Nosotros podemos rezar por Francia, pero ¿Quién rezará por nosotros?*

En “La Ilíada” de Homero, aparece un famoso pasaje conocido como Devolución del cadaver de Héctor: Príamo se disfraza para ingresar al campamento aqueo y suplicar a Aquiles que le entregue el cuerpo de su hijo. Siendo ese encuentro intercedido por los dioses, accede Aquiles, que sintiéndose conmovido, llora por el recuerdo de su propio padre y por la pérdida de Patroclo, mientras Príamo lo hace propio por Héctor, mezclándose ambos llantos en la tienda. Éste es lo que podemos llamar el momento de la compasión. Existe entendimiento mutuo y esas lágrimas denuncian la desgracia de verse enfrentados por los destinos de sus pueblos.

Aqueos y troyanos hacen una tregua de diez días, en los cuales se realizan las adecuadas honras fúnebres. Cumplido el plazo, la guerra se reanuda. Aunque se alcanzó auténtica comprensión entre dos individuos en medio de la batalla, las naciones permanecen agraviadas.

Los hechos de Paris han conmocionado a millones de personas en el mundo, que han expresado de diversas maneras su solidaridad con las víctimas. En México una reacción común ha sido denunciar la indiferencia internacional ante las miles de muertes causadas fuera de Europa, mientras que el mundo se detiene cuando la violencia aparece en las calles parisinas.

Aunque haya razón en manifestar ese doblez, el orden de ideas ante una masacre es unirse al dolor de CUALQUIERA de las víctimas, si bien al día siguiente la guerra continuará. Es indispensable el momento de la compasión. De lo contrario, se reclama una falta de sensibilidad que tampoco se muestra con quienes murieron -no importa su nacionalidad- y que no eligieron los conflictos en que sus países se encuentran. Además, si bien la empatía entre individuos no trae la paz de forma inmediata, sin esa empatía no hay camino de salida al conflicto. La guerra entonces es total.

Es una miseria que asesinen a sangre fría a jóvenes que se reunen para divertirse, ya sea en Villas de Salvárcar o en Bataclan. No hay que poner aduanas a la indignación.

La mayoría de las críticas se ajustan a denunciar que en las masacres del mundo unas vidas parecen valer más que otras, o bien acusan la “hipocresía” de Europa y Occidente, que son “civilizados” hasta que las guerras en que participan llegan a New York o Paris. Modestamente pretendo explicar las razones de fondo en que se apoyan estos recelos en el caso mexicano, si bien remarco que las mismas no justifican una posición mezquina ante las víctimas.

1.- Existe una lógica que nació en la época colonial, pero que sobrevivió a nuestros días, que establece una jerarquía humana encabezada por un modelo: hombre, blanco, europeo, heterosexual y con propiedades. Esa clasificación desciende con diversas combinaciones, hasta llegar, por ejemplo, al otro extremo: quien habita el mundo como mujer, de la diversidad sexual, nacida fuera de Occidente, sin propiedades, y hablante de una lengua minoritaria. Esa clasificación colonial, que originalmente servía a los conquistadores para justificar su dominio sobre pueblos americanos, africanos y asiáticos, permaneció vigente y fue sostenida por las élites políticas e intelectuales locales que la conservaron aún después de los procesos de independencia. En el caso de América “latina” criollos afrancesados en el siglo XIX decidieron usar esa categorización, que aún los distinguía de mestizos e indígenas, aunque paradójicamente, eso les condenaba a un complejo de inferioridad respecto a Europa.

Esa jerarquización es tan vigente que hoy existen españoles que quisieran haber nacido alemanes, criollos latinos que desearían ser españoles, mestizos que añoran ser criollos, e indígenas…que exigen ser reconocidos como humanos. Por eso Franz Fanon decía que el mundo se divide en dos zonas: las del ser, donde la vida vale -Europa y Occidente- y las del no-ser, donde la vida no importa, como hoy puede ocurrir en Ciudad Juárez, Beirut, Raqqa o Baga.

Esta clasificación es una de las causas de fondo de la selectividad en el valor de las víctimas. Por eso “decolonizarnos” es liberarnos de esa clasificación. Eso no sólo permite la emancipación de quienes la hemos resistido desde las (¿ex?) colonias, sino que quienes colonizaron/colonizan se liberan también, al romper con una visión del mundo que soterradamente hace esa distinción.

2.- La segunda razón tiene que ver con la “hipocresía” de Europa -el intelectual argentino Walter Mignolo ha preferido llamarla “retórica de la modernidad”- y consiste en que mientras el discurso occidental nos habla del progreso, la razón y la libertad, históricamente muchos pueblos han conocido más bien el control, la explotación y la muerte de su parte. Al tiempo que Occidente seduce con esa retórica de la salvación, y sus políticas se purifican en las promesas de Liberté, égalité, fraternité, hay una realidad de opresión hacia pueblos no-europeos. Hoy en día “llevar la democracia” a medio oriente es el ejemplo de esa forma de despojo revestida con los más puros ideales. Esta dualidad ha sido nombrada por el escritor sudafricano J.M. Coetzee como “la flor negra de la civilización”. La historia de Europa está vinculada al reiterado cultivo de esa flor oscurecida. ¿Por qué ocurre así? La causa más profunda es que la modernidad de occidente ha sido sostenida materialmente en la colonialidad de los pueblos no-europeos.

Espero que estas consideraciones nos ayuden a entender mejor las razones de fondo de los recelos que proliferan en la opinión pública en México, lo cual no justifica una posición que minimiza una tragedia en nombre de otras tragedias minimizadas previamente. En cuanto a Francia y Europa, habría que recordar aquel notable discurso de quien fuera el Primer Ministro noruego, Jens Stoltenberg, que declaró en el aniversario de la matanza de Utøya:

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El atentado trató de causar mucho daño y dolor, y muchas personas vivirán con estas heridas, pero fracasó en su principal cometido: hacer de Noruega un país menos abierto y tolerante. La democracia es la mejor manera de actuar contra la violencia”.

Gran arenga. Ojalá sea tomada en serio para romper con una historia de bellas palabras que, más allá de las fronteras de occidente, son sólo eso.

*Frase de Carlos Alonso, activista y estudiante

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