¡Bájele hagamos lugares!

En el área metropolitana los sonidos de la frustración viajan en costosas máquinas de acero y caucho, la adorable rutina no debe ni puede prescindir de su ritual; rostros desencajados e iracundos acompañan la sinfonía urbana motorizada que es mezcla de gritos, claxonazos, ensordecedoras sirenas, millones de cuerpos migrando a sus cuevas siempre a la misma hora, en las insuficientes orugas anaranjadas que los devoran para convertirlos en un pestilente bolo alimenticio que se digiere a sí mismo, en los infernales avisos para el cierre de las puertas, en los “pasen al camión de atrás”, “dos filas o bájese”, “súbale hay lugares”, “chingas a tu madre pendejo”, en la permanente cultura del acoso hacia el cuerpo femenino y todo soportado por esa infinita capacidad que tienen nuestros pueblos de soportar el abuso.

Los proscritos de la decadencia cambian la gasolina por el desayuno, el motor por las piernas y el chasis por la piel. Cuando se comparan las ventajas de utilizar la bicicleta con la eficiencia de los vehículos motorizados, sus ventajas ecológicas, su impacto en la salud personal, es fácil reconocer que las cosas en una Ciudad como la nuestra (y cualquier otra) irían mucho mejor si las políticas públicas favorecieran la infraestructura para fomentar el ciclismo y desalentar la adquisición de vehículos motorizados*.

Pero la industria automotriz-petrolera es muy poderosa y los urbanistas gubernamentales muy ineptos, así que además de las ventajas individuales de hacer de la bicicleta el transporte primario, pedalear hoy se ha vuelto un acto de resistencia y una confrontación directa con un sistema que nos violenta permanentemente (aunque sobre todo a las horas pico). Sé que hay zonas donde utilizar la bicicleta es un acto suicida, pero también es cierto que solo rechazando la etiqueta de ganado que cotidianamente nos imponen y buscando alternativas para nuestra movilidad, habremos de conseguir un cambio radical en la estructura vial de nuestras ciudades.

 

Así que la próxima vez que vea a una persona pedaleando, no le aviente el carro, no le grite, no le presione y permítale transitar con calma. Mejor acepte sin rabia que su pequeña nave de 1500 pesos sea más rápida y eficiente que su costosa camioneta, revise su cotidiano andar por esta urbe y piense en todo lo que podría hacer con el tiempo y la salud que pierde metido en ese embotellamiento que lo encarcela todos los días de la semana. Verá que si se anima y se monta en una bicicleta, jamás se querrá bajar y defenderá su derecho a transitar libre y tranquilamente por el centro del carril.

* Basta con entender que un automóvil ocupa en promedio el espacio de ocho bicicletas para notar las ventajas de este punto.

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