Se ha dicho que la revolución no necesita al arte, pero que el arte necesita de la revolución. Eso no es cierto, la revolución si necesita un arte revolucionario— Diego Rivera

La Real Academia Española reduce al arte como «una manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros». Es una definición que, aunque aparenta solidez y suficiencia, delimita erradamente un concepto imposible de abarcar en su totalidad. Definir algo que en sí mismo es tan libre y natural, no es más que encarcelarlo con palabras. Es por ello que prefiero mostrarlo –no demostrarlo‐ con otro juego de palabras, más abstracto, y así, más cercano: «El arte es la mezcla de virtud y habilidad».

El arte es esencial en el ser humano; junto con los pulgares, es lo que nos diferencia del resto de las especies. El arte es dinamismo, evolución y transformación. Es un empuje de expresión y subjetividad que busca plasmar nuestras reflexiones en la eternidad y así interpretar nuestras respuestas a las grandes interrogantes perennes de la humanidad: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? Para lograr un arte verdadero, la persona requiere cierta habilidad para poder representar algo de manera gráfica en este mundo compartido. Sin embargo, lo que constituye al artista es la virtud, la pasión y el anhelo para crear una obra que trascienda del efímero lienzo o escenario al arte auténtico.

A través del tiempo, el ser humano se ha ido amparando del arte, adaptándolo a sus necesidades y utilizándolo para proyectar su cosmovisión en una infinidad de formas distintas. Desde murales y esculturas, hasta melodías y poemas, siempre ha tenido el mismo designio, desenmascarar al ser humano presente en esa época. De hecho, las piezas de arte se constituyen como los documentos históricos más relevantes, ya que muestran francamente las creencias y costumbres de una civilización.

Las primeras culturas creaban su arte como método para descubrirse a ellos mismos y darle sentido a los fenómenos que los rodeaban. La ciencia y la tecnología eran inexistentes, por lo que desarrollaron sus propias explicaciones –los actuales mitos, repletos de simbologías y rituales‐ para cumplir con este propósito. Posteriormente, en la Antigua Grecia, los filósofos reflexionaban sobre el arte y establecieron reglas propias que giraban en torno a la búsqueda de la perfección, la simetría y el equilibrio. Ésta civilización, junto con la Romana, fue la que determinó el periodo Clásico de la historia, distinguido por su disciplina, refinamiento, autodescubrimiento y un enorme avance en las conocimientos de la humanidad.

Continúa la historia y cada época se define por el arte que origina, reflejando los movimientos, manifestando las problemáticas, desmintiendo la realidad. En la Edad Media, la imposición religiosa es abrumadora; surgen una infinidad de epidemias, injusticias y malestares que son condescendidos por temor a Dios. En el Renacimiento, el hombre es el centro del Universo. Nacen abundantes descubrimientos y avances científicos que permiten nuevas interpretaciones a la vida y el arte lo exhibe sueltamente: simetría, proporción, perspectiva, humanización.

En el periodo Barroco, donde la burguesía ejercía el poder a su esplendor y las injusticias sociales eran notables, el arte era ostentoso, soberbio; era una explosión de colores y sentimientos fuertes, como la pasión y el odio. La exaltación de estas emociones desencadenaría la Revolución Francesa y el fin de la nobleza durante el periodo Neoclásico, donde nuevamente el arte retomó las bases clásicas de una manera modesta y organizada. Sin embargo, Napoleón cayó y comenzó la Revolución Industrial, cambiando radicalmente el mundo como se conocía.

Nacieron los nacionalismos y el individualismo, el arte ya no tenía que plasmar tan minuciosamente una imagen, ya que las personas podrían inferirla con sus contornos, luces y colores. Las personas se mudaban a las ciudades y abandonaban el campo. La vida se volvió un proceso ordenado, la monotonía estaba en los aires y el arte refleja una inmensa melancolía, era exótico, era pasional y buscaba la libertad en esta vida opresora.

Al reducirse progresivamente el porcentaje de analfabetismo y con la llegada de nuevas tecnologías como la fotografía y el cine, el arte se aleja del reflejo concreto de la realidad. Con el arte abstracto, el artista se vuelca en la expresión de su mundo interior. En el siglo XX, la idea y la realización del objeto artístico adquieren el mismo valor. Surgen enormes conflictos internacionales y en lugar de que los artistas estuvieran al margen del dolor con las guerras, originaron una revolución, una manera de escapar de esa cruda realidad. Así nacieron las Vanguardias, que manifestaban el horror mediante formas de expresión “antiartísticas”, basándose en lo absurdo, lo irónico o lo imposible a manera de protesta.

Hoy en día, debido al enorme alcance de la tecnología y las redes sociales, parece improbable que en la sociedad actual el arte pueda ejercer una gran influencia, tal como lo hizo en épocas pasadas. Sin embargo, las problemáticas de nuestra coyuntura, tal como la indiferencia, el poder del consumismo, el capitalismo salvaje, la corrupción, el desequilibrio social… crean la necesidad de nuevas corrientes de expresión y arte callejero, las cuales generalmente presentan una acusación o crítica al poder político y económico.

En nuestros anhelos, nuestras inconformidades y nuestras emociones, el arte nos une, y al hacerlo, consigue cambiar al mundo. Tal vez no pueda alterar su andar progresivo, pero sí nuestra percepción sobre él, la cual puede esbozar una determinada tendencia o consciencia para lograr un giro real. Es por esto que desde siempre han existido expresiones artísticas acusadas de ser controversiales y han llegado a ser vetadas por parte de instituciones con un alto nivel de poder. El arte puede resultar el arma más poderosa para romper el equilibrio del sistema y descorrer el velo de la verdad. Lo cierto es que el arte influye en nuestro discernimiento y si algo nos inquieta o nos motiva, tenemos la capacidad de levantarnos, plasmarlo, compartirlo y poner al mundo al revés, todo gracias al arte.

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