El Arte que no Es

Declaración contra las cajas de zapatos

Las vidas humanas, cuando menos algunas, nada le deben a los grandes sentimientos, quizá todas provengan de pasiones descontroladas y unas cuantas de las miserias más profundas. En nuestros orígenes parece haber ya diferencias, pero lo cierto es que nuestros gametos nada entienden de estas cosas; su fusión es un arte propio que prescinde de lo humano. Si somos algún plan (exitoso o fallido) o no, nos quedan los planos y diseños previos para entender nuestros mecanismos. Todo lo visto y pensado, todo lo que queda por pensar, contenido en ese incomprensible y diminuto punto que explota y produce finalmente esa vibrante masa que se retuerce al ritmo del magma volcánico, con mares que van y vienen, que retroceden y descubren los espacios donde surgen los primeros actores de esta colosal obra.

Enormes placas de tierra colisionan, se tragan unas a otras, se fragmentan, se unen, inician ese baile interminable, posan para la foto de nuestra insignificancia, se desdoblan pasando por la belleza profunda de millones de cuerpos que no buscan, sino que brillan hinchados de vida y solo a eso se dedican. Quisiera convertirme en uno de esos cuerpos, ser un escarabajo de colores brillantes dedicado exclusivamente a mirar una húmeda hoja selvática pero a esta masa que me contiene le asignaron un plan de hambre insaciable de nombre Homo sapiens.

Lo miro con horror, ya nada soporta la ironía de nuestros tiempos. Hoy las bombas caen en un edificio habitado y el cuerpo de una niña se esparce hacia millones de ordenadores que hacen de la explosión una efímera broma… Por debajo de mi piel está contenida la historia de esas bestias que se empeñan en desangrarlo todo. Ya nada me importa de ese relato que no sea lo que llaman arte y he de decir que no lo encuentro encarcelado en los lienzos, ni en los enormes muros que han edificado con sus manos, ni en los suaves movimientos de sus caderas, ni en los sonidos ordenados de unas cuerdas ondulantes.



El arte está tan libre que se posa en la tranquila mirada de un pequeño hombre sin cabello envuelto en llamas, en el desesperado gesto de aquel que se arrojó al lomo de una ballena para intentar salvarla, en el fuego que se filtra por el pasamontañas, en el delicado perfume que exhalan dos cuerpos que se abrazan, en el perfecto balance de un cuerpo repleto de pliegues, en enormes orejas, en pequeños ojos salpicando lágrimas, en mentones tirados al abismo, en dientes que crecen como espigas anarquistas, en rabietas sin sentido, en hombres solitarios vagando por las dudas, en mujeres repletas explotando en pequeños temblores.

No le busquen en cajas de zapatos vacías, ni en cráneos con piedras brillantes, el arte no está en latones arrastrados que otrora fueran trombones, ni en complejos engranajes de movimiento perpetuo. Camina con pies desnudos, curtidos de pisar la tierra caliente, en manos trenzadas salvando un árbol, en sonidos que acompañan a las necias multitudes en sus amorosas revueltas contra los adquisidores de las cajas vacías y los cráneos con piedras preciosas.

Al arte no se le encuentra en los museos, ni se le encierra en las academias, no se le adquiere, ni va cifrado en ondas electromagnéticas, no recibe diplomas, ni reconocimientos, prescinde en lo absoluto de lo que le dice sostenerle en nuestros tiempos. El arte no se maltrata porque el amor no se arruga, no se restaura por que el fuego que lo alumbra es la historia permanente que lo gesta. El Arte es más que una declaración, navega por torrentes sanguíneos, va encontrando resquicios y se agazapa, encuentra habitáculos en el páncreas, se inserta en la médula, la recorre, yergue los capilares que te cubren, vibra eterno por tu diafragma y lanza tenues tormentas por tu epidermis hasta lograr la ondulante atmósfera que cubre los diminutos ríos de sangre que desembocan en el mar de tus pupilas.

Texto: Jesús Vergara

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