejo el que se mira en la puerta del metro, es la imagen nítida de ese pobre hombre que al verse deshecho se retiró al autoexilio para desintoxicarse. No es el tubo de aluminio lo que empuñas, sino esa hermosa trompeta que habría de convertirse en la llave de las revoluciones paradigmáticas del jazz.

Salir del vagón y entrar a otra dimensión… salir de ese pequeño cuarto, libre de drogas y refundar el jazz, una y otra vez… En ocasiones uno espera que el camino sea tan largo como el paso del Cool al Fusion y es mejor bajarse un par de estaciones antes, para caminar bajo la lluvia en armonía modal. El solo de Miles Davis en el  Somethin’ Else es un buen comienzo, esa sustancia que vibra después de la breve intervención de Hank Jones (piano) es un acelerador de partículas, un rayo que recorre la médula y eleva los pequeños cabellos que cubren la piel. Esto no lo encuentras en ninguna otra trompeta, ni en la de Dizzy, ni en la de Wynton, ni en la de Sandoval, ni en la de Baker, ni en la del propio Armstrong, esto solo lo engendra Miles Davis.

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Pero hay que tener cuidado, el Somethin’ Else puede echarle a perder a cualquiera la depresión, se supone que esta tarde debo sufrir un poco, solo un poco, y con la lluvia va mejor el How Deep is The Ocean. Quizá mañana todo se habrá arreglado y el After the Rain me devolverá a Coltrane, pero hay que aprovechar la tristeza para reconocer el lenguaje de cierta música, de cierta época y de ciertos cronopios. Para aceptar la lluvia cuando todos corren despavoridos con sus sombrillas baratas y la danza de los carros se detiene para darle paso a las bocinas y la rabia. Es cierto, no soy de baladas pero en este momento podría tirarme en el sofá para ver Ascenseur pour l’echafaud de Luis Malle, solo para escuchar a Davis y recordarla…

Todo es casualidad, pero se ajusta. Se me acaban la calle, las ideas y la batería. Seguro hay mucho que decir sobre Miles y sus músicas, pero no lo haré yo… A mí solo me queda esperar otra tarde lluviosa.


Narrativa: Jesús Vergara-Huerta
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